Opinión | El ruido y la furia
Primavera
Creo que ya nos vamos mereciendo un indulto en forma de primavera, un poco de calor por alguna parte

La primavera / a.p.a.
Han descubierto los expertos (ah, qué sería de nosotros sin los expertos) que una de cada veinte personas, ahí es nada, tiene eso que ellos llaman "un trastorno afectivo estacional", que traducido resulta que se deprimen cuando hace mal tiempo. Cuéntenme entre las filas de esas pobres criaturas a las que se les agrisa el humor en cuanto pasan dos días sin ver el sol.
Y así estoy, de un humor ceniciento, esperando la primavera como único remedio. Dicen los expertos (no sé si esos mismos u otros, los expertos son fácilmente confundibles) que llega en estos días, pero no la veo por ninguna parte. Salí a buscarla a la playa, por si me la había dejado olvidada en el rebalaje, como olvidan los niños una pala o un rastrillito, pero no estaba. Al final, ante un temporal de levante que se comía la orilla a dentelladas, tuve que asumir que se me había extraviado.
Que se me haya extraviado la primavera es algo terrible, una de esas crueldades que, quizás devolviéndonos el golpe, a veces tiene la naturaleza con los peores de sus hijos, que sin embargo seguimos sin querer darnos cuenta de lo que tal vez no tenga ya remedio. Así, seguramente por nuestra grandísima culpa, el invierno se demora, se alarga cuajando tormentas en toda España, como si no fuese a marcharse nunca y estuviese decorando la casa para siempre.
Sin embargo, creo que ya nos vamos mereciendo un indulto en forma de primavera, un poco de calor por alguna parte. Si yo pudiera decidir, si estuviera en mi mano ordenar un poco todo este caos que es la vida, haría que los inviernos nunca tuviesen una vida larga, que no les quedase más remedio que desistir ante la primavera, verse obligados a templar su autoritarismo de congelador, su frialdad de cuartel, y cedernos, de vez en cuando, una mañana azul condescendiente, abrumada de claridad y de pájaros.
A estas alturas de mi vida, con tantos inviernos a las espaldas, algunos de ellos consecutivos, sé que no es bueno que acumulen poder, que tengan la oportunidad de deshacer lo que las hormigas construimos durante el verano.
De modo que me he sentado junto a la ventana para ver si aparece la primavera. Se sabe que llega porque tiene una luz descalza, premura de pájaro y un algo inquieto que la hace para siempre niña. Y no quiero moverme de aquí hasta que llegue, no quiero alejarme mucho de la ventana para que la primera flor del jazmín, esa que llega herida con un delicado color violeta, me encuentre desvelado, atento como un padre primerizo, para comprobar otra vez que la vida está ahí, una primavera más, como un regalo, como un milagro. n
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