Opinión | Tribuna

Últimos días de Semprún

Jorge Semprún.

Jorge Semprún. / Ángel González

Con motivo del centenario del nacimiento de Jorge Semprún (1923-2011) que se celebró el año pasado, la editorial Tusquets publicó un libro homenaje al escritor madrileño en el que, con título ‘Destino y memoria. Cien años de Jorge Semprún’, se recogen, por un lado, diversos estudios sobre su obra literaria, su relación con el cine, su vida en la clandestinidad o su proceso creativo, todos ellos con una densidad y una calidad, por parte de sus autores, que puede resultar apabullante para el lector incluso aunque esté acostumbrado a la obra de Semprún. Y por otro lado, amigos, políticos y periodistas que le trataron en un aspecto más personal relatan detalles íntimos de Semprún que ayudan a desentrañar su enigmática vida así como sus años en París.

Desde que empecé a leer a Jorge Semprún a principio de los 90, en mi época universitaria, pude constatar que Semprún tuvo siempre la intención de regresar a vivir España tras el fin de la dictadura franquista. Ya en 1977, en el programa A fondo de RTVE presentado por Joaquín Soler, el que fuera ministro de Cultura en uno de los últimos gobiernos de Felipe González afirmaba su intención de trasladarse a España en un futuro inmediato. Durante los años siguientes Semprún visitó España en numerosas ocasiones invitado por sus amigos así como para formar parte de varios jurados de premios literarios. Mención especial hay que hacer a su paso por el Ministerio de Cultura entre 1988 y 1991 que tuvo como consecuencia imprescindible su deseo cumplido y esperado de residir en Madrid. Pero siempre quedó la duda del motivo que le impidió volver a residir de una manera permanente en España mientras su salud se lo permitió una vez que la libertad democrática regresó tras el oscuro tiempo de la dictadura franquista. En este libro el periodista Miguel Ángel Aguilar, que formó parte del círculo de amigos de Semprún, da algunas claves fundamentales para resolver esta duda. Cuenta Aguilar que en los años 80, cuando Jorge Semprún venía a España con asiduidad para pasar unos días en compañía de su mujer, Colette Leloup, cenaban con los amigos españoles de Semprún todas las noches. Colette Leloup, que llevaba desde los años 60 casada con Semprún, no sólo no sabía decir ni una sola palabra en español sino que se pasaba toda la sobremesa pidiendo a su marido que le tradujese los comentarios de los comensales que provocaban más carcajadas. Leloup hizo todo lo posible, afirma Aguilar, para que Semprún no viniese a vivir a España, un país que, imagino, Leloup no debía soportar.

Yo sé que ahora está de moda en la derecha española y en esa parte de la juventud ignorante de la historia de España que apenas lee y que gasta su tiempo libre en ver bobadas en las redes sociales ridiculizar a todos aquellos comunistas que lucharon para que la libertad y la democracia regresase a España. Dice Juan Cruz en ‘Destino y memoria’ que «todos aquellos demócratas que fueron comunistas nunca han recibido la debida gratitud que les debe esta patria esquiva». Miles y miles de ciudadanos anónimos que después de la guerra civil provocada por un golpe de Estado se jugaron la vida a diario tratando de acortar una dictadura cuyos principales dirigentes intentaron por todos los medios que sobreviviese a la muerte del dictador Franco. Las leyes de recuperación de la memoria democrática que se han aprobado en los últimos años tanto por el Gobierno como por varias CCAA, ensalzan los valores democráticos y éticos que diferenciaron a unos españoles de otros, es decir, a aquellos que apoyaron una dictadura producto de un golpe de Estado que acabó con los avances sociales y políticos de la Segunda República frente a los partidarios de que España se integrase en la Europa de los derechos sociales, la concordia y el parlamentarismo.

El 11 de abril de 2010, pocos meses antes de su muerte, Semprún viajó por última vez al campo de Buchenwald, campo en el que sobrevivió casi dos años tras ser encerrado en él por los nazis. Sabía que no regresaría dado su estado de salud. Pero a pesar de su cercana muerte seguía teniendo las mismas ilusiones que le hicieron sobrevivir a Buchenwald y combatir al franquismo en la clandestinidad sin que fuera detenido.

Carmen Claudín, hija de Fernando Claudín, expulsado junto a Jorge Semprún del PCE en 1964 después de largos años de trabajo en favor de la recuperación de la democracia en España, explica los últimos días de Semprún. Aquejado de varias dolencias que fueron apagando su vida, Semprún estuvo acompañado día y noche en el hospital por la escritora Evelyn Mesquida. Después, ya en la casa parisina del escritor, Carmen Claudín atendió hasta su muerte a un Semprún que «miraba siempre las nubes a través de la ventana que tenía frente a su cama». Esas nubes de París, del Madrid de la República, de Buchenwald. Esa vida.

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