Opinión | Parece una tontería

Hostia electoral

Entiendo bastante bien a la gente que prefiere ganar a perder. De hecho, yo me incluyo también en ese grupo

Francia frena a la ultraderecha de Le Pen y otorga la victoria de las legislativas a la izquierda del Nuevo Frente Popular

Agencia ATLAS / Foto: EFE

Pasa una cosa un poco curiosa con las elecciones: es fácil perderlas. Cuando estás a punto de ganarlas, también es posible que se las lleve otro. La derrota es un acontecimiento que llega por sorpresa y sin sorpresa. En política no existe una sola trayectoria que no esté decorada con algunas victorias clarísimas, que, en cambio, no se alcanzaron, como le ha ocurrido a la ultraderecha en Francia. Esas inesperadas, sonoras catástrofes, tan morrocotudas, deberían poder incluirse en un currículo y lucir con toda su espectacularidad. Por ejemplo: fulanito de tal, graduado en no sé qué; máster en una cosa; experiencia laboral en esto, en lo otro; dominio de cuatro idiomas; y treinta y siete victorias que iban a ser clarísimas y que al final no lo fueron. Nunca se sabe a ciencia cierta cuál es la aportación más relevante a un currículum, la que habla sin género de dudas de tu valía. «Lo mejor de mi currículo es la grapa», decía José Luis Alvite.

Las altas expectativas, que al cabo se desinflan estrepitosamente, sin darte tiempo a estar un poco triste, pasando de la euforia directamente a la ruina absoluta, forman parte de la vida. Cómo existir sin albergar grandes ilusiones, aunque solo sea una vez. Pero qué vez. Personalmente, entiendo bastante bien a la gente que prefiere ganar a perder. De hecho, yo me incluyo también en ese grupo. De entrada, la derrota es siempre una malísima noticia, y de una fealdad notable, que no se caracteriza por ponerte contento.

Pero ganar, ay, ganar. Ganar es otra cosa. Ganar, reconozcámoslo, es maravilloso. Puestos a elegir, quisiéramos ganar a lo que sea, y todo el tiempo. Pero contar con ello, creer que resulta un plan realizable, es de idiotas. Por eso entrenamos la frustración a diario, para aprender a perder, a levantarnos al día siguiente como si tal cosa, y no tener que cortar carreteras, o asaltar edificios, cuando la realidad no se comporta como tú desearías. Ciertamente, es una putada no ser dios para salirte siempre con la tuya. Hay pocas cosas tan seguras, sin embargo, como que sufrirás un chasco, recibirás una hostia; y al día siguiente, más. Con un poco de fatalismo por tu parte, casi puedes adivinar los reveses diarios sin margen para el error, como aquella conocida de Iñaki Uriarte que se puso a llamar a sus amigos a principios de semana para decirles: «Me muero el jueves», y el viernes, en efecto, se vieron todos en el funeral.

Se necesita mucha sangre fría para pensar que una terrible e inopinada derrota solo será una anécdota al cabo del tiempo. Pero es la verdad. Quizá al cabo de mucho tiempo. Para cuando eso ocurre, y queda atrás la fecha y su abatimiento, la derrota ya se convirtió en algo que contar. Tener algo que contar es en muchas circunstancias a lo que aspiramos. No menos cierto es que tu derrota equivale a la victoria de otros. Se trata de una dialéctica un poco perversa. Pero no es hoy el día de lamentarla, porque justamente algunos estamos muy contentos, inmersos en la ficción de que también nosotros ganamos, aunque no seamos franceses

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