Opinión | El paseante
El absoluto
Quizás sean las excentricidades del universo las que determinen las manías de los humanos. Somos peces en su acuario incapaces de entrever sus magnitudes o sus singularidades. Disponemos de unas características bioquímicas, producto de los elementos que las estrellas fabrican, y expanden cuando su muerte. Sobre nosotros actúa una diversidad de fuerzas y energías que determina la forma de los cuerpos o que tengamos ojos. Todas estas obviedades enuncian un catálogo de lo que ya sabemos; sin embargo, el universo hospeda enigmas que influyen sobre nuestra vida social, por esa magia mediante la que una bola de billar imprime su ímpetu contra su semejante que, a su vez, traza un giro a los acontecimientos, de modo que perdiste la partida porque la gravedad hizo caer una esfera hacia una deuda de 500€ en los billares del barrio. Sin embargo, a pesar de la precisión del ejemplo, o sea, de cómo una serie de fuerzas pueden concluir con tu nariz rota a causa de unas leves discusiones con un prestamista sobre lo relativo que es el continuo espacio temporal, no es a este tipo de fenómenos a los que me refiero. Son elementos más sutiles que pasan desapercibidos, incluso, en nuestro proceder diario. La nada, sin ir más lejos. Somos incapaces de concebir la nada, que podríamos definir como aquello que se encuentra más allá de un límite del universo que no sé si sería algo, ni cuánto mediría, o si sería ya nada por influencia de la nada. ¿Lo ven? Pues Leibniz tradujo la nada como el cero, y el algo como el uno, e inventó el sistema de cómputo de esa aplicación oculta en tu móvil que chivató a tu pareja que no estabas echando horas de más en la oficina, sino en el mismo apartamento al que has acudido nueve veces en los últimos diez días, y que no se trata de una consulta médica. La nada provoca por esas artes de causa y efecto, un divorcio y sus muchos sinsabores que ya son algo. Así las pautas de la materia y la antimateria, incluso la ausencia de ambas, nos acaban modificando el carácter y las circunstancias entre las que intentamos llegar hasta fin de mes. Y si fuerzo la errata, hasta al gin del mes.
Pero, perdonen la insistencia, quiero ir un poco más allá; no de ese fin de mes a cuyas hojas tormentosas nunca arribo ileso, ni al gin ese del error pues consumo otros licores. No. Fijémonos en la temperatura y sus misterios, por recalar en otra charca. Mientras el calor absoluto necesitaría una cifra enorme para ser expresado, el frío absoluto apenas exige tres dígitos. Un extremo se sitúa más o menos cerca de ese chiste en el que, cuando el termómetro marcaba cero grados, alguien decía que ni frío ni calor. El otro cabo, el del calor absoluto, sin embargo, se halla tan lejos que la cifra teórica que lo expresa pediría un folio para ser escrita. Quizás esa cualidad tan desequilibrada sea la que determine ciertas actitudes colectivas. Aunque seamos conscientes de que la belleza se encuentra en el ojo que mira, no en el objeto que ve, hemos desarrollado, así en colectivo, una tolerancia hacia lo que nuestra cultura consideraría el feo absoluto, o casi, que no practicamos con quien se aproxime a esa etérea escala cósmica del guapo absoluto. Yo, perdonadme, me enclavaría en un discreto menos cinco. Quizás haya quien me degrade varias decenas, pero que yo no lo pille. El caso es que mi posición tan invisible me permite la observación de las conductas humanas igual que quien mira pájaros a través de sus lentes. Se puede ser muy feo, bajo ciertos parámetros y sin que entremos en definiciones (sobre todo para no ir al calabozo), pero se puede ser guapo sólo hasta un cierto punto, más allá del cual comienza una extraña entropía colectiva que, pongo por caso, asemeja belleza con una inteligencia discreta o con unas inevitables ansias de subir escalafones mediante la mera exhibición de las dotes estéticas. Al feo se le presupone, sin embargo, una decidida voluntad de trabajo y hasta el refranero le concede la hermosura si es hombre, y una suerte, envida de las guapas, si es mujer. Un universo caótico que nos arrastra en su remolino.
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