Opinión | Viento fresco

Redactor jefe y articulista
Impostores
Hay gente que cree que padece el síndrome del impostor cuando en realidad es que es un impostor. Y bastante inútil para el cargo que ocupa

Natación sincronizada, una actividad en la que no es fácil sobrevivir sin talento. / EFE
Qué daño está haciendo lo de síndrome del impostor. Hay gente que cree que lo padece cuando en realidad es que es un impostor.
Todo el mundo llega a su máximo nivel de incompetencia en una jerarquía, lo sabemos por el famoso Principio de Peter. Es ahí, una vez alcanzada la gerencia, el rectorado, la dirección, la secretaría general, la presidencia, la jefatura, cuando el que la ocupa comienza a pensar que padece el síndrome del impostor. Cuando en realidad no padece nada y, en efecto, es un impostor porque no está cualificado para el puesto o no es el que más lo merecía o no lo ejerce con efectividad. O se aplatana y adocena. Ese gran profesor de Matemáticas que por buen profesor es nombrado director del instituto y es ahí cuando no hace nada bien. Lo suyo es enseñar Matemáticas.
Luego están los impostores como el que retrató Javier Cercas en ‘El impostor’, que de tanto vivir de esa impostura acaban creyendo que son lo que dicen ser y ejercen de tal mucho mejor que quien en realidad sí era eso. O sea: el impostor de Cercas, Enric Marco, que decía haber estado en el campo de concentración de Flossenbürg, narraba la experiencia mejor que muchos que estuvieron de verdad. Y concienció más sobre el horror nazi con sus charlas y conferencias que otros que sí lo padecieron realmente. Y se lo había inventado todo. Y ayudó a mucha gente y logró reconocimiento y prestaciones para gente que estuvo en ese y otros campos, como Mauthausen.
Hay que ser misericordioso y decirle claramente al que nos comenta que padece el síndrome del impostor que es un inútil de marca mayor y un ceporro como no se había visto en mucho tiempo. Al principio puede dolerle, pero luego nos lo llevamos a tomar un vino y santas pascuas. Si es que estamos convencidos, no vayamos a cantarle las cuarenta a la persona incorrecta y nos canten a nosotros después por soleares en la cola del paro. Al amigo, no. Al amigo hay que decirle que vale mucho y que aún tiene mucho que escalar. No conviene cabrear al amigo sobre todo si está a punto de ascender, que es el momento propicio para que invite más, ofrezca trabajo, se nos haga importante y no nos dé la turra con síndrome alguno.
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