Opinión | Viento fresco

Redactor jefe y articulista
En caso de apretón
Parar al azar, alojarse en un hostal desde el que se ven unos viñedos. Cenar luego en una taberna donde unos labriegos recitan a Calderón. Alojarse y tener sueños húmedos

Viajar en coche sin prisas ni rumbo. / L. O.
Viajar en coche sin prisas ni rumbo. Con el aire acondicionado y buena música. Observando como cambia el paisaje. Descubriendo restaurantes a pie de carretera donde un pelirrojo te ponga un gazpacho preguntando si quieres guarnición. Tú tienes el día festivo y dices que sí, que muchos pimientos rojos y la cebolla bien picadita. El sabor a cebolla se te queda luego 72 kilómetros.
Lo ideal sería contratar a un conductor o engatusar a un amigo o pariente e ir tú en el asiento del copiloto tomando notas sobre gentes, usos, gastronomía, nubes, rutas y alojamientos. Tal vez esas notas sean luego un libro, una serie de artículos para el periódico o un tocho de papel apto para limpiar alguna parte corporal en caso de apretón o urgencia evacuatoria en una cuneta.
Parar a dormir en un hostal con habitaciones que den a unos viñedos e imaginar que una uva que atisbas de lejos dará un néctar que tal vez deguste un viajante de comercio en Avilés luego de que un camarero maño abra la botella con pericia de guillotinador de gallinas mientras el viajante se atiza unas aceitunas. O tal vez esa uva sea pisada por el hijo zangolote del bodeguero y la uva quede en nada, yerma, y solo aporte una mancha a la planta del pie del chaval, que se la limpiará por orden de su madre en el bidé de un cuarto de baño recién reformado, 3.000 euros, y una semana de obras. Y el grifo de la ducha sin funcionar. Cuando la suegra del bodeguero entra al baño afirma: parece de película. No se atreve ni a lavarse las manos.
En la mesilla de la habitación con vistas al viñedo reposa una novela tal vez olvidada por un huésped o cortesía de la casa. Hay un marcapáginas en la página 102, cuya primera línea dice: «Tomó la decisión mientras él le acariciaba un pecho con prudencia de espeleólogo». Engolfarse con la novela en lugar de colgar en el armario las camisas, que ya se habrá arrugado. Recordar de pronto que no ha y camisas en la maleta, solo camisetas. Azules. Explorar brevemente la zona a pie preguntando con alma de explorador y cenar junto a unos labriegos que hablan de política y se retan a declamar versos de Calderón. Dormir sin calor ni pesadillas soñando que tu cama es un inmenso bollo de nata que está fresquita y te arropa. Desayunar como un obispo y tratar de ganar diez euros diciéndole a otro huésped que lees los posos del café. Comprar un diario, leer al columnista de la última y tirarlo hacia arriba para que las páginas vuelen como avutardas escépticas. Expropiar una nube. No encender un cigarrillo. Arrancar el coche y tirar la libreta por la ventana.
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