Opinión | Parece una tontería

El fin de la historia

Las casas no son el refugio de la historia, son el lugar donde termina la historia. Lo que somos capaces de hacer dentro quizás diga tanto o más de nosotros que lo que hacemos fuera

En una maniobra espontánea, que no venía a nada, abrí una caja olvidada encima de una estantería, y encontré un pendrive con fotos impagables, unas gafas de aviador y un exlibris que nunca usé. Es fácil ser partidario de las cajas. Se llenan de cosas que, con el tiempo, se dan por inexistentes. El hallazgo me hizo creer que pueden pasar cosas interesantes sin salir de casa, como si en un espacio acotado, aprendido de memoria, y sin lugar para terceros, solo primeros y segundos, aún existiese una oportunidad para la aventura. Siempre me gustó la idea de que el destino se dirima no cuando uno se va de casa, sino cuando llega.

En la introducción a ‘En casa. Una breve historia de la vida privada’, Bill Bryson contaba que un día se quedó sorprendido, y también horrorizado, al advertir lo poco que sabía sobre su mundo doméstico. Una tarde, jugueteando con el salero y el pimentero, se le ocurrió que no tenía la más mínima idea de por qué, de entre todas las especias del mundo, tenemos un vínculo tan perdurable con estas dos. O por qué los tenedores disponían de cuatro puntas y no tres o cinco, o las chaquetas de los trajes una hilera de botones inútiles en cada manga. De pronto, la casa empezó a parecerle un lugar repleto de misterios, y decidió escribir una historia del mundo sin salir de ella. El baño sería una historia de la higiene, la cocina del arte culinario, el dormitorio del sexo, la muerte y el sueño, y así sucesivamente.

Bryson se puso a escribir una historia del mundo circunscrita a lo que había dentro de una vivienda, descubriendo que todo aquello que empezaba fuera, terminaba, de una manera u otra, dentro. «Guerras, hambrunas, la Revolución industrial, la Ilustración, todo está ahí, en los sofás, en las cajoneras, entre los pliegues de las cortinas, en la aterciopelada suavidad de las almohadas, en la pintura de las paredes y en el agua de las cañerías», advirtió. Las casas no son el refugio de la historia, son el lugar donde termina la historia. Lo que somos capaces de hacer dentro quizás diga tanto o más de nosotros que lo que hacemos fuera.

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