Opinión | El Adarve

Un indecible amanecer

Lo han dado todo, han trabajado con esfuerzo, perseverancia y generosidad. Es justo que devolvamos a esas personas una parte de lo que nos han entregado

Uno de los termómetros que marca la salud ética de una sociedad es el trato que dispensa a sus ancianos y ancianas. Ya no son rentables.

Probablemente no lo volverán a ser. No caminan ni conducen con la misma energía de hace años, no se valen por sí mismos para muchas cosas que antes hacían con facilidad y rapidez. Se olvidan de lo que han hecho esa misma mañana. Pierden progresivamente facultades. El ritmo vital se lentifica y tienen la sensación de que van a ser atropellados por la vida.

Es necesario que la familia y la sociedad les cuiden con eficacia y afecto. Por eso me parece necesario destacar experiencias como la que viví hace unos días en mi ciudad de Málaga. Más concretamente, en la populosa barriada de El Palo, en la que residí hace muchos años, razón por la que me sigo considerando paleño. Al grano.

Mi amiga y médica de cabecera Paqui Muñoz, médica de familia en el centro de salud de El Palo, que es mi ángel custodio sanitario, me escribió un mensaje haciéndome una invitación que acepté con gratitud y con alegría.

Se trataba de una experiencia de intercambio generacional que el centro viene organizando desde hace años.

Acudí a las diez de la mañana del día 5 de junio al Colegio Público Jorge Guillén. Se iba a celebrar allí una hermosa experiencia que quiero contar a mis lectores y lectoras porque es de esas iniciativas que nunca abrirán un telediario pero que deberían ser noticia por su sensibilidad, valor ético y utilidad social.

El centro de salud de El Palo organiza todos los martes una sesión del Taller de Memoria para personas mayores. Allí realizan actividades que ejercitan la mente, avivan la memoria y desarrollan la comunicación interpersonal. Pues bien, los miembros de ese taller iban a representar una obra de teatro para los alumnos y alumnas del colegio. La obra se titula «Comunicarse es sentirse vivo» y su autor es José Olivero Palomeque.

Cuando llegué estaban preparadas las mesas con los actores y las actrices en sus puestos. Recibía a los asistentes un profesor del Conservatorio Eduardo Ocón llamado Fernando que interpretaba al piano algunas piezas festivas. El ambiente estaba cargado de expectación. Era patente que todo estaba cuidado con mimo.

Los niños y las niñas habían adornado las carpetas que los actores y actrices tenían en las manos con los textos que iban a leer. Cuidar los detalles es una forma de educar la sensibilidad. Vi, por ejemplo, la carpeta de Antonia con el nombre en la portada y las hojas escritas en su interior. Algún niño había adornado con creatividad y buen gusto la carpeta de aquella señora que tenía la edad de su abuela.

Llegaron los niños y las niñas con la alegría que siempre les acompaña y con la ilusión que siempre supone una actividad extraordinaria que rompe la rutina del currículum. Ocuparon los asientos que estaban preparados para la función. Impecable aparición de los peques, que se sentaron con orden y en un silencio ejemplar. Con orden, pero sin rigidez. Mi enhorabuena a los docentes del colegio. Se nota la buena mano de los educadores en el comportamiento de los escolares.

Comenzó la representación después de la presentación del maestro de ceremonias que era el puente por el que transitaban los actores hacia el público y el público hacia los actores. Todo estaba previsto. No había improvisación alguna.

La representación pretendía mostrar las actitudes de las personas mayores que viven en residencias de ancianos y ancianas. No se trataba, pues, de los actores presentes, que viven con la familias.

Los diferentes grupos iban leyendo sus textos, redactados con gracia e ingenio por el autor. Trataban de reflejar las actitudes de los ancianos de una imaginaria residencia. Los miembros de cada pequeño grupo, formado por dos o tres actores, iban leyendo el guión de los diálogos, centrados en su mayoría en las actitudes positivas y negativas de los residentes.

- Vosotras sois muy chismosas…

- Siempre estás durmiendo…

- Aquí solo se comen patatas…

- Nunca escuchan nuestras quejas…

Frente a esas quejas y lamentos aparecían las posturas positivas de los interlocutores, haciendo una invitación al optimismo.

Algunos se ponían de pie para dar más énfasis y despertar la atención del público. Algunas intervenciones despertaban la risa por el contenido del texto y por la forma de expresarlo.

El piano iba llenando de notas los breves intervalos. Todo estaba perfectamente hilvanado, lo que quiere decir que estaba ensayado con mimo. Hay quien no cae en la cuenta que esa representación que dura menos de una hora lleva detrás mucho tiempo de ensayo.

Las personas mayores que han leído con atención y buen tono los textos, han pasado mucho tiempo preparando su actuación, han repetido muchas veces las frases, han superado el miedo a hablar en público, se han levantado a tiempo para interpretar su papel, han participado en un proyecto colectivo, se han coordinado y aprendido el orden…

Una vez terminada la representación y recibidos los aplausos del público, se organizó un baile en el que mayores y pequeños disfrutaron juntos de la música y del ritmo.

Hablé con una señora de 94 años que había participado en la representación. Se sentía orgullosa y feliz por la iniciativa. Valoraba como una ayuda imprescindible el Taller de Memoria en el que participa cada martes.

He aquí una experiencia ejemplar. Una institución sanitaria, el centro de salud de El Palo, con su director al frente, se coordina con una institución de enseñanza del barrio para compartir una representación teatral con los alumnos de una institución pública de enseñanza como es el C.P Jorge Guillén. Otra institución de El Palo, como es el Conservatorio Eduardo Ocón, se suma a la experiencia con la aportación de un profesor que va tejiendo con las notas del piano un hermoso tapiz que embellece la experiencia.

Las personas mayores merecen una atención especial por parte de la sociedad. Lo han dado todo, han trabajado con esfuerzo, perseverancia y generosidad. Es justo que devolvamos a esas personas una parte de lo que nos han entregado.

La sanidad pública no se ocupa solamente de la salud física, atiende también los problemas de la salud mental que, en algunas ocasiones, vienen aparejados al envejecimiento.

Para reflexionar sobre los problemas de la memoria de los ancianos he vuelto a ver una hermosa película española, obra de uno de mis directores favoritos (no muy prolífico, por cierto). Se trata de Víctor Erice. Cómo olvidar ‘El espíritu de la colmena’, ‘El sol del membrillo’ o ‘El sur’. En este caso me refiero a su última obra titulada ‘Cerrar los ojos’. (En infinitivo, no en imperativo. Cerrar, no cerrad).

Las escenas del asilo de acianos en el que se encuentra Julio Arenas (maravillosa interpretación de José Coronado) son magníficas para explorar lo que ha sucedido con este actor que desapareció misteriosamente del rodaje de la película ‘La mirada del adiós’ y que, después de muchos años, es localizado en este asilo regido por religiosas y en el que es visitado por su hija (increíble Ana Torrent, de quien es imposible olvidar los susurros de su interpretación infantil en ‘El espíritu de la colmena’).

Destacaré de la película un breve diálogo de Max, el montador y su amigo Miguel Garay. Dice Max, de su común amiga Lola, que lleva muy bien el asunto supremo.

- ¿Cuál?, pregunta Garay.

- Saber envejecer.

- ¿Tú sabes cómo se hace eso?

- Sin temor y con esperanza, apostilla Max.

Pues bien, eso es lo que hacen los profesionales sanitarios del centro de salud de El Palo cada martes, con rigor, con paciencia, con amor. Enseñar a envejecer sin miedo y con esperanza.

No quisiera que nuestros ancianos y ancianas (digo en el Prólogo que escribí para el libro ‘La longevidad como transformación social del siglo XXI’) se sintieran menospreciados por no ser jóvenes sanos y vigorosos. Ellos tienen tanta necesidad de afecto como de sol. Me gustaría verles felices recibiendo la gratitud y el amor de sus conciudadanos y, sobre todo, de sus hijos y de sus nietos. «Cuando la simpatía está unida a las arrugas, es adorable. Hay un indecible amanecer en la ancianidad feliz», dice sabiamente Víctor Hugo. Un amanecer que construyen amorosamente los profesionales del Centro de Salud de El Palo.