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Opinión | Notas de domingo

Jose María de Loma

Jose María de Loma

Redactor jefe y articulista

Extraños sucesos

El repaso a la semana que acaba de Jose María de Loma

El Guadalhorce baja desbordado a su paso por Álora.

El Guadalhorce baja desbordado a su paso por Álora. / L. O.

Lunes. Llueve mucho y eso es una bendición. Observo el chaparrón desde un desayunero céntrico del que no para de entrar y salir gente. Asigno vidas: una funcionaria, un obrero recién separado, un policía de paisano con problemas de jaqueca, un grupo de estudiantes de arameo, una profesora de literatura aquejada de absentismo, vegana y con antepasados ingleses.

Pido el segundo café y trato de recordar novelas en las que sale mucho la lluvia. Se me viene a la memoria una de Camilo José Cela. A saber quién lee hoy a Cela. Ellos se lo pierden. El cielo se va oscureciendo. El local es acogedor y no presenta invasión turística. Los camareros, muy jóvenes se mueven por entre las mesas con singular agilidad. Capto el instante de esta mañana que ya no volverá. Ruido de cucharillas. Un señor de la mesa vecina protesta cortesmente: el tomate era en rodajas, no rallado. Ojalá todas las inconveniencias de la vida fueran como esta. Me alegro de haber cogido paraguas. Ahí está, en la silla de al lado. Seco y consciente de que en breve entrará en combate. Lo he cogido de un armario de casa en lo que ha constituido una rarísima audacia previsora. En mi vida he dicho más veces la palabra paraguas para expresar que me lo he olvidado que para decir otra cosa sobre él. Dónde estarán los tres que perdí el año pasado. Tal vez uno lo lleve ahora una joven promesa del Derecho que acude a la Facultad a adquirir conocimientos de Tributario o a morrearse con la novia mientras sucede la clase de Canónico, impartida por un señor que duerme mal. Veo la vida a través de los cristales, desde algún sitio hay que verla. Habrá que ir pensando en salir a la realidad, la calle y la lluvia.

Martes. No sé por qué ni a cuento de qué ni qué relación tiene pero al hilo de todo esto de Errejón se me ha venido a la cabeza aquella legendaria frase de Agustín de Foxá a Serrano Suñer: «Estos del Frente de Juventudes son niños vestidos de gilipollas mandados por un gilipollas vestido de niño».

Miércoles. Espoleado por lo que escucho en el podcast La Cultureta, me hago con ‘Los extrañados’, de Jorge Freire (Libros del Asteroide). Cuatro capítulos. Cada uno sobre un escritor. Wodehouse, genio del humor británico; Bergamín, el gran poeta y aforista malagueño-madrileño que acabó a la vejez abertzale en San Sebastián; Blasco Ibáñez y Edith Wharton. Los cuatro lo tuvieron todo pero tomaron una extraña deriva. Ingenio, frescura, un libro distinto y ameno, con ecos, no lo he acabado aún, de esas breves biografías que hacía Jean Echenoz sobre Tesla o el legendario atleta checo Zatopek, que están en Anagrama. Yo también me siento un poco extrañado en este día fronterizo, que no se decide a ser prólogo del fin de semana pero que ya va quedando lejos de la depresión de los lunes.

Jueves. Madrid, la Gran Vía. Lluvia tenue. Estaba deseando que lloviera de manera tenue para poder emplear la palabra tenue. Llego con poco tiempo para una cita profesional y aún así me dan tentaciones de ingresar en Chicote o en algunas de las coctelerías de la calle Reina. Como soy un poco peliculero me acerco a la puerta de tan legendario abrevadero e imagino a Manolete entrando, a Ava Gadner saliendo. Pero lo que veo entrar y salir son turistas, oficinistas y gentes con pinta como de acabar de cerrar un trato en un Fitur, que no es ahora y sí en enero. Parafraseando aquello de Machado de Madrid rompeolas de España podría decirse Chicote rompeolas de España. O el Tony 2. Ventilado lo profesional, acudo al extrarradio por puro placer de mirar, de observar la dureza de la gran ciudad. Tomo notas. Pero vuelvo pronto a mis querencias matritenses. Nunca sé si tomar templado o caliente el consomé.

Viernes: todo libro depositado en una mesilla experimenta un empuje hacia abajo proporcional al peso del libro que desaloja.

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