Opinión | Ver. oír y gritar

Un antes y los días después

Votar por la extrema derecha se va normalizando de tal forma que parece normal lo que no es, pese a que defiendan estar del lado de las clases trabajadoras

La campaña presidencial de Marine Le Pen de 2022, investigada por financiación ilegal

La campaña presidencial de Marine Le Pen de 2022, investigada por financiación ilegal / EFE

El futuro de los próximos años se ha decidido en Francia, donde han deshojado la margarita en la segunda vuelta de las elecciones legislativas, tras el triunfo en la primera vuelta de la ultraderechista Marine Le Pen. No ha vuelto a ganar en las urnas y no gobernará como daba la impresión inicialmente.

La consigna general del cordón sanitario era impedir el asalto al poder por parte de ese grupo que, al igual que en España, aprovecha el río revuelto como ganancia de pescadores. Votar por la extrema derecha se va normalizando de tal forma que parece normal lo que no es, pese a que defiendan estar del lado de las clases trabajadoras. Manejan las redes sociales para atraer el voto de los más jóvenes, de la misma manera que hacen algunos de idéntica especie en nuestro país.

En el país vecino, la camelónica Le Pen se ha hecho transversal, aparentemente, al objeto de pescar votos. Se aleja de la línea más dura y maquilla el programa electoral. Pero la antiglobalización y la xenofobia, entre otras cuestiones, son algunos de los platos fuertes cocinados día a día. El caldo de cultivo reside en la pérdida de confianza y la inseguridad económica. Por cierto, esta señora se sentará próximamente en un juicio por malversación de fondos públicos y otras sombras de corrupción política.

Las altas cifras de desempleo en Francia, la inflacción, el coste de la vida o la desigualdad pueden dar origen a que un amplio número de votantes se eche en los brazos de quien solo puede ofrecer peores circunstancias aún a los más necesitados. Recuerden lo que ocurre en la Argentina de Milei por si hay dudas. El peligro de cambiar la sociedad. A peor, eso sí. Tiene gracia que la insensatez se disfrace de sensatez, de fuerza responsable de orden en medio de las disputas. Allí, aquí o allá.

Los últimos siete años del presidente Macron han sido determinantes para dar alas a la ultraderecha con políticas de corte antisocial y copiando determinadas ideas de ese credo. Sea como fuere, el primer puesto en las elecciones ha sido para la coalición de izquierdas (Nuevo Frente Popular). El segundo para los macronistas y el tercero para Le Pen. ¿Sorpresa absoluta después de que la ultraderecha ganase holgadamente de entrada? La amplia movilización de los franceses ha sido fundamental en el resultado.

Ahora toca ver las posibilidades de formar Gobierno. Una de ellas podría incluir al bloque izquierdísta, a los de Macron y a la derecha tradicional. A ello se opone Mélenchon, el líder de la izquierda. Solicita que el jefe del Ejecutivo debe ser del Nuevo Frente. ¿Neoliberalismo o fascismo? Ninguna de las dos exactamente para un adecuado enderezamiento. La estabilidad gubernamental, ante la difícil gobernabilidad, ha de ser uno de los objetivos. De momento, triunfan la democracia y Europa. Los derechos y la esperanza por encima del odio y de las mentiras.

En otro orden de cosas y hablando algo más de eleciones, hemos visto la derrota de los conservadores británicos, ya que el Partido Laborista ha cosechado una contundente victoria. No se sabe si ha tocado freno el talante del trumpismo ultra. Sí es verdad que la ola reaccionaria, vista en el reciente 9J europeo, se encuentra en ebullición. El desencanto se inclina a veces hacia un lado o hacia el otro. Ahora bien, probar cucharadas de jarabe de palo, con planes de austeridad y motosierras que perjudican a la mayoría social, solamente puede despertar reacciones en contra. Tarde o temprano.

Las consecuencias del Brexit, una notable tomadura de pelo, y la salida del Reino Unido de la Unión Europea han supuesto un amplio perjuicio a la gente más desfavorecida. La sanidad pública, la falta de mano de obra por el cierre de la inmigración, la escasez de productos de primera necesidad y la flojedad de los bolsillos componen los problemas que han conducido al éxito arrollador de los laboristas. El buen funcionamiento de un mundo globalizado es de vital importancia en lo que se refiere a intereses humanos y comerciales. Y bueno es luchar contra los grupos de crimen que trafican con inmigrantes, lo que no significa que haya que criminalizar a este colectivo.

Recuérdese que la financiación del bienestar exige una política fiscal con la que paguen más quienes más tienen. Planear inversiones no debe estar reñido con el impuesto de sociedades… El líder del laborismo, Starmer, se ocupará del crecimiento de la economía, de la recuperación de la agenda verde, la transición ecológica, y de la mejora de los servicios. Es el papel del Estado, que necesita fortaleza, no desguace en beneficio de los frescos del barrio que pretenden hacerse dueños hasta del aire (o de la polución) que se respira.

Suscríbete para seguir leyendo