Opinión | Tribuna
Objetivo: matar al periodista
Desde que empezó la guerra en octubre del pasado año, han sido asesinados a pie de bomba y a tiro de metralleta nada menos que 210 periodistas

Me cuesta trabajo entender el silencio de quienes deberían levantar la voz para exigir que se termine la masacre de periodistas. / Levante
Días atrás asesinaron a tres periodistas en el sur de Beirut. Tenían documentado ser ‘press’. De nada les sirvió. La bomba de racimo, metralla y tornillería terminó con sus vidas. Eran periodistas y cámaras de una televisión ligada a Hezbolá. No importa, eran profesionales de la información. El mundo en silencio, calló ACNUR, las Naciones Unidas, la Unión Europea y las asociaciones que suponen defender esta profesión. Matar a periodistas se ha convertido en indeseable espectáculo en la guerra de Gaza y del Líbano. Por los datos disponibles, desde que empezó la guerra en octubre del pasado año, han sido asesinados a pie de bomba y a tiro de metralleta nada menos que 210 periodistas, poco comparado con las 42 mil personas asesinadas en esta macabra y feroz guerra de venganza del Gobierno ultra de Benjamin Netanhayu contra Hamás a causa de los atentados perpetrados por los yihadistas el 23 de octubre pasado.
Y lo peor de todo es que en esta despiadada guerra, un 30% de muertos son mujeres, un 37% son niños y tan sólo, según las agencias de noticias, se puede afirmar que el 10% de los fallecidos eran guerrilleros de los grupos terroristas de Hamás y Hezbolá. El relato pues de lo que sucede en esta zona bélica está escrito por periodistas de origen árabe dado que el gobierno de Israel no permite la entrada de periodistas occidentales en las zonas bélicas. Y ha llegado a tal grado de degradación contar lo que sucede que no extraña, a veces se ven con una macabra carcajada, las imágenes que llegan a los ciudadanos, de dentro y de fuera de Israel, donde se ven a soldados judíos jactarse del tiro a bocajarro, de mostrar y enseñar cuerpos destrozados, con gazatíes con la cabeza reventada e incluso, lo que ya ralla en la más absoluta performance, ver a soldados desvalijando casas en Gaza y tener la desvergüenza de colocarse braguitas, sujetadores y corpiños de lencería femenina para decir «aquí estamos nosotros».
Me cuesta trabajo entender el silencio de quienes deberían levantar la voz para exigir que se termine la masacre de periodistas y no entiendo cómo se echa un pulido velo a la violación masiva de los derechos de los niños. Es la muerte, el asesinato del débil, la masacre de quien no puede defenderse. Matar y mutilar niños se ha convertido en lamentable espectáculo, como atacar hospitales y escuelas y, no menos doloroso, impedir el acceso humanitario a esos niños. Y lo peor es que no haya periodistas para contarlo, salvo las ráfagas informativas que nos llegan de medios periodísticos árabes. Estos dramáticos hechos donde mueren periodistas como moscas no me hace olvidar que los terroristas de Hamás ejecutaron a 1.200 personas que bullían alegres en una fiesta, pero Israel, el gobierno ultra de Netanyahu lleva ya asesinados a cerca de 42.300 palestinos. Los muertos, por desgracia, se degradan en números, en estadísticas. Y los periodistas tenemos la obligación ética, profesional de relatar cómo se martiriza un pueblo. Lo que sucede es que, a este paso, no sé si quedarán periodistas para contarlo. Una desgracia.
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