Opinión | Pensamientos
Marchando uno solo
Ahora resulta que la pertinaz sequía en Brasil y un tifón en Vietnam, principales productores del mundo de café, han creado una crisis monumental

Una taza de café. / l.o.
«Yo te daré, te daré niña hermosa, una cosa que yo solo sé, café», nos alegraban Los Stop allá por el año 1968. No contentos con el «aceitazo» nos amenazan, y va en serio, con una subida estratosférica del café.
No hay día sin susto. Una mañana nos amedrentan con que las suicidas y genocidas guerras que Israel ha emprendido contra todo van a disparar el precio del petróleo. Esa misma tarde nos advierten de que la banana está a punto de desaparecer por no sé qué mortífero hongo.
Al día siguiente nos informan de que el aceite de oliva, ese milagro líquido, no cesa de costar más, pese a los trucos de Pedro Sánchez con el IVA.
Ahora resulta que la pertinaz sequía en Brasil y un tifón en Vietnam, principales productores del mundo de café, han creado una crisis monumental.
Los mercados de futuro (que, como diría el gran Millás, no sé qué son) ya han empezado a buitrear. Lo que podría ser una coyuntura pasajera, fruto de avatares climatológicos, se convierte así en una enfermedad crónica. Y grave, muy grave.
«Crisis de producción, su cotización al máximo, mientras las reservas van a la baja», resumen los expertos.
Los profanos ignorábamos que hubiese unas reservas de este alimento, similares a las del trigo, la gasolina, las vacunas, o el gas natural. Uno vivía pensando que había un ciclo natural entre cosecha y cosecha. Pero no es así.
Hace ya tiempo que se encareció en los supermercados. Las marcas y variedades más selectas no paran de darnos disgustos. Vas un día y el mismo paquete cuesta 40 céntimos más que ayer. Sin hablar del truco de reducir los envases de 250 gramos a 200 gramos, manteniendo la misma apariencia exterior e idéntico valor.
Los productos de gama blanca oscilan también al alza, pero menos.
Hay personas que no son tales sin un buen, robusto, aromático y vigorizante café mañanero. Las hay adictas y para las que nunca es mala hora para la negra bebida, tardes y noches incluidas.
Una firma del sector suele divulgar frases hechas del castellano y citas de personajes sobre la materia. Es una iniciativa de marketing, aunque hay palabras geniales.
«No hay lunes que un buen café no cure», proclama uno de esos dichos, expresando su potencia vital.
Lo cierto es que su consumo no para de aumentar. Se calcula que hay un déficit de 13,1 millones de sacos. Ahí es nada.
Una de las campañas más afortunadas de la historia fue aquella de Juan Valdez, el campesino simpático y bigotudo que promocionó la variedad de Colombia. Los actores que dieron vida al entrañable personaje se convirtieron en famosos en el país suramericano.
Valdez ya no da abasto. Quizás haya que empezar a buscar sucedáneos o sustitutos para mañanas, sobremesas y tardes.
Los españoles que sufrieron las penurias de la Guerra Civil, y de la no menos tenebrosa postguerra, se contentaban con bebidas de achicoria, algo muy sano pero insustancial, o con colar mil veces el poco café auténtico que les llegaba.
Sería muy triste tener que renunciar a este placer. Cierto es que hoy en día hay productos alternativos muy conseguidos y dietéticos. No es lo mismo.
Con el desparrame del aceite de oliva ha crecido el consumo de otras grasas mucho más baratas, especialmente el girasol o la colza. En materia de estimulantes no hay rival bueno para la cafeína.
A lo mejor llegará el día en que circulen alijos clandestinos de café (ya pasó). O se pongan alarmas individuales a los paquetes; o se mezclen los negros granos con otros productos más económicos. Malos tiempos para la lírica, aunque el aceite, dicen, va a bajar.
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