Opinión | El paseante

Enredo

El escritor Lope de Vega inventó esta fórmula para un tipo de acción dramática obligada a entretener a un público que pretendía echar una jornada diurna frente a un espectáculo, en el que la acción principal se mezclaba con otras secundarias

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente.

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente. / Europa Press

La serie ‘Soap’ o, según se tituló en España, ‘Enredo’ fue considerara una de las mejores de la historia televisiva. Una parodia de las telenovelas y sus redes de trama. Mantenía al espectador en una tensión tal que aseguraba su audiencia de un capítulo al otro. Nada nuevo bajo el sol. El escritor Lope de Vega inventó esta fórmula para un tipo de acción dramática obligada a entretener a un público que pretendía echar una jornada diurna frente a un espectáculo, en el que la acción principal se mezclaba con otras secundarias, para que aquellas horas fuesen tintadas con hilaturas serias y burlescas. Capturaba y conducía el discurrir de quienes pagaran la entrada al espacio escénico. En ocasiones, los asistentes se involucraban tanto en los aconteceres ante ellos representados que insultaban y vitoreaban tal y como si los personajes se hubieran transmutado en personas y el escenario, en tiempo y espacio tangibles. Hoy nadie vocifera al televisor tal como hacía la concurrencia en los bares cuando yo era pequeño y campestre. Aquel artilugio incendiaba el ánimo de los parroquianos de aquel local, innovador para ser de pueblo, cuando alguna escena no agradaba; esto es, cuando alguna señora no había sabido guardar su virtud, o cuando el malo no recibía un castigo inmediato, o el bueno reaccionaba tarde ante alguna bellaquería. Los códigos de conducta pública estaban muy bien definidos. Cuando se inició la emisión de ‘Enredo’ yo ya era adulto y urbano. Me cuesta recordar su debut con una cierta precisión. Se trataba de una bufonada (admiro a los humoristas) en el que su argumento daba la sensación de que carecía de rumbo y se ejecutaba mediante un resorte activado por el punto y final del capítulo previo. La escena última ejercía como pie de guion que prendía mediante intriga a los seguidores y, por coherencia con el propósito de la obra, desplegaba un catálogo de disfuncionalidades psíquicas y de conducta que se erigían en distintivo de esa obra.

Por desgracia, pues nos afecta a toda la sociedad, los últimos días (y ya no sé indicar un punto de partida) de las relaciones entre nuestros políticos estatales se parecen a esa serie a causa de tanto amor e insistencia en el cultivo de la distopía, palabra tan de moda y que, en múltiples ocasiones históricas, a nuestro devenir colectivo le sienta como un traje para él confeccionado. La ciudadanía española asiste a un espectáculo de intrigas como si hubiera pagado para que le escribieran ese tipo de obra. La razón de la sinrazón se ha instalado en un estilo de pilotaje social que abunda en la actitud tabernaria y que, por supuesto, excita las pasiones y los ánimos de las calles convertidas en aquellos corrales de comedias donde los actores eran ofendidos u ovacionados según la función dramática que desempeñaran. Un enredo propio de aquel ‘Enredo’ donde un narrador, externo e invisible, orientaba a los oyentes por dónde transcurrían, de modo aproximado, las intersecciones de los personajes. Con su característica melodía de fondo, tal vez, podríamos apuntar que Pedro es presidente de un gobierno y está casado con Begoña, investigada por algunos asuntos que podrían haber sido explicados, pero no. A causa de ello, Pedro se enfrenta a la prensa que publica informaciones nunca desmentidas. Él produce y repite sintagmas con poco ingenio. Al mismo tiempo, Pedro está enamorado de Salvador Illa pero sus relaciones se han enturbiado por ese trío anterior que Pedro había practicado, con Carles Puigdemont y con Gabriel Rufián. Carles despliega esos encantos que, para ciertas mentalidades románticas, alberga su condición de forajido de la justicia. Podría ser acusado de comportamiento casi proxeneta con Pedro, siempre atento a su voluntad, pero tildado de traidor por Carles apenas se aleja de esa esquina pública donde lo colocó. Rufián el mudo, el Óscar Puente chulesco, y la Yolanda sin votos configuran aquellas tramas paralelas inventadas por Lope. ¿No se han enterado? Enredo.