Opinión | Tribuna

La transformación de Málaga

Imaginemos, pues, qué portadas de La Opinión querremos para Málaga mañana, qué cuerpo desearemos para los titulares que narren los éxitos propios

Veinticinco de mayo de mil novecientos noventa y nueve, martes. Aquella mañana, se descargaban frente a las aceras, portones y marquesinas de los kioskos de Málaga los primeros ejemplares de la recién nacida cabecera. Su verdosa franja recibía la luz del sol sobre portadas cuarteadas, sujetas con fuerza entre cordeles, aguardando su viaje bajo el brazo de prontos lectores. Salía La Opinión –como popularmente la conocemos– a la voz de «son 115», por pesetas que, como se indicaba de forma contigua, venían a ser, al contravalor, 69 céntimos de un euro que ya existía, pero que tardaría todavía tiempo –dos años y medio– en visitar nuestros bolsillos. Aquellas páginas, plenas de ilusión, esperanza y prometedor periodismo, vinieron a completar la oferta informativa de una ciudad soñadora, tan milenaria como apenas consciente de lo que traería consigo el paso de centuria, a una década que supondría la cimentación del prometedor futuro que, ahora sí, llamamos presente.

Y, hasta aquí, cumpliendo veinticinco primaveras. Cuatro directores –como cuatro han sido los presidentes del Gobierno– y, eso sí, dos alcaldes –por poco, uno solo–. La Opinión de Málaga nos viene acompañando y fijando en el día a día, con rigor informativo y solvente criterio. Por sus páginas han pasado fantásticos profesionales –y algún humilde columnista, como el que firma estas líneas– pero, sobre todo, han viajado las historias de una ciudad, de una provincia que ha vuelto a nacer durante el último cuarto de siglo, pujante, valiente y segura de sí misma. Y es que repasar los veinticinco años de este periódico nos conduce, vertiginosamente, a revivir una travesía que, quién lo diría, se ha saldado con la revolución de Málaga; y lo ha hecho con ciclónica discreción. De la ciudad de paso a la metrópolis peregrinada, de parada a destino. Del zaguán de una Costa del Sol sublimada al buque insignia de una provincia llamada a liderar, desde Andalucía, el crecimiento y desarrollo económicos del sur de Europa.

Lo cierto es que este periódico puede presumir de mucho. De haberse colado por la ventanilla de un coche en plena calle Larios; de haberse leído en las playas de poniente, cuando apenas se divisaba ladrillo; de haberse paseado, seguro, por los viejos andenes de la estación o descansado, quién sabe, bajo la sombra de los silos del puerto. Y, al mismo tiempo, puede sacar pecho por haber anunciado en su portada centenares de hitos, de cuantos han transformado esta urbe; de museos inaugurados, infraestructuras y espacios abiertos; de cultura compartida y desarrollo urbano; de modernización, innovación y, en definitiva, de una visión, planificada y rematadamente llevada al éxito. Cómo no, también, de haber celebrado los logros empresariales que han jalonado este desafío, del proyecto de una Málaga ilusionada e impulsada por la sociedad civil en su conjunto.

Pero, ahora, toca pensar en los próximos veinticinco; empezando por confiar en nuestras capacidades y apuntar alto sin perder, eso sí, la sencillez y la humildad que siempre nos han caracterizado. Como diría Gala, sin olvidar que somos la simple tesela de un enorme mosaico. Sin perder de vista nuevos horizontes, nuevos escenarios, repasar lo vivido ha de motivarnos al esfuerzo, el emprendimiento y la superación constantes, apartados del conformismo y la autocomplacencia. Sin olvidar, tampoco –parafraseando a Damocles–, que un gran crecimiento conlleva una gran responsabilidad. Por ello, debemos ahondar en la senda de la sostenibilidad, del desarrollo transversal y al alcance de todos, cercano a los retos y debilidades propios de la dimensión de toda gran ciudad: el acceso a la vivienda, la desigualdad y, por supuesto, la convivencia y equilibrio en nuestro hábitat.

Todo ello es posible y, una vez más, reivindico el valor del impulso económico proyectado a través de nuestras empresas; generando actividad, atrayendo inversiones, creando empleo y bienestar, como fuente de riqueza y progreso, unidos al buen gobierno y, siempre, desde la fortaleza del diálogo social. No se me ocurre mejor fórmula, mimando nuestro talento, procurando la excelencia formativa de las nuevas generaciones y la cualificación constante de nuestros trabajadores y profesionales. Sobre esta base, debemos continuar construyendo la Málaga futura, apoyándonos en lo ganado para no perder el pulso que el destino nos tendrá preparado, con planificación y altura de miras.

Imaginemos, pues, qué portadas de La Opinión querremos para Málaga mañana, qué cuerpo desearemos para los titulares que narren los éxitos próximos. En mi caso, lo tengo claro: querré seguir sintiéndome orgulloso de la provincia que vivo, en la que vivo; comprobar que no ha existido el tiempo perdido; que, aun transformada, sigo reconociéndome en esta tierra mediterránea, de prominencia cultural y proa tecnológica, mástil de la economía azul; referente, vanguardia, acogedora; proveedora de oportunidades, integradora, sin limitaciones ni privaciones que lastren su crecimiento; madura, con rumbo firme. Querré seguir viviendo la transformación de Málaga.