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Opinión | Primer movimiento

Decidir

No soporto que decidan por mí. Y menos, si es un algoritmo diseñado por un tecnológico que quiere ganar dinero jugando con mi tiempo

¿Por qué tengo que ver “lo más visto”? ¿Quiénes son “esos” que más ven?

¿Por qué tengo que ver “lo más visto”? ¿Quiénes son “esos” que más ven? / l.o.

Hay decisiones que parecen irrelevantes —qué ropa ponerse, si caminar por una u otra calle— y otras que llevan impreso un eco que nos acompañará durante años: cambiar de ciudad, dejar un trabajo, decir que sí o que no. Pero en todas, grandes o pequeñas, late una verdad sencilla y poderosa: cada vez que decidimos por nosotros mismos, estamos afirmando quiénes somos. Y eso, hoy más que nunca, importa. Porque vivimos tiempos en los que los algoritmos nos sugieren qué película ver, qué canción escuchar, incluso con quién hablar o qué opinión tener. En un mundo donde las máquinas -aparentemente- afinan cada vez mejor su puntería, defender el derecho a elegir por uno mismo es casi un acto de resistencia. No se trata solo de escoger un camino, sino de sostener con consciencia la libertad de recorrerlo. Porque vivir, al final, no es otra cosa que ir trazando con cada decisión la silueta de nuestra vida. Y me niego a que la tracen por mí por comodidad, pereza o por aplicar erróneamente el concepto de rentabilidad. “No me renta”, dicen habitualmente los jóvenes cuando algo no les merece la pena, cuando algo les requiere un esfuerzo grande que no tiene una consecuencia inmediata, tangible, medible; asumiendo su incapacidad para renunciar a placeres temporales para construir algo más grande.

No soporto que decidan por mí. Y menos, si es un algoritmo diseñado por un tecnológico que quiere ganar dinero jugando con mi tiempo, mi voluntad, mi esencia. Soy un amante de la tecnología que cada día renuncia a parte de ella para tratar de vivir la vida de forma más auténtica. Hace unos meses decidí dejar de usar el reloj inteligente. No porque no fuera útil, sino porque me di cuenta de que ya no necesitaba que un dispositivo me dijera cuántos pasos había dado, cómo había dormido o si me estaban llamando. Quería un reloj que solo diera la hora. También volví a sacar del cajón mi vieja cámara analógica, esa que obliga a pensar antes de disparar. Esa que te sorprende cuando recoges el carrete revelado de la tienda porque no recordabas las fotos que habías tomado con ella. Me parece absurdo ir por la vida con un smartphone lleno de miles de fotos que nunca se revelan, que apenas se miran, sólo se acumulan. A veces, lo más sencillo es también lo más consciente. Elegir no es solo avanzar: a veces también es soltar. Los servicios de streaming también han cambiado mucho y me generan cada día más dudas. Un día alguien pensó que los usuarios se sentían abrumados por la cantidad de contenido, que decidir qué ver o escuchar comenzaba a ser un problema.

Entonces crearon la ingeniería de la recomendación, que actualmente gobierna nuestras vidas. ¿Por qué tengo que ver “lo más visto”? ¿Quiénes son “esos” que más ven? ¿Tienen conocimientos de cine? ¿Son críticos musicales? ¿Por qué no me recomiendan aquellas películas o álbumes musicales que escucha menos gente? Esa gente tendrá criterio, me gustaría conocerlo. No hay razón más poderosa para no hacer algo que saber que lo hace todo el mundo, sobre todo hoy en día, cuando hay evidencias de que el contenido audiovisual ha pasado de ser consumido de forma activa a ser algo pasivo, que está de fondo, al que no le pones atención. También he dejado de usar auriculares inalámbricos. Son cómodos, y quizá más discretos. Pero había algo extraño en esa dependencia invisible, en esa sensación de tener siempre algo conectado a un cargador en casa, de no poder escuchar música si la batería se agotaba. Volví a los auriculares de cable, esos que se enredan, que a veces molestan en el bolsillo, pero que no necesitan permiso para funcionar. Me reconcilian con una forma más simple de estar en el mundo. Días atrás me compré un Nokia 3210, sin internet. Me seduce e ilusiona la idea de tener un teléfono móvil para hacer llamadas, nada más. Para todo lo demás tengo el ordenador. A veces las decisiones que parecen un paso atrás son, en realidad, una manera de recuperar el control, de recordar que no todo tiene que ser inmediato, inalámbrico o automático para ser valioso.

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