Opinión | Málaga de un vistazo

Cuando acabe el terral

Julio y el terral son dos longevos conocidos quienes como en toda relación inmemorial se hallan y lo celebran

Playa de La Malagueta, este pasado fin de semana

Playa de La Malagueta, este pasado fin de semana / Gregorio Marrero

Parafraseo a García Márquez en su obra ‘El coronel no tiene quien le escriba’, es el mes de julio, todo será distinto cuando acabe el terral. Este viento del norte y noroeste se concibe oriundo en la capital y nos acaricia con su ardiente brisa de tierra en su encuentro con la ciudad soñada, cuando converge con sus atávicos aliados los Montes de Málaga en presencia de Foehn – fenómeno que tiene lugar cuando una masa de aire caliente y húmedo se ve obligada a ascender una montaña, al tiempo que desciende hacia el mar lo hace con menos humedad y más temperatura-. Julio y el terral son dos longevos conocidos quienes como en toda relación inmemorial se hallan y lo celebran en un triduo manifiesto en el cual los malagueños cierran sus moradas para alcanzar la penumbra como bálsamo; ventanas cerradas nos invitan a la reflexión sobre esta urbe en continua metamorfosis discordante, donde volvemos la mirada al epicentro de la memoria para evocar la Málaga que nos dejaba ser y estar inquietamente felices; a sentir el crepúsculo mecido por el terral de forma connatural al carácter de una población que este viento lo hace único y con genio en el sur del sur.

Muchos residentes de diferentes barrios han decidido programar un plan de evasión tomando el ostracismo como ruta hacia el interior de la provincia en búsqueda de lo natural para poder sobrevivir.

Desgraciadamente para muchos de éstos Málaga ha dejado de ser suya: «No puedo alquilar una vivienda; imposible comprarla». Desde su exilio obligado, siempre recuerdan el terral como vecino allegado y junto a él concluyeron un proyecto de vida anhelada con un final nostálgico como el adiós a su propia ciudad.