Opinión | Notas de domingo

Sobreponerse es (casi) todo

Una concurrida imagen de la calle Larios, en el Centro de Málaga.

Una concurrida imagen de la calle Larios, en el Centro de Málaga. / Álex Zea

Lunes. Elon Musk ha eliminado de X la posiblidad de ver quién le da a ‘me gusta’ en los tuits. No me gusta.

Martes. Bloody Mary en el Málaga Palacio. Un oasis fresco. El punto de pimienta en el primer sorbo suelta un poco la lengua. Luego, La Cosmo, en calle Císter. Periodistas, políticos, profesores. Saludamos a Teresa Porras, concejala, que tiene un magnífico aspecto y que se queda un tanto sorprendida, espero que para bien, de lo variada que es la mesa en la que me siento. Me refiero al género humano, al gastronómico también. Gildas, una rusa sui géneris, lubina frita y entrecot empanado, que pese a sonar contundente resulta delicado. Los más atrevidos coronan el almuerzo con un flan de maíz. Saludamos al chef Dani Carnero, que viene optimista, risueño y cálido. El contubernio alcanza la velocidad de una botella de vino (Carmelo Rodero) cada cuarenta minutos pero a las seis de la tarde hay una prudencial escisión en el grupo, en el que me enrolo, que opta por retomar sus afanes y trabajos aunque la facción carpe diem se adentra hacia Larios para verificar si en Málaga hay buenas coctelerías. Al día siguiente vía whatsapp tendremos cumplida noticia del ambiente nocturno malagueño un martes. Ni te cases ni te empapes.

Miércoles. La muerte no es el final, pero sospecho que se le parece. Supongo que a un chaval de diez años lo que hay que decirle cuando muere su abuelo es que la muerte es algo natural y que así es la vida y que la gente vive mientras se le recuerda. Lágrimas en el descansillo. Se te quitan muchas idioteces visitando una UVI. El trámite con el empleado de la funeraria es rápido y aséptico, como cuando uno cierra una transacción cualquiera. Comprando un coche se firman más papeles. Esta sociedad lo ha mecanizado y automatizado todo para mayor comodidad de los que se quedan con el bollo. La tristeza flota en el aire y uno recorre la ciudad aturdido, recordando ocasiones junto a un hombre cabal y auténtico, de carácter, que vino a esta ciudad a hacerla suya y a que su nieto no lo olvidara.

Jueves. Poco ánimo. Sobreponerse es todo, que decía Rilke. El maestro Manuel Alcántara citaba mucho ese verso. La vida continúa y no puede decirse que aminorada: camino de la redacción constato cómo no cabe un alma más en el Centro de la ciudad y mucho menos en Casa Aranda, donde aplicadamente un grupo de extranjeros hacen cola para ocupar una mesa e ingerir chocolate con churros. Oigo que uno dice que él preferiría mojarlos en zumo de naranja. Huyo. Hablo con Mariano Vergara y Agustín Rivera, que me recomienda lo último de Mauricio Wiesenthal, del que también me ha hablado mucho Manuel Salinas, poeta que sacará pronto un libro sobre disquisiciones literarias y que se honra de su amistad. En Los reinos del mar, Memorias de una vida aventurera, Wiesenthal nos presenta unos párrafos plenos de historias románticas, de amores, de lugares y de vidas apasionantes cuya memoria recupera este experimentado lobo de mar y de las letras y el vino.

Llego a la redacción . Tengo tantas ganas de escribir la columna del día como de que me saquen dos muelas sin anestesia. O tres. Sobreponerse es todo y me acuerdo de los payasos que han de salir sí o sí a hacer reír. Con un retal de un viejo artículo, unas notas de por ahí y lo que se me ocurre, escribo un artículo sobre las guayaberas. Estoy yo hoy para comentar estupideces políticas.

Viernes. El artículo sobre las guayaberas ha tenido un gran éxito y recibo comentarios por varias vías desde muy temprano. Hay guayaberistas y anti guayaberistas. Hablo con Juan Gaitán, que me propone un proyecto ilusionante y me saca así de cierto letargo. Salgo a caminar. Se me ocurren frases sobre el hecho de caminar pero no puedo escribirlas porque estoy caminando. Se está mejor sentado que de pie y mejor acostado que sentado. El verano no renuncia a su turno. La brisa del puerto me da en la cara, vocean alegres las gaviotas; las olas no descansan. Vida y Gentío.