Opinión | El paseante
Dennis González
Hay personas que son perros aunque, por causa de ser personas, carecen de tanta nobleza como la del animal. Su ladrido transmite vacío

Un perro callejero / ADRIÀ ROCHA CUTILLER
Me encantan los perros. Quizás por el mismo motivo por el que otros los odian o, al menos, sienten inquietud en su presencia. Un cánido puede doblegar a un tipo corpulento. Inmovilizará su brazo de un bocado y lo arrojará al suelo; el espacio albergará, entonces, sólo un crujido de fauces llegado desde la peor pesadilla. El perro actúa por amor a los suyos. Nunca duda. Se arrojará hacia una muerte certera por su sentido del deber. Cuando entro a casa, ese animal que criamos a medias entre mi hija y yo viene hacia mí como si no me hubiese visto durante milenios, mis caricias le devuelven poco a poco la calma. Muerde mi brazo con tal precisión que sus colmillos apenas dejan algún indicio, más que marca, sobre la piel. Aprecio tanta dulzura de quien, si quisiera, me arrancaría la extremidad y la comería sin remordimientos sobre su sillón favorito. Pero no. Su instinto de buen salvaje jamás se retorcerá contra mí. Mi perro es una bellísima persona. Un tipo consecuente. Sabe sus porqués afectivos y sus valores perrunos. Ellos jamás traicionan como los humanos y, desde luego, nunca han desperdiciado una pizca de esa agresividad letal que sólo brota para proteger a su familia o por supervivencia. Un español, Dennis González, ha ganado el oro en el Campeonato de Europa de natación gracias a un impecable ejercicio muy técnico en gimnasia artística, esa disciplina subacuática que no puedo ver porque me asfixio sobre el sofá mientras contemplo las piruetas. Cuando un deportista consigue una medalla, incluso un diploma, al mismo tiempo otorga prestigio a una sociedad, en este caso la española, que contempla honrados sus símbolos, bandera e himno, frente a otras competidoras. Bien lo comprendieron aquellas antiguas repúblicas tras el Telón de Acero para las que el deporte se convirtió en el altavoz propagandístico de las virtudes de aquellos paraísos proletarios encallados entre hoces y martillos.
Hay personas que son perros aunque, por causa de ser personas, carecen de tanta nobleza como la del animal. Su ladrido transmite vacío; busca los ecos que repitan similares estridencias, igual a la nieve que rueda por la montaña y arrastra el paisaje en su desliz. Una chica camina por la acera recién arreglada y llena de un sentimiento de amor hacia sí. Sus pechos alzados, su andar seguro como de bailarina que acompasa la ondulación de la falda, al oleaje de su pelo. La manada vocifera a su paso eructos mentales con hechuras caninas. Un deportista heroico ha alcanzado el techo del podio, la superficie de la gloria. Una multitud, por los dioses ungida con la cómoda cualidad de un cráneo sin cerebro, se ha apresurado para escupirle insultos, escondida entre redes sociales. Mi perro es ovejero, de orígenes mestizos pero, en efecto, se tumba con pose de cánido de los faraones y observa que ningún protegido se salga de ciertas lindes que él delimita con su imaginación. El hombre perro no tolera las heterodoxias entre las fronteras de su pequeño corral que, aunque mínimo, apenas distingue, preso de un raciocinio de saldo y rebajas. Odia, aunque ignore la causa, al diferente, a todo aquel que trace una pauta propia en moda, en elección sexual, en voluntad de género, en ideas, en práctica deportiva, en su relación con la naturaleza, en medidas del cuerpo o en creencia religiosa. Un engendro híbrido, reducto de las peores cualidades de varias especies. Mi perro conduciría un rebaño hacia un cerco y distinguiría las ovejas y el pastor. El hombre perro se percibe a sí mismo como oveja. Ladra por miedo, única coincidencia con mi noble bruto. Sabe que jamás podría mantener una conversación con aquella chica ni podría aportar algún honor a su patria. Un rumiante timorato que ataca sólo en compañía de sus afines, a quienes falta el valor para construir un yo diferenciado y a quienes sobra la cobardía para sentir el éxito ajeno como una ofensa hacia su torpeza. La voluntad, domada por el sacrificio y el esfuerzo, muerde con mansedumbre el brazo de los héroes. Enhorabuena Dennis.
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