Opinión | El adarve
La caja de galletas
Resultó emocionante dirigirme a un número tan elevado de profesores y profesoras con una evidente receptividad y un manifiesto deseo de mejorar sus prácticas profesionales

Tucumán, Argentina. / l.o.
He estado diez días recorriendo varias ciudades argentinas para impartir conferencias a docentes de todos los niveles del sistema educativo. En la ciudad de Tucumán, el gremio de docentes ATEP (Agremiación Tucumana de Educadores Provinciales) reunió a seis mil profesores en el recientemente estrenado Palacio de Deportes, un inmenso recinto con buena visibilidad y perfecta sonorización. Resultó emocionante dirigirme a un número tan elevado de profesores y profesoras con una evidente receptividad y un manifiesto deseo de mejorar sus prácticas profesionales.
En este viaje añadí una nueva ciudad, Famallá, a las ciento treinta y siete anteriores que había visitado al menos en una ocasión para participar en actividades formativas docentes. Después, intervine en Rosario, Santa Fe, Vitoria y Venado Tuerto, de la mano de mi editor Perico Pérez y de su esposa Silvia Orero. En esta última ciudad visité no hace mucho tiempo la Escuela de los Cien Años. No es que la escuela tenga esa antigüedad sino que, cuando la ciudad celebró el centenario de su fundación, la comisión de festejos, entre otras iniciativas conmemorativas, decidió crear una escuela. No he conocido una forma más hermosa, efectiva y rica de celebrar un acontecimiento histórico. Un libro con ese título narra las vicisitudes de la creación de la escuela.
Conferencia en Tucumán
Siempre he dicho que los docentes argentinos me han dado mucho más de lo que yo haya podido ofrecerles a ellos. Al comenzar la conferencia en Tucumán Se lo dije con una historia que he recogido en mi último libro “La caja mágica. Historias para sentir y pensar”, editado por Homo Sapiens. Esta es la historia a la que añadí los comentarios que aquí la acompañan.
Una señora quiere hacer un viaje de tren, llega a la estación y pide un billete para la localidad a la que quiere acudir. En la ventanilla le dicen:
Señora, lamentamos comunicarle que el tren que desea tomar tiene, al menos, tres horas de retraso.
La señora tiene mucha prisa en llegar al destino, no dispone de otro medio de transporte, de modo que, resignadamente, compra su billete. No sabe qué hacer con ese largo tiempo de espera. Se le ocurre comprar un periódico y una revista en el quiosco que tiene cerca. Mientras está comprando observa que hay en el quiosco unas estanterías con paquetes de caramelos, de chocolates, de dulces y de galletas. Su vista se detiene en una caja de galletas cuya marca le es muy querida porque se la compraba su madre de pequeña. Compra el periódico, la revista, la caja de galletas y, por si tiene sed, una botella de agua. Se dirige a un banco vacío de la estación y se sienta para leer el periódico.
Está enfrascada en la lectura cuando llega un joven, la saluda, y se sienta a su lado. Ella no responde al saludo porque está muy contrariada. De pronto ve que el joven, sin pedirle permiso, está haciendo algo que la sorprende y la indigna: está abriendo su querida caja, sacando una galleta y comiéndosela tranquilamente. Ella, en lugar de quitar la caja y acabar con el problema, reacciona tomando una galleta y comiéndosela ostensiblemente delante del joven. No está dispuesta a que sigan las cosas así. Piensa que todo está solucionado y vuelve a la lectura del periódico. Pasan unos minutos y ve que el chico saca otra galleta y se la come. Ella, con más energía, hace lo mismo. Ahora sí, se dice. Pero no es cierto porque, pasado un tiempo, él toma otra galleta y ella otra…
La última galleta
Él está cada vez más divertido y ella cada vez más enfadada. Hasta que queda la última galleta. Y ella piensa que no se atreverá a tomar la última. Pero lo hace. Saca la última galleta, la parte en dos mitades y le ofrece la mitad a la señora. Ella, desconcertada, no sabe qué hacer. Se la arrebata con fuerza y dice bruscamente: gracias. Ya no hay galletas.
Le molesta el chico pero no lo puede echar de allí. Es un banco de la estación. Cuando se aproxima la hora del tren, se va sin despedirse. Desde su asiento ve el banco, su caja de galletas vacía y al chico que está leyendo el periódico que ella olvidó. El joven la ve, se pone de pie y con unos gestos efusivos la despide. Ella piensa que, además de un ladrón y un sinvergüenza es un cínico. ¿Cómo la puede despedir así después de lo que le ha hecho?
Tiene la boca reseca por la rabia que le ha producido la espera, el robo de sus galletas, el olvido del periódico y el gesto hipócrita del chico. Se acuerda de que compró una botella de agua. Abre su bolso para tomar unos sorbos y, para su vergüenza, se encuentra su paquete de galletas dentro el bolso. Se había comido la mitad del paquete de galletas del chico, de la misma marca y tamaño que el suyo, entre reproches y él le había regalado la mitad de su caja de galletas con sonrisas.
Eso es lo que está sucediendo en este Palacio de Deportes. No soy yo quien ha traído la caja rica de galletas, sois vosotros. ¿Qué caja es esa?
El deseo de aprender. Las personas inteligentes aprenden siempre. Las otras, tratamos de enseñar a todas horas. La expectación, el silencio, los cuadernos para tomar notas, la mirada atenta… son señales de que las personas quieren aprender.
En segundo lugar, el deseo de mejorar las prácticas profesionales. Es indudable que la presencia en estas actividades lleva consigo la esperanza, el deseo, y el compromiso de la mejora. Me gusta hablar de mejora y no de cambios, porque no todos los cambios son mejoras. Es cierto que, algunas veces, la perversión de la meritocracia hace que lo más importante de la asistencia a los cursos o a las conferencias sea la entrega de un certificado que acredite la asistencia. Por eso, en alguna ocasión, al comenzar el curso o el seminario aparece esta significativa pregunta: ¿A cuánto se puede faltar? Lo cual significa que no importa seguir el desarrollo de toda la sesión sino recibir el certificado correspondiente.
En tercer lugar, quienes asisten dejan de lado otras ocupaciones, otras personas, y siempre el descanso, después de días de intenso trabajo. Muchas veces las conferencias tiene lugar una vez finalizada la jornada laboral.
En Argentina y otros lugares hay que tener en cuenta que los profesores se pagan la formación. Es decir que de un sueldo magro dedican algunos pesos a la tarea del perfeccionamiento.
Asumir el riesgo
La caja de galletas se va agrandando en tamaño y calidad. Porque los asistentes traen el riesgo de que, por querer aprender y mejorar, dejando otras ocupaciones y personas, pagando incluso un dinero asumen el riesgo de encontrarse con un disertante que quiere lucirse tanto que acaba por no entenderle nadie nada. Es cierto que algunas veces los conferenciantes están más preocupados por demostrar cuánto saben que porque quienes escuchan aprendan. Algunos salen de esas sesudas sesiones diciendo.
Qué eminencia, no he logrado entender ni una sola palabra.
Y quienes asisten asumen también el riesgo de sufrir un aburrimiento soberano. Aprender es apasionante, ¿por qué la enseñanza resulta tantas veces insufrible? Winston Churchill decía algo que a los profesores nos pone contra las cuerdas de la reflexión: Me encanta aprender pero me horroriza que me enseñen. ¿Cuándo? Cuando me aburren, cuando lo que dicen no me sirve para nada, cuando no existe capacidad de despertar amor al conocimiento.
Dicho esto, añadí: Por esa caja de galletas que habéis traído a la sesión, tan grande, tan rica, tan valiosa, sencillamente muchas gracias. Aplaudieron, pero era yo quien tenía la sensación de gratitud.
Después impartí, durante dos horas, una conferencia sobre el tema “Sin valores no hay escuela. La ética como eje de la educación”. Cuestiones más necesarias hoy que nunca. Intenté transmitir los contenidos con palabras inteligibles, motivadoras y amenas. Mi querido y admirado Manuel Alcántara decía que el primer mandamiento de todo conferenciante es. El siguiente: “No aburrirás ni a Dios sobre todas las cosas”.
Turno de preguntas
Al final se suele abrir un turno de preguntas. Me gusta corregir esa propuesta, porque da a entender que, ahora, los ignorantes le hacen preguntas al único que sabe. No es así, al menos en mi caso. Yo tengo muchas preguntas, cada vez más. Y estoy seguro de que los asistentes tienen respuestas y experiencias y discrepancias… Por eso me gusta hablar más que de turno de preguntas, de turno de intervenciones. Luego vinieron las fotos y la firma de libros.
Aplaudieron de pie. Es frecuente que esto suceda en Argentina. De la misma manera que en otros lugares lo más frecuente es que eso no suceda. Los docentes que acuden a estos eventos traen una exquisita caja de galletas que es preciso agradecer. Aquí lo hago de nuevo.
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