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Opinión | Tribuna

Gigantes tras el telón

Desde Londres, la multipremiada Gegant ha llegado a nuestro país: un texto impecable, unas interpretaciones espléndidas y una dirección inteligente y precisa.

Josep Maria Pou encarna a Roald Dahl en 'Gegant'

Josep Maria Pou encarna a Roald Dahl en 'Gegant' / L.O.

La obra acaba y los aplausos tardan unos segundos en apoderarse del teatro. Para muchos, la conmoción persistirá más allá de la función. Desde Londres, la multipremiada Gegant ha llegado a nuestro país: un texto impecable, unas interpretaciones espléndidas y una dirección inteligente y precisa. La obra posee todas las claves para triunfar. Pero, sobre todo, tiene la capacidad de enredarse en nuestra mente, allí donde resuena el eco de los 58.000 palestinos asesinados en estos últimos 21 meses.

La obra de Mark Rosenblatt está basada en un episodio que sacudió la vida y la obra de Roald Dahl.. En 1982, el escritor publicó un polémico artículo denunciando la sangrienta invasión del Líbano por parte de Israel, sus críticas extendían la responsabilidad al pueblo judío. Gegant ficciona un encuentro meses más tarde. Dahl está a punto de publicar un nuevo libro y recibe la visita de sus editores. Tratan de animar al autor a matizar su artículo, incluso a disculparse. Temen que la sombra del antisemitismo dinamite el lanzamiento. Gegant fue escrita antes de que Hamás perpetrara la matanza en el sur de Israel, pero los argumentos en contra de la invasión del Líbano son válidos para denunciar el genocidio del pueblo palestino que estamos viendo en tiempo real. Un Josep Maria Pou soberbio nos atrapa y agita. Despierta compasión esa corpulencia debilitada por los dolores. Hacemos nuestra su indignación cuando denuncia la ignominia. Nos reímos de sus ocurrencias o nos ofenden sus caprichos y desmanes. ¿Es solo la terquedad lo que le impide retractarse? ¿Estamos ante un gigante creativo o es una representación de las criaturas agresivas de la mitología griega? Al final de la obra cae la máscara del personaje, y los aplausos tardan un segundo en cobrar impulso. Porque la obra dinamita las críticas de trazo grueso y obliga a reivindicar los matices. La intolerancia puede anidar en cualquier opinión, incluso en la compartida.

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