Opinión | Tribuna
Sin casco, ni chaleco
Honor y respeto a quienes han dignificado esta profesión, no siempre valorada en sus justos términos, sobre todo por dictadores y populistas ultramontanos o matones prestos a disparar contra quienes tienen la obligación de informar

Me atrevo a reivindicar el dolor, el espantoso dolor, de quienes, haciendo de tripas corazón, contaron lo que ha sido esta guerra. / l.o.
Desde que empezara la guerra de Israel contra Hamás, en Gaza el 7 de octubre de 2023, han muerto asesinados 204 periodistas y 46.700 gazatíes, mayormente mujeres y niños. Una guerra cruel donde el pueblo ha sufrido y sufre como no se recuerda, con imágenes estremecedoras que llegan al alma. Cuando he visto en televisión a periodistas gazatíes sin casco y chaleco salvavidas me llené de esperanza, pero no sé porqué no salté de alegría. Tengo mis dudas sobre qué hará en un futuro el primer ministro israelita Benjamín Netanyahu, acosado judicialmente y que nació para la guerra. A los señores de la guerra, aquellas empresas que se han forrado con la industria de armas, les trae al pairo los miles de muertos. Les importa sólo la cuenta de resultados de sus empresas, mayormente de los Estados Unidos.
Ataque
No se puede, ni se debe olvidar el ataque más grave del Estado Judío, con la mayor ofensiva en la historia de la región, con clara violación de las normas del derecho internacional, dejando un enclave palestino en ruinas y atenazado por la crisis humanitaria más grave de la historia, con un asedio permanente a 2,3 millones de gazatíes. Esto es lo que han narrado, a veces sin conseguirlo, los periodistas, con sus cámaras al hombro. Por eso, tras el acuerdo de alto el fuego, de justicia es recordar a los periodistas que perdieron la vida y, también, a los que aparecían en pantalla saludando alborozados este acuerdo. En la mirada de estos periodistas había esperanza, alegría contenida y estaban presentes la memoria de los compañeros que cayeron asesinados por las bombas judías. Honor y respeto a quienes han dignificado esta profesión, no siempre valorada en sus justos términos, sobre todo por dictadores y populistas ultramontanos o matones prestos a disparar contra quienes tienen la obligación de informar, la verdadera y única función que tenemos los periodistas.
Las imágenes de niños reventados por las bombas me estarán siempre acompañando. Supongo, amigo lector, que también a vosotros. No hay mayor drama que cegar una vida que apenas si ha abierto los ojos.
Genocida
El primer ministro israelita, Benjamín Netanyahu, no tendrá perdón de Moisés y quedará recordado por la historia como genocida. Aunque lo pongo en duda espero y deseo que los tribunales internacionales de justicia lo sienten en el banquillo y lo condenen de por vida. Que haya un dirigente como Netanyahu que haya antepuesto su supervivencia institucional y judicial pone en duda que haya paz y se reconstruya Gaza. La matanza de unas 1.600 personas en el ataque de Hamás de 7 de octubre de 2023 y los cientos de secuestrados no justifican una masacre de esta índole, contada y narrada, en primera persona, a pie de de guerra, por los periodistas que dieron fe de esta masacre jugándose la vida.
Celebramos los periodistas nuestra patrón, san Francisco de Sales, este 24 de enero, y siendo este un oficio que no se destaca, precisamente, por su solidaridad me atrevo a reivindicar el dolor, el espantoso dolor, de quienes, haciendo de tripas corazón, contaron lo que ha sido esta guerra y que a muchos de ellos les costara la vida. Es sabido que el verdadero oficio del periodista es informar, contar lo que ve e investigar, contrastar y verificar las informaciones, defendiendo la verdad con total rigor, sin componendas, mentiras o bulos. Es posible, y no lo niego, que alguno de estos periodistas muertos estuvieran al servicio de la yihad, tal cual están los periodistas israelitas pegados a los pantalones de Netanyahu, pero eso no da derecho a asesinarlos de forma fría, metódica y salvaje. Los dictadores, tengo escrito, temen más a un periodista que a un general en guerra. El primero, si es consecuente con este oficio, tiene la obligación profesional, moral y ética de narrar al mundo cómo se destruye un pueblo, el gazatíe, que se le pretenda borrar del concierto mundial y se cieguen miles de vidas de niños de apenas años, arrebatando futuro, sueños e ideales a quienes apenas si han tenido tiempo para sorberse los mocos, acallar el hambre que los tortura o apagar unas miradas donde el dolor es su compañero inevitable; unas miradas blancas, incapaces de entender el horror que les rodea, sin casa, sin hogar donde dormir, blandiendo una cacerola para ver si le cae un poco de agua con arroz.
Sarcasmo
Dicen, ahora, que van a reconstruir lo destruido. Y lo hacen países que hasta hace unos días no dudaban en seguir vendiendo armas a Israel. Que salga de la boca del hasta ahora presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, que toca restaurar y recuperar la vida del pueblo gazatíe, de reconstruir ciudades destruidas, de hospitales, mezquitas y escuelas hechas cisco, es un sarcasmo más de los muchos que han rodeado a esta guerra terrorífica. Y puede ser peor aún con Trump en los próximos días ejerciendo como presidente fabulador, mentiroso y cercano a los pistoleros del Far West por sus amenazas y la rapidez en desenfundar el revolver.
Al menos, a quienes amamos la paz, nos queda la esperanza de que el precario acuerdo al que se ha llegado perdure en el tiempo, dios mediante si los señores de la guerra que se han forrado como miles de millones de dólares, que se han asentado en la Casa Blanca con la aquiesciencia y bendición de Trump, lo quieran.
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