Opinión | En aquel tiempo

El coraje de existir

Pedirnos que tengamos esperanza es casi una ofensa. Porque todo el tiempo se nos va en dar respuestas coyunturales a cuestiones permanentes

Las recientes elecciones europeas, entre otras admoniciones, nos han advertido de la poca preocupación de los españoles por una cuestión que determinará nuestras vidas más pronto que tarde: el porvenir de Europa, esa patria común que desde 1954 veníamos construyendo con tanto esfuerzo como ilusión. Menos de la mitad de votantes españoles se han tomado el trabajo de acudir a las urnas, y una parte relevante de ellos ha optado por propuestas situadas en una mezcla de pánico contextual, de racismo empedernido y de hipernacionalismo. Y uno se pregunta por la razón de todo esto, en un país como España que había emprendido un camino admirado hacia una plenitud democrática en 1978. Por otra parte, y no es menos preocupante, nuestros parlamentarios, un día y otro día, dan ejemplo de tal falta de respeto institucional y altura de pensamiento, que tampoco ayudan a verles como ejemplos de auténtica convicción democrática. El problema, por lo tanto, aumenta.

En 1952, el teólogo luterano Paul Tillich lanzaba un breve volumen titulado El coraje de existir, también titulado El Valor de Ser. En un momento dado, estas páginas revolvieron mi espíritu, un proceso que se profundizó algo más tarde con El principio de esperanza de su compañero Ernest Bloch, editado en 1954 pero leído hacia mitad de los setenta. Estas lecturas, correspondientes a una teología tan llena de hondura vertical como de enraizamiento horizontal, determinaron, en gran parte, mi visión de la vida y de mi fe posterior, como creyente y como ciudadano. Y a ellos vuelvo buscando respuestas en una Europa desnutrida y en una España vocinglera.

Los padres europeos tenían fuertes convicciones trascendentes o radicales convicciones éticas, además de un sentido moral sin concesiones a la vulgaridad posterior. Como diría Tillich, tenían un determinante «valor de ser», es decir, no se habían entregado al posterior relativismo que convierte nuestro ser en marioneta de nuestras pasiones, y como consecuencia, bebían en una fuente siempre manante de «coraje para existir». Nunca renunciaron a conjugar «esencia/ser y existencia/coraje», dicho de otra manera, seguridad en su identidad y capacidad para llevarla a cabo. Y todo esto fue posible porque tenían ante sí una utopía histórica que se llamaba Europa, y de ella extrajeron una esperanza imbatible. De Gasperi, Shuman, Adenauer, entre otros/as, llegaron a donde llegaron porque «eran lo que debían ser» y «tenían el coraje para existir», es decir, realizarlo. De lo contrario, se hubieran venido abajo. Porque sin identidad y sin coraje, toda utopía se desvanece y acaba por ceder ante las eventualidades del proceso histórico. Repito: una vez que todo es relativo, es imposible alcanzar determinaciones esenciales, y entonces, es el reino de la «movilidad política». ¿Cómo pactar si el mismo pacto está sujeto al deslizarse del permanente cambio? Ese cambio permanente es el que nos define en estos momentos, cuando la palabra dada puede trocearse en función de un sencillo «cambio de opinión». Este es el camino para una permanente deconstrucción europea y, no menos, española.

Y entonces es posible vivir entregados a «la pasión del poder», una pasión que no construye porque es una permanente invención de la realidad en función de ambiguas ideologías. Dicho de una manera más ambiciosa: tras el abandono y demonización de la metafísica, toda propuesta es oscilante por la sencilla razón de que no contiene referentes sólidos y está en manos de las pasiones coyunturales. El caso español es paradigmático. Estamos en un proceso galopante de pérdida de identidad, de esencia, y por ello mismo, carecemos del coraje para superar las adversidades, eso que llamamos existencia. Pedirnos que tengamos esperanza es casi una ofensa. Porque todo el tiempo se nos va en dar respuestas coyunturales a cuestiones permanentes.

No pretendo que los lectores se fajen con Tillich, Bloch y Moltman, faltaría más. Pero sí me atrevo a sugerirles recuperar dos volúmenes cada día con mayor significado: Después de la pasión política, de Josep Ramoneda (Taurus/1999) y El fin de una época, de Iñaki Gabilondo (Barral/2011). Claro está que siempre ayuda la lectura de Albert Camus y de Simone Weil. Además de la contemplación del mar.

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