Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

Gracias por estudiar

Bach te lleva de viaje a otro planeta en pocos segundos mientras tienes esa sensación de complejidad que suele acompañar a lo trascendente

Juan Sebastián Bach

Juan Sebastián Bach / La Opinión

Las composiciones de Bach bien podrían estudiarse en las escuelas de arquitectura. Como cualquier obra civil de cierta envergadura, se comienza con unos pocos ladrillos; y a partir de ahí, queda en manos de un ingeniero o arquitecto que la obra llegue a buen puerto. Bach elige una serie de notas, siete, ocho, diez; las agrupa como corcheas y ya tiene el tema. El ladrillo. Una piedra sobre la que construir. A partir de ahí, juega con esos pequeños ladrillos ascendentemente y descendentemente. Añade sostenidos y bemoles. Cambia de tonalidad y hace progresiones para pasar por diferentes tonalidades hasta llegar de nuevo a la de partida. Bach te lleva de viaje a otro planeta en pocos segundos mientras tienes esa sensación de complejidad que suele acompañar a lo trascendente. Pero está trabajando con el mismo ladrillo simple del principio. Algo aparentemente muy sencillo. Ocho corcheas. Nosotros, los humanos, también nos construimos con algo tan sencillo como son las palabras. Son las palabras compartidas con los demás, desde que tenemos uso de razón, las que forjan nuestra historia. Las que nos construyen. Podremos consultar cientos de webs que nos ofrecen miles de frases para cualquier cosa que se nos ocurra. Pero lo único que se queda a vivir dentro de ti es lo que escuchas de otros seres humanos. A veces son frases simples, que pueden pasar desapercibidas. Otras, relatos que te hacen replantearte tu propia existencia. Lo único que necesitas es estar abierto a escuchar, a percibir las sutilezas de quien te habla, sus gestos, sus miradas. Lo trascendente que queda entre líneas. Una vez, una buena amiga, tras escuchar mis reiteradas quejas ante mi búsqueda constante del sentido de mi vida, me dijo: «estas son las cartas que te han tocado; juega lo mejor que puedas con ellas». Me dio mucha paz. Porque es cierto que lo único que depende de mí es cómo empleo mis cartas, no las cartas con las que cuento, que vienen dadas en un reparto que a veces es tan cruel como afortunado. En el ejercicio de la docencia, una de las cosas más enriquecedoras para mí es el trato con las familias. Reunirte con ellas, escucharlas. Conocer la historia que hay detrás para ser consciente de las razones que llevan a los jóvenes a actuar como lo hacen. Siempre hay razones para todo y nunca son las que tú crees. Tras la pandemia, un padre que se dedica a vender figuras para el Belén en puestos navideños, me dijo: «no sé qué voy a hacer. Ha llovido en los días fuertes previos a Navidad. No he vendido nada». Es difícil quedarte en la distancia ante el sufrimiento ajeno de gente buena, sencilla, normal. En quince años ejerciendo he escuchado muchas cosas, y las llevo conmigo, me acompañan, me cambian. No tiene ninguna importancia, pero aquella conversación hizo que una de mis ilusiones en la vida sea montar cada año un belén con figuras nuevas, que siempre compro en puestos callejeros, en días de lluvia. Me gusta hacerlo así. Este verano, haciendo el Camino de Santiago, uno de los amigos que caminaba conmigo me dijo: «No me apetecía bañarme en la piscina del pueblo ayer. Pero fue llegar al albergue y ya estabas con la toalla colgada. No me preguntaste si me apetecía». Y es que muchas veces damos por hecho que nuestra visión es la única, la mejor. Aquella frase me gustó, fue una manera de decirme que me quería, que era importante para él, porque alguien a quien no le importes nada nunca te diría algo así. Ahora trabajo por ser yo quien muestra mi afecto a los demás teniendo en cuenta su opinión de las cosas. Luego, también hay frases que te sorprenden porque no te las esperas o porque simplemente son bellas en su esencia. A principios de curso, mi profesora de piano tuvo una lesión y no pudo dar clases durante un par de semanas. Nos invitó a sus alumnos a mandarle vídeos con nuestras interpretaciones, para así poder corregir y ayudarnos en la distancia. Yo, que soy poco amigo de los vídeos, le tomé la palabra y grabé algunos. Ella contestaba con sus indicaciones y yo las aplicaba cuando me sentaba al piano. Una tarde, la conversación se alargó un poco, había mucho que corregir porque mis errores eran numerosos, por lo que yo comencé a sentir que quizás estaba robándole demasiado tiempo. Cuando ya se terminaba la interacción y yo sentía que había sido un poco pesado, mi profesora se despidió de mí y al final me dijo: «gracias por estudiar». Probablemente a nadie le llame mucho la atención esa frase. Pero a mí me gustó escucharla. La vi cargada de sinceridad. Me pareció algo muy bonito. Gracias por estudiar.

Tracking Pixel Contents