Opinión | Tribuna
Operación Jauja
La primera alternativa es que una serie catastrófica y antidemocrática de complicidades haya permitido a un prófugo anunciar una cita en la calle, hablar públicamente y huir del país sin ser importunado

La custodia de Puigdemont al acto en el Arco del Triunfo. / Jordi Cotrina
Hay dos alternativas: la primera es que una serie catastrófica y antidemocrática de complicidades haya permitido a un prófugo anunciar una cita en la calle, hablar públicamente y huir del país sin ser importunado. Esto demostraría la existencia de un auténtico contubernio político de prevaricación que habría puesto en danza a instancias que van desde Moncloa a la Guardia Urbana de Barcelona, convirtiendo el Estado de derecho en España en una filfa. La segunda opción, que es la que uno prefiere creer, es que a la policía efectivamente se le haya escapado Carles Puigdemont, pese a sus denodados esfuerzos por apresarlo con la operación Jaula.
La cosa habría sido más o menos así. El agente Fagúndez recibe la misión de informar sobre movimientos sospechosos en la frontera española y ni corto ni perezoso se monta en el coche patrulla y viaja desde Barcelona a Cádiz, donde se pone a mirar fijamente el Estrecho de Gibraltar a la espera de que Puigdemont aparezca a nado o en patera. El agente Pamplónez debe seguir los pasos de Puigdemont, así que se pasa seis meses investigando el número 42 de zapato, bamba y chancleta, y analiza con una macroencuesta a todas las zapaterías y otros comercios minoristas de calzado en un radio de tres kilómetros de Waterloo para averiguar qué modelo usa Puigdemont, tarea para la cual todavía no ha terminado su informe. El agente Ciprosa tiene asignada la tarea de vigilar los entornos independentistas afines a Puigdemont para detectar sus redes efectivas de apoyo en Barcelona, de modo que se inscribe como agente encubierto en Junts y termina de concejal en el Ayuntamiento de Amer, donde acaba sepultado por toneladas de burocracia y pierde el rastro definitivamente. El comisario Onánez está destinado para coordinar las entradas y salidas de Barcelona, pero el ordenador que maneja cobra conciencia de sí mismo e inicia una discusión sobre el sentido de la existencia para la que la precaria formación humanística del policía resulta del todo insuficiente. El agente Malparit, el corredor más rápido de todo el cuerpo de los Mossos d’Esquadra, es quien debe darle caza en su huida por las calles del Raval, pero cuando arranca a cabalgar se confunde de peluca, termina en una reunión de señoras y al retroceder en busca de la pista correcta choca frontalmente con una farola y queda fuera de servicio.
Así ha tenido que ser la cosa. No pensemos cosas peores de nuestros poderes públicos.
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