Opinión | El desliz

Pilar Garcés

Elogio del notable

Qué duro resulta estar en la medianía en la actualidad. Antes, ser un alumno de notable se consideraba casi tan bueno como ser de sobresaliente

Ilustración estudiantes.

Ilustración estudiantes. / Elisa Martínez

Están los bachilleres estas semanas con la selectividad, todavía recuerdo los nervios de esos días, la sensación de jugártelo todo a una carta y poder fastidiar el resto de tu vida si la cosa te iba tremendamente mal por mucho que te hubieras esforzado. No imagino cómo deben sentirse ahora, cuando todo puede salirte bien, bastante bien o incluso muy bien y no alcanzar las estratosféricas notas de corte que se exigen para cursar determinados estudios. He leído reportajes en los que alumnos que lograron la máxima puntuación en años anteriores aconsejan a los examinandos de este 2024 cómo prepararse o completar los exámenes de forma óptima, con planificaciones dignas de opositores a judicatura. Otros versan sobre las carreras elegidas por las mejores notas de cada convocatoria. O sobre el desempeño profesional de quienes sobresalieron en su promoción por encima de todos los demás hace un par de lustros. Parecen bastante felices con sus vidas, algunos se han tenido que ir de España para lograr metas mejores, sobre todo los investigadores que aquí ganan sueldos míseros cuando están empezando. Te exigen la máxima excelencia y cuando te has formado agradecen el esfuerzo con ruindad salarial. Con mis notas de entonces yo no hubiera podido cursar la licenciatura hoy día, mi hermana que es cirujana tampoco. Ni la mayoría de mis compañeros, ni ninguno de mis amigos. Pero tuvimos la posibilidad de entrar en la educación superior. Logramos alcanzar nuestras vocaciones con un expediente apreciable o incluso más que aceptable, sin la presión de ser humanos pluscuamperfectos, y hemos disfrutado ejerciéndolas de manera satisfactoria. El apremio que se proyecta sobre los preuniversitarios debe tener algo que ver con el aumento de los problemas de salud mental en la juventud del que alertan los expertos. Aunque no todo lo que otorga calidad a un desempeño laboral posterior resulta mesurable en unas calificaciones que reflejan, además, notas que los centros educativos otorgan a su criterio. Me gustaría saber si los médicos de hoy, todos con expedientes de oro porque de otro modo no entran en la facultad, acaban siendo mejores profesionales que los de hace dos o tres décadas. Si son más empáticos, creativos, resolutivos y trabajan mejor en equipo.

Qué duro resulta estar en la medianía en la actualidad. Antes, ser un alumno de notable se consideraba casi tan bueno como ser de sobresaliente. Podía ocurrir que se te atragantara una asignatura que te bajara el cómputo final sin que ocurriese una hecatombe, o pasar una mala temporada, o compaginar los cursos con otras actividades sin arriesgar el futuro. Fuimos privilegiados por formarnos sin la obligación del perfeccionismo, no tuvimos que competir desde la educación primaria por ser los mejores para así tener derecho a elegir más adelante. Hoy los notables han de contar con un buen plan B si los sobresalientes copan las sillas de las titulaciones a las que aspiran: cursar estudios parecidos y luego reengancharse, reintentarlo al año siguiente y mientras tanto prepararse en otros ámbitos o trabajar. Deben ser más creativos y proactivos que los que les superaron en nota. Los notables, se sobreentiende, cuyas familias no pueden pagar una universidad privada, el negocio suculento que está subiendo como la espuma últimamente. Un nicho económico pujante y cuya expectativa mejora con cada décima que aumenta la exigencia en los centros públicos.

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