Opinión | Mirando al abismo

Creer y los hombres

No hemos sabido trasmitirles a los jóvenes que nadie da nada gratis y que en muchos casos lo que piden a cambio de los que te dan es tu libertad

Contenido propagandístico de ideología nazi encontrado un registro policial

Contenido propagandístico de ideología nazi encontrado un registro policial / L.O.

Es conocido por todos que el acto de creer es universal. Todos los hombres creen en algo. Esto así expresado no parece plantear ningún problema, pero puede verse al diario cómo usan nuestras ganas y nuestra capacidad de creer para manipularnos y presentarnos en el mundo como quieren que lo veamos. Las manipulaciones son sutiles, empiezan de a poco, dejando sus ideas impregnadas en todo lo que nos rodea, pero las vemos lejos y creemos que no serán un problema. Es el típico caso que se refleja en lo que ha ocurrido en Europa con el auge de la ultraderecha. Es verdad que nunca se fueron del todo esas tendencias ideológicas que tienden al fascismo y que se basan en si no estás conmigo estás contra mí, pero, ingenuamente, pensaba que ya habíamos aprendido a reconocer sus tácticas, que después de la gran debacle humanitaria de la Segunda Guerra Mundial no íbamos a caer de nuevo en el mismo argumentario.

Sin duda hemos cometido un error formativo con los jóvenes. No hemos sabido trasmitirles que nadie da nada gratis y que en muchos casos lo que piden a cambio de los que te dan es tu libertad. Cuando se pierde la libertad se pierde el espíritu crítico y la capacidad de alzar la voz ante una injusticia, y eso es lo que buscan esos que plantan la semilla del odio al diferente entre nuestros jóvenes. Si nos paramos a analizar qué dicen vemos que, aunque el objetivo poblacional de su odio ha cambiado, los puntos clave que plantean son los mismos, el odio al inmigrante, al diferente, al pobre, al que piensa distinto. Decidme si esto no os suena, como me pasa a mí, al argumentario nazi. Por eso de todos los sitios donde ha salido victoriosa la ultraderecha, el que más me sorprende es Alemania. Los alemanes tuvieron que rehacer su país desde cero y aún, hasta lo que yo sé, se avergüenzan de esa parte de su historia, de los millones de muertos sin sentido, del odio porque sí, sin motivo. No puedo concebir que ya no importe, que estén dispuestos a repetir jugada.

Como sabemos que todos los hombres creen en algo que el panorama pinta negro, yo elijo creer en esta historia que contaban los ancianos de mi pueblo. El Dios del Agua es voluble y caprichoso. Suele, además, tener rabietas que terminaban con el cielo color gris panza de burra y amenazando con romperse sobre nosotros y derramando agua sin pausa ni tregua. Cuando eso ocurría, la gente del pueblo permanecía en sus casas y simplemente dejaba ser a la lluvia. Un día, la niña más pequeña del pueblo no aguantó más la curiosidad y cuando el cielo empezó a rugir salió a hurtadillas de casa y se escondió en la esquina de su calle y en lugar del hombre airado que esperaba encontrar, vio a una niña, igual a ella, con un vestido del color del mar en julio que miraba crecer las plantas y las flores. Era la Diosa del Agua, la encargada del vaivén de las mareas, del oleaje y de la Lluvia, a la que le encanta tomar la forma de un niño al que aún le sorprende el mundo.