Opinión | El ruido y la furia
Al sol
He abierto la ventana buscando un soplo de aire que no llega. Entra caliente. Hace calor, demasiado calor

Las olas de calor son cada vez más frecuentes / L.O.
He abierto la ventana buscando un soplo de aire. Al otro lado el mar me mira, me llama. Desde niño el mar me habla a través de un complejo código de azules. Este de hoy, tenue, pastel, me invita a nadar. Otras veces, con el tono cerceta me dice que vaya a sentarme enla orilla a mirar las olas y a recordar aquel poema de Manuel Alcántara que se publica casi siempre con errata: “se relevan, inmortales/ las olas a cuerpo limpio./ Cada vez que muere una,/ la misma toma su sitio”. Es “se relevan”, es decir, se dan el relevo, no “se revelan” y mucho menos “se rebelan”. Sigamos.
He abierto la ventana buscando un soplo de aire que no llega. Hace calor, demasiado calor. En este sur que habito y que me habita el invierno cayó este año en jueves (lo recuerdo bien porque estrené por fin un abrigo que estaba en el armario con las etiquetas puestas todavía desde los Reyes del año pasado). El resto del tiempo ha sido una primavera breve de lluvias y un verano interminable, un “largo y cálido verano”, como el título de aquella película maravillosa con Paul Newman de protagonista y con un guion basado en “El Villorrio” de Faulkner. Sigamos.
He abierto la ventana buscando un soplo de aire y ha entrado el sol a raudales, que es como entra siempre el sol en la mala prosa, en la prosa bastarda de los lugares comunes. Hace muchos, muchos años ya, escribí por primera vez en una columna aquello de “moriremos de verano”, con “la boca abierta al calor/ como lagartos”, tal cual decía Serrat en “Pueblo blanco”. No tengo vocación de profeta, mi vocación ha sido siempre de poeta, que suena parecido pero no es lo mismo. No me interesa el pronóstico, me encuentro más seguro en la nostalgia. Más en el recuerdo del aroma que en olor presente de la flor. Pero acerté, maldita sea. Sigamos.
Dice Copernicus, el servicio climático de la Comisión Europea, que los últimos doce meses han sido los más calientes en la Tierra desde que a mediados del siglo XIX comenzamos a medir estas cosas. António Guterres, secretario general de la ONU, ha manifestado que “estamos jugando a la ruleta rusa con nuestro planeta”. Se equivoca, se vuelve a equivocar, y así nos va. El planeta ha vivido muchos calentamientos y glaciaciones y siempre ha seguido vivo. Con lo que estamos jugando a la ruleta rusa es con nosotros, con nuestra supervivencia. Es ese absurdo e imbécil antropocentrismo el que nos lleva a pensar que la supervivencia del planeta se equipara a nuestra supervivencia. Los que se van a pegar un tiro en la sien somos nosotros, los humanos. La Tierra continuará girando y viva, “azul como una naranja”, que hubiera dicho Paul Éluard. Sigamos.
He abierto la ventana buscando un soplo de aire. Entra caliente. Sigamos.
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