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Opinión | Notas de domingo

Jose María de Loma

Jose María de Loma

Redactor jefe y articulista

Málaga

Terral, pereza y desparrame playero

Julio avanza y el terral ataca. Todo parece plomizo. Pero seamos optimistas

Varias personas se refugian del calor por la capital.

Varias personas se refugian del calor por la capital. / Álex Zea

Lunes. El terral se enseñorea en la ciudad. Derrota ánimos, derriba planes, socava iniciativas, hierve la sangre. Aplatanamiento total. No hay ganas de nada y la urbe queda desierta. Todo quema, todo estorba. Para colmo es lunes. En la mesilla de noche, abanico, desánimo y agua fresca. Trato de ganar la playa y arrumbar obligaciones. La mar está fría y observo a un insensato rociarse con aceite. Aceite-aceite. El terral es un estado de ánimo, un género literario, un temor, una seña de identidad. La palabra, terral, se hace común a la tarde en los noticiarios, telediarios y espacios meteorológicos. Hacerse mayor es dejar de identificar calor con alegría. El terral no es verano; es una suplantación bruta y exagerada, un viento insolidario. Un mal presagio, un mal recuerdo siempre.

Martes. La primera persona que me recomendó El derecho a la pereza (Paul Lafargue) fue el periodista Vicente Almenara. En realidad, Almenara me ha recomendado siempre muchos libros. De esta recomendación hace ya mil años por lo menos; recomendación hecha tal vez en una de esas noches de finales de los ochenta en las que, después del cierre, diario La Tribuna de Marbella, sentados en la terraza del Salduba, en Puerto Banús, trasegábamos un escocés. Hoy he visto a un joven portando ese libro en el metro. Hay una cuenta en X, por cierto, que publica fotos de gente leyendo en el metro. ‘Guerra y paz’ en la línea uno del metro de Madrid, por ejemplo. Pienso en cómo le sentará a este joven que atisbó ese derecho a la pereza. De momento, por su atuendo y la hora que es, parece que ha madrugado y que va a una oficina. Aunque hay dependientes a los que visten de ejecutivos y ejecutivos a los que te dan ganas de darle una limosna. Lafargue era yerno de Marx, escribió el libro en 1880 y se publicó primero por entregas en el diario L’Égalité. Lafargue defiende que el trabajo es el resultado de una imposición del capitalismo, contrariamente a la idea tradicional de reivindicación obrera. Con estos pensamientos me distraigo y me paso de parada, cosa que interpreto como un guiño del destino y una incitación a la pereza. Me bajo, salgo y brilla el sol. Hombre, claro, en pleno julio no va a brillar Saturno. Diviso una terraza a la sombra. Decido posponer cualquier obligación y regalarme un café. En la mesa de al lado, una señora le dice a otra: ay, María, qué pereza da todo con tanto calor.

Miércoles. Hay familias que, una vez plantadas jaimas, sombrillas, toallas, sillas y neveras en la playa, ocupan tanto espacio y son tantos que podrían constituirse en Ayuntamiento. O en mancomunidad, incluso. Tengo cerca a un grupo de esos. El mayor, de gran barrigón podría ser objeto de una moción de censura de un grupo de jóvenes, tal vez sus sobrinos, que pugnan con él por las que parecen ser las últimas latas de cerveza. Hasta que llega la jefa de la oposición, que trae otra nevera pero con tinto de verano en lata. El grupo parece que va a otorgar licencia de primera ocupación a otros parientes que llegan, que a lo mejor dentro de un tiempo inician un procés para independizarse. Me aparto un poco no vayan a cobrarme el IBI.

Jueves. «Ser civilizado es poder criticar aquello en que creemos sin dejar de creer en ello» (Nicolás Gómez Dávila).

Viernes. Hay desayunos informativos en los que en lugar de café y tostadas, el conferenciante se da pisto. A mí el pisto me gusta a pesar del calabacín. No es el caso de este desayuno, que se celebra con toda la mar enfrente. Me dan ganas de echarle unos versos a esa mar sabia y antigua y en calma. Charlo con alcaldesas y empresarios, comemos curasanes crujientes y uno va sintiendo, cuando el estómago va dejando de protestar, la euforia del deber cumplido, de que sea viernes, de que el viaje ansiado (¿redundancia?) llegue pronto. En los corrillos me da por preguntar qué es lo imprescindible que cada cual metería en una maleta. Hay respuestas para todo. Le pregunto a la IA qué metería en una maleta para un viaje de diez días en verano a un país situado a 2.000 kilómetros. Hagan la prueba. A lo mejor su IA lo conoce mejor de lo que usted cree. Y no se olviden del cargador.

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