Opinión | Notas sobre cine

'Del revés 2': yo soy hijo de Pixar

Una imagen de 'Inside Out 2'.

Una imagen de 'Inside Out 2'. / Disney +

Vivimos varios nacimientos en nuestra vida: uno lo marca el útero de nuestra madre, que en mi caso la espera se dilató más allá del horario reglamentario del hospital, y el otro, de carácter epifánico, se nos revela con todos los focos apuntando a nuestra dirección. Hacia un semblante que también en mi caso se encontraba en el umbral de la negación de ser niño y el ansia de conocer los cambios que se producían en su cuerpo. En el momento que justo no entiendes lo que ves por dentro no quieres que te alumbren por fuera, que desnuden tus complejos y encima lo agranden desde el móvil de tu compañero de clase.

Yo era Riley en 2015, con una cabeza incapaz de concentrar toda la ilusión de lo desconocido y el miedo a descubrir que lo misterioso, una aventura que se prolongaba entre páginas de libros y pachangas de fútbol, podría tener un reverso inesperado. Como el gato de Schrodinger, la decisión de levantar la tapa comenzaba a pesar más que la adrenalina de lo irrevelado. Mejor conocido que conocer, el enunciado que me repetía blindando mi zona de confort. En mi mente gobernaba el miedo, y no como un consejo de ministros que se extendía cromáticamente del amarillo al morado, era un bipartidismo estancado. Como Riley, alguien que veía como sus islas se venían abajo y se agarraba a los pedazos caídos pensando que todo vuelve a recomponerse frunciendo los ojos, como si fuéramos a hacer magia desde la inmovilidad de una mirada, aferrándose al poder imbatible de un niño asustado.

Pero ese 2015 vi Inside Out y empecé a ver el mundo del revés. Yo me di la vuelta y las cosas parecían distintas. Las migajas de esos recuerdos hilvanados por una especie de sistema de poleas habían menguado en una esfera resplandeciente, llena de vida, que de tanto abrazarla con violencia había vahado su contenido, unas lágrimas que humedecían una luz tan intensa como cegadora.

De nuevo con Pixar, en una versión malagueña del Andy de Toy Story 3, aprendí a dejar almacenado en esa estantería laberíntica todo lo que fui para seguir siendo. Los amigos de la urba que se mudaban para no volver, las tardes de un jardín donde ahora reinaba el silencio, el balón que quedaba descorchado del propio desuso ahora visualizaban un nuevo colegio divisado desde la ventana, sintonizando los alaridos triunfales del recreo de tantos que todavía no conocía. Transformar la tristeza de lo que queda para seguir siendo, en una nostalgia generosa que tiende la mano al miedo.

Al ver Inside Out, otro niño nació en la pantalla, y con otros aún más niños que compartían el espacio lloroso de unos adultos que veían la vida más allá de los colores, podíamos pensar en una sala de neonatología donde tantos pequeños empezaban a votar el gobierno que empezaría a presidir su cabeza: desde Alegría, hasta Ira o Asco. Ese ya adolescente, que no hallaba palabra en sus emociones, lo veía simplificado en un abrazo de Riley a sus padres.

Pixar me enseñó a crecer toda la vida, un mosaico de personajes que también perseguían sueños, se les eran arrebatados o simplemente se iban dando cuenta de su imposibilidad. Pixar me sigue enseñando a crecer, ahora con un poco más de barba, pero sin controlar el futuro. Sin saber que carajos va a pasar. No sé donde está el límite en el mundo y por eso me siento un poco Marlin buscando a Nemo. Indefenso, pero armado con todo lo que tengo. Le dije a un amigo que la magia de las mejores películas es que cuando tú la viste por primera vez la vio otra persona. Cada vez que veo una película de Pixar hay alguien que dejó de verla.

Más allá de la expectación de una secuela de Inside Out, la película que también me apetece ver y no lo harán mis ojos es la que se producirá en la sala del cine con tantos niños que, como Riley, como yo en 2015, verán como sus islas se vendrán abajo.