Opinión | La suerte de besar
Los amantes de Coldplay
El CEO, también conocido como el jefazo de toda la vida, de una empresa norteamericana tiene una aventura con su responsable de Recursos Humanos. Puede, y aunque esto sea una suposición no deja de ser irónico, que parte de la responsabilidad laboral de ella sea prohibir las relaciones afectivo sexuales entre empleados. «Consejos vendo que para mí no tengo», refranero dixit. Como ambos están casados, se presupone que su amour fou debe mantenerse en secreto, pero no.
Ellos deciden asistir a un concierto de Coldplay. Vaya dos almas de cántaro, ¡Coldplay!, que agota sus entradas en un pispás y que destaca por su música romanticona, resultona y épica. No contentos con la decisión, se abrazan en plan tortolitos y son cazados y grabados por una cámara ante la masa. A partir de ahí, las redes hacen su magia y aquí estoy yo, a kilómetros de distancia, opinando sobre dos seres que no han hecho nada por mejorar la humanidad, pero que sí dan que hablar. No creo que tengan suficientes galones como para ganarse la condición de amantes. Los amantes de verdad quedan en un hotel. Entra uno, después el otro. Se besan, se arrancan la ropa y retozan durante el tiempo que su vida marital lo permite. O quedan en un lugar alejado del mundanal ruido y se hacen arrumacos en un coche. Empañan los cristales y agitan sus hormonas. O se citan en un baño público para unas caricias rápidas. Una de las razones por las que tener un amante es porque con él (o con ella) no hay obligación de ir a un concierto con música de violines.
Porque no hay por qué cogerse de la mano, encender un mechero o darse un piquito cuando suena Viva la vida. Porque no es necesario llamarlo amor, si es otra cosa. Con un amante todo es robado, improvisado, instantáneo. Hay excitación, dopamina. Andy y Kristin, así se llaman los cazados por la kiss cam, posaban como si fueran los padres perfectos de una película americana para adolescentes. Hasta sus nombres de pila pegan. Andy y Kristin, Barbie y Ken, Pin y Pon. Podrían haber sido el rey y la reina del baile de fin de curso. Él, jugador de baloncesto, ella la animadora. El matrimonio que torea con elegancia la rutina, la envidia del vecindario. Los de la barbacoa de domingo, con hijos universitarios en el MIT, monovolumen y que se van de concierto para celebrar que son felices y comen perdices. Tengo emociones encontradas hacia las personas infieles, hacia quienes quieren disfrutar de la estabilidad del hogar, pero que se guardan un as en la manga para cuando quieren ser malotes. En estos casos, suele haber un tercero que juega en otra liga. La de la educación, el trabajo, el día a día u otros menesteres.
En mi catálogo de emociones encontradas, hay niveles y el de Andy y Kristin está por los suelos. Con un affaire lo suficientemente estable como para no esconderse, carecen del morbo de las relaciones prohibidas y furtivas y se quedan en un querer y no poder de las relaciones estables.
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