Opinión | Cartas de los lectores

Miguel Hijano Guerrero

El poder de la oración

En el Evangelio leemos un pasaje que siempre me ha atraído, cuando Jesús dice «Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y hallaréis, porque a todo aquel que pide se le da, el que busca halla y al que llama se le abre». Y es verdad, realmente se cumple, pero esa oración debe estar acompañada de humildad y sencillez y por la fe. No olvidemos que cuando Jesús curaba a alguien siempre le decía «tu fe te ha salvado». También dijo que si tuviéramos fe no mayor que un grano de mostaza podríamos decir a una montaña que se trasladara y ésta obedecería. Sin ir tan lejos, pues también hay que tener en cuenta el contexto hiperbólico de la expresión, es cierto que la fe tiene mucho poder. También debemos tener presente que Jesús quiere humildad, no olvidemos la escena evangélica en que dos hombres, un fariseo y un publicano, rezan en el templo. Mientras el fariseo se muestra soberbio y por encima de los demás, el publicano, al final del templo no se atreve ni a levantar los ojos, pidiendo perdón a Dios. Éste, como señala Jesús, salió justificado mientras que el fariseo con su arrogancia, no. Algo que olvidamos con frecuencia es que no hay que decir muchas palabras para que la oración surta efecto. El mismo Jesús nos dice que no por mucho hablar vamos a lograr lo que queremos y que basta con recogernos en nuestra habitación sin necesidad de estar en el templo. Por último, decir que para mí hay dos oraciones con máximo poder: el Padre Nuestro, enseñado por el mismo Jesús y el santo rosario, que la Virgen recomienda en todas sus apariciones. También es eficaz la oración a los santos como intermediarios entre Dios y los hombres. Pero no nos enfademos por no conseguir a veces lo que pedimos, ya que Dios en su infinita sabiduría sabe lo que más nos conviene. Tengamos, pues, fe en el poder de la oración sencilla y humilde.

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