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Opinión | Málaga de un vistazo

La primera piedra

Abundan los repartidores de carné en redes sobre quiénes han o no de participar, disfrutar o emocionarse con la Semana Santa

Nadie debiera dar razones o excusarse sobre lo que siente como parte de la apreciación exclusiva del individuo para sí mismo.

Nadie debiera dar razones o excusarse sobre lo que siente como parte de la apreciación exclusiva del individuo para sí mismo. / GREGORIO MARRERO

Acabó la Semana Santa, y como siempre, abundan los repartidores de carné en redes sobre quiénes han o no de participar, disfrutar o emocionarse con ella. ¿Pueden los ateos, los homosexuales, los masones o los de izquierdas? Si no lo hacen, son hijos de Lucifer; y si lo hacen, son igualmente señalados. Retales de la ordalía. La discusión no tiene fin, como todas las que pretenden razonar emociones arraigadas, y es de por sí tal el mejunje de incongruencias que resulta si unimos en una coctelera a las procesiones y su ostentación; a la Biblia y sus versículos contra la adoración de imágenes; a Jesús y su ejemplo de humildad y pobreza; y a la política y quienes la usan como arma arrojadiza, que no sorprenderá el spoiler de que jamás se llega a ningún puerto en este pecio dialéctico. Nadie debiera dar razones o excusarse sobre lo que siente como parte de la apreciación exclusiva del individuo para sí mismo. Una semana que, los que hemos nacido aquí, tenemos tan presente desde niños, que es imposible diseccionarla y resulta en vano justificarse sobre si gusta más o menos, se sea de la condición que se sea. Lo que sí debería intentarse al menos, como en Navidad, es usarlo para ser mejores personas. En el traslado de Pollinica, una señora que esperaba el trono se hizo viral por sus cortes de manga a otra que quería pasar con su coche. Y en la lluvia intempestiva del Martes Santo, de la que me escabullí entrando al hall del Mercadona de Mármoles, con el Nazareno del Perdón a una calle, fui testigo de tal sarta de insultos y empujones entre quienes allí esperaban la procesión con sus hijos para cubrirse de la lluvia, que me recordó más a madrugadas de antaño en la Solymar que a los bondadosos valores cristianos. Quien esté libre.

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