Opinión | Tribuna
47 años atrás con ira

Un hombre porta una foto de García Caparrós. / ÁLEX ZEA
No puedo evitar, cuarenta y siete años atrás, seguir dominado por la ira, por recuerdos dramáticos y dolorosos, de seguir pensando que la democracia sigue en bragas y que se mantienen secretos y no pocas nebulosas sobre hechos que martirizaron a la sociedad malagueña y a la andaluza, que generaron gangrena informativa y nos tienen al albur de quienes hicieron y hacen de los secretos oficiales y de determinadas investigaciones sobre hechos luctuosos que marcaron la sociedad un desagradable paréntesis pese a que se impone saber la verdad. De momento, todo son incógnitas que necesitamos despejar.
Asesinato
Uno de estos hechos es el asesinato en Málaga del joven de CCOO Manuel José García Caparrós el 4 de diciembre de 1977 durante la celebración del Día de Andalucía. Hoy hará 47 años de pesado silencio sin que conozcamos, de forma oficial, el policía que lo asesinó, como tampoco el nombre del oficial que ordenó a la escuadra policial que sacaran las pistolas y dispararan. O si la orden de dispersar a los manifestantes, pistola en mano, tenía su origen en el gobernador Enrique Riverola. Sabemos las siglas del policía que disparó, ya muerto, pero nada más de forma oficial.
Y sigue en pesada nebulosa la actitud del entonces ministro de Gobernación, el ucedista y antes falangista Rodolfo Martín Villa, envuelto en las dudas, sin capacidad para decir la verdad, a lo mejor porque ni la sabía. Era tal la fuerza de la policía en aquellos años que imponía su ley. Ordenó silencio, callar y la entrega de las pistolas que habían disparado se sometieron a investigación, pero nada más, silencio, mirar para otro lado. La también poderosa y temida Brigada Político Social (BPS) echó una manta de silencio. Cuando el diputado socialista Rafael Ballesteros, lector del comunicado que pedía libertad, democracia y autonomía para el pueblo andaluz, exigió saber la verdad de la muerte del joven Caparrós sólo obtuvo silencio. Lo mismo que le pasaría al diputado centrista Francisco de la Torre Prados (UCD) y al socialista Carlos Sanjuán (PSOE) que junto al comunista Manuel Ruiz Benítez, el cura de de Cártama y quien esto firma nos dirigimos a la policía para que dejaran de disparar en la cabecera del puente de Tetuán. De nada sirvió, ya era tarde, a escasos 20 metros un joven se retorcía de dolor, con la cabeza ladeada sobre el hombro y la mirada perdida; la muerte ya estaba anidando en su corazón. Cuando llegó al hospital Carlos Haya era ya un muerto. El primero por la autonomía andaluza. Hoy, como afirmo, no se sabe oficialmente quien fue el policía que le causó la muerte, pese al examen que se hiciera de las armas que portaba el comando policial que en el cruce de la Alameda de Colón con el inicio del Puente de Tetuán habían montado su pelotera.
Drama
Rafael Ballesteros, con su conocida capacidad para estar cerca de los ciudadanos, y la acreditada actitud poética para dar lectura al manifiesto convocante del Día de Andalucía, no salía de su asombro cuando supo que la fiesta se había convertido en drama, con una muerte en el camino. Era una fiesta alegre, llena de esperanza y voces que pedían libertad, democracia y autonomía, con miles de malagueños saliendo de la plaza del Hospital Noble en una mañana neblinosa, que amenazaba agua. No importaba porque, con la bandera blanquiverde como enseña, la ciudadanía brincaba de alegría, entre otros motivos porque en muchos años era una manifestación autorizada, no había policía y la militancia del Partido Comunista, con la habilidad que le caracterizaba, tenía garantizada la seguridad mediante un sistema de orden único. Es cierto que había tensión social, que se sabía que la militancia de Fuerza Nueva (FN), los Guerrilleros de Cristo Rey, destacados falangistas joseantonianos y el reducido pero activo grupo de Alféreces Provisionales estaban alerta, a la espalda de la Diputación porque su presidente, el falangista Francisco Cabeza, Pancho para los amigos, se había negado a colocar la bandera andaluza en el balcón del edificio oficial. Los jóvenes de hoy en día apenas si tienen leve conocimiento de aquellos hechos que marcaron con sangre el inicio de nuestra autonomía. Una pena.
Aquí y por esta causa empezó todo, hasta costar la vida de un joven que falleció por tiro de bala. Yo estaba a 20 metros de la escuadra de policías que pistola en mano querían cercenar de raíz la libertad, la democracia y la autonomía; silenciar a quienes gritaban con esperanza e ilusión una nueva Andalucía, con más de un millón de andaluces llenando plazas y calles para iniciar el camino que nos apartara de la dictadura; en Málaga, unos doscientos mil, con los ojos inyectados de esperanza y libertad. Todo se fue el carajo, se tiñó de sangre y de dolor; de trémulos gritos y de miedos. Quienes mandaban con claro sobrepelliz del franquismo no estuvieron a la altura de lo que pedía y quería el pueblo.
20 disparos
No sé quien disparó y asesinó a Manuel José García Caparrós hace 47 años tal día como hoy, en la fiesta alegre y esperanzadora del Día de Andalucía, el 4 de diciembre de 1977. Yo estaba allí, a escasos metros del cuerpo caído del joven, atravesado por una bala. Y delante de mí, el policía, con pronunciada tripa, bandolera de cartuchera al hombro, casco ladeado y pinta de oficinista. Él fue uno de los que dispararon. Yo tuve contabilizados hasta cerca de 20 disparos y cuerpo a tierra, estremecido por las balas que surcaban el aire, por encima de mi cabeza, vi cómo se arremolinaban un grupo de jóvenes en la esquina de la Alameda de Colón con el puente de Tetuán y levantaban un cuerpo doblado y con la cabeza sobre el hombro, lo metían en un Simca 1000 y se lo llevaban. Horas después se supo que había fallecido en el hospital Carlos Haya. Bala mortal, ilusiones y esperanzas muertas y la ciudad de Málaga levantada en armas durante dos dos días, cercada por los ‘tres hebillas’, policías llegados de Jaén, especialistas en luchas callejeras. Batalla campal, hasta con el intento de asaltar el cuartel de la Policía Armada en la Alameda de Colón.
En el Gobierno Civil delante del gobernador Riverola dos recién elegidos diputados malagueños, Francisco de la Torre (UCD) y Carlos Sanjuán (PSOE) exigían explicaciones y pedían que la policía volviera a los cuarteles. Por delante, dos días, el 5 y 6 de diciembre, que estremecieron a la sociedad malagueña. Palo y tente tieso. Con el funeral de Caparrós en San Rafael donde comunistas y sindicalistas de CCOO dieron ejemplo de orden y templanza. Los periodistas tuvimos que comernos las mentiras y especulaciones del ministro Martín Villa. El policía que causó la muerte de Caparrós fue dado de baja y se fue a Vélez-Málaga de donde era. Cuarenta y siete años después no sabemos, oficialmente, su nombre. Y así seguimos.
Me siguen viniendo duras imágenes de aquellos hechos, pero sobre todo sigo sin entender dos cosas: La primera, aún no sabemos de forma oficial el nombre del policía que mató a Manuel José García Caparrós y la segunda, qué oficial dio la orden de sacar las armas y disparar. Y que sigan siendo secretas las investigaciones llevadas a cabo, salvo lo que ha podido estudiar y con limitaciones la investigadora Rosa Burgos. Y hay otra cuestión en nada baladí y por la que luchan sus tres hermanas: el reconocimiento oficial de que el joven de Comisiones Obreras fue víctima de la Transición y como tal hay que hacerlo oficial, acogiéndose a los beneficios que ello comporta.
Lucha democrática
Durante años he seguido la lucha democrática de partidos de izquierdas, de observadores, historiadores y periodistas y por supuesto en primer lugar de sus tres hermanas para poner blanco sobre negro de lo que entonces sucedió, recorriendo el Parlamento andaluz, el Congreso de los Diputados y distintas instancias sociales y políticas que llevan años interesadas en que se aclaren los hechos, pero no hay tu tía. Eso sí, buenas palabras, no menos promesas, pero seguimos igual. Otros investigadores, como yo mismo, hemos hecho públicas las siglas del policía que sacó la pistola y disparó cayendo muerto Caparrós y hemos desmontado teorías de que el comando de policías, unos 20 números, se vieron rodeados, acosados y cercados por los manifestantes. Nada de ello es cierto. Yo estaba allí y hube de tirarme al suelo, pecho a tierra, porque las balas silbaban por encima de mi cabeza. Yo podía haber muerto por una bala que me atravesara el corazón. Los manifestantes sólo tenían como arma sus gritos pidiendo libertad, democracia y autonomía. Si el policía, de rango cabo, de oronda barriga, mofletes caídos y casco ladeado, que mandaba aquella escuadra llegara a considerar que estas voces eran armas letales puso de manifiesto que estaba atado al más soez franquismo, anulador de palabras sagradas como la libertad y la democracia para el tiempo nuevo que se abría.
Y como la historia reciente de Andalucía, ésta y otras relacionadas con la Transición, es como un pasamanos para gran parte de la juventud de hoy, bueno es recordar que alcanzar, conseguir y disfrutar de la democracia que tenemos tuvo momentos muy duros, donde hubo políticos, muy imberbes y escasamente duchos en el manejo de las situaciones que se presentaban, capaces de dar el do de pecho, abrir caminos de libertad y autonomía aunque ésta, como sucedió en Málaga, se tiñera de sangre.
Bulos
Puede que esta historia no tenga mucho recorrido 47 años después sobre todo por lo que está cayendo, con la clase política levantada en armas dialécticas y con el insulto, la mentira, los bulos y el aparato judicial a pleno rendimiento, jaleado por la derecha y sobre todo por la ultraderecha, pero al menos me permite reconciliarme con quienes en aquel mes de diciembre, en Málaga como en el resto de las siete capitales andaluzas, dimos los primeros pasos para consolidar y disfrutar de libertad, democracia y autonomía. Y eso nadie nos lo puede arrebatar. Va por ti, Manuel José, siempre en el recuerdo.
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