Opinión | El ruido y la furia
El último
La victoria es alada pero sin cabeza, como se puede comprobar cuando subes las escaleras del Louvre y te la encuentras frente a frente, a punto de alzar el vuelo

Vista aérea de los Campos Elíseos de París. / Shutterstock
Decía Álvaro Pombo el otro día al enterarse de que había ganado el premio Cervantes que Cervantes era un pringado que nunca había ganado ningún premio. En su tiempo no los había, pero teniendo en cuenta la poca fortuna que acompañaba siempre a don Miguel, seguramente no habría logrado ninguno o habría quedado segundo, que es lo peor que puede pasarte. Nadie se acuerda del nombre de ese pobre tipo que llega dos décimas de segundo por detrás a la línea de meta. La gloria es indivisible, no se vende al detalle. Es toda solo para uno, entera, sin fracciones. A los demás solo les aguarda el olvido.
He meditado mucho sobre estas cosas en estos días en que Rafa Nadal, “el mejor deportista español de la historia”, se ha retirado con una derrota, demostrándonos que los elegidos para la gloria también son humanos.
La victoria es alada pero sin cabeza, como se puede comprobar cuando subes las escaleras del Louvre y te la encuentras frente a frente, a punto de alzar el vuelo. La victoria es así, alada por cuanto etérea, mientras que la derrota es grave y densa, como todo cuanto se pega a suelo, al modo en que suelen ser las cosas cotidianas.
Probablemente la mayoría de las personas, esa gente que sostiene el universo, que madruga y labora, que soporta y calla y lleva los niños al colegio y no se mete en líos, sea incapaz de enumerar todas las veces que ha perdido pero sí tenga una conciencia exacta y definida de las veces que ha ganado, porque lo escaso es más fácil de contabilizar y retener en la memoria. El conde de Villamediana (que por cierto era eso que se llama “un triunfador”, un tipo acostumbrado a ganar siempre, pero que acabó muriendo de muy mala manera en una emboscada en pleno centro de Madrid) nos dejó dicho que “cerca está de grosero el venturoso”, y tenía toda la razón.
La inmensa mayoría de las veces nos toca ver la gloria desde lejos, desde las últimas filas. Se cuenta que Samuel Beckett caminaba una tarde por los Campos Elíseos. Había terminado el Tour de Francia, habían entregado los premios, todo el mundo se había ido a casa, pero notó que había un grupo de grupo de personas que seguían allí. Cuando se acercó a preguntarles qué hacían le respondieron: “Estamos esperando a Godot”. Godot era el ciclista más lento de su tiempo, el tipo que llegaba, indefectiblemente, el último, cuando ya todo había acabado. Pero llegaba. Y alguna gente, en un acto hermoso, estético (la bellísima, muy humana, estética de la derrota) le esperaba. Aquello sirvió para titular la que seguramente sea la obra más conocida de Beckett, “Esperando a Godot”, y darle al último la inmortalidad que merecía.
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