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Opinión | El Adarve

Una especie siniestra y genocida

He escuchado unas impresionantes declaraciones de la antropóloga y filósofa argentina Rita Segato. Una persona comprometida con el feminismo y con la mejora de la sociedad: En una entrevista que le hace el periodista John Mckerman dice literalmente lo siguiente: «Me defino como exhumana porque no quiero pertenecer a esta especie siniestra y genocida. Me doy cuenta de que después de Gaza me resulta muy difícil tener optimismo con relación a nuestra especie. No puedo mentir».

El periodista le recuerda que ha habido otros casos de genocidio en la historia, que Gaza no es el primero. Y ella dice: «Hay una especificidad en Gaza. Hay una diferencia en Gaza. En el holocausto nazi, cuando los ejércitos de los aliados entran en los campos de concentración se ve en los videos de las filmaciones la sorpresa. No era algo expuesto a la humanidad. Se sabía pero estaba oculto. Ahora no. Ahora está mostrado al mundo. Y lo que se muestra, como dice Francesca Albanese, la gran reportera sobre Gaza para la ONU, es el último clavo en el ataúd de la Carta de Derechos Humanos. Es un pasito adelante. Es una nueva carta. Es la Carta de que la ley es el poder de la muerte».

Es difícil no compartir los sentimientos y las ideas de Rita Segato. Porque es verdad que el genocidio de Gaza está siendo televisado para el mundo entero. Las imágenes entran en cada casa y nos vamos habituando a ellas como si eso que estamos viendo fuera parte de una película bélica. Cada día, casi cada minuto. Los poderosos de la tierra contemplan con los brazos cruzados el exterminio. La justicia internacional se muestra insensible o impotente ante los miles de niños reventados por las bombas, la diplomacia es incapaz de poner fin al genocidio.

Acabo de escuchar al periodista Al Nassar Salim, que nos pide a todos que elevemos la voz por Gaza. Y nos dice que cuando vayamos al hospital para remediar un fuerte dolor de cabeza, no olvidemos que en Gaza se hace una operación de alto riesgo sin anestesia. También nos recuerda que están destruidos completamente más del 70% de los hospitales. Nos pide que cuando desayunemos con nuestra familia o con nuestros amigos, dos millones de personas están viviendo en Gaza una guerra de hambre total. Nos pide que si vamos a tomar un café no nos olvidemos de que en Gaza dos millones de personas beben agua del mar. Añade que si alguien quiere tener una casa, en Gaza hemos sido evacuados de nuestros hogares por la fuerza. Cuando tu hermano o tu amigo llamen a sus familiares por teléfono a otro país recuérdales que en Gaza no se puede llamar ni siquiera para pedir una ambulancia para sacar a los heridos de debajo de los escombros. Hay dos millones de personas que están en la lista de asesinatos y, en primer lugar, estamos los periodistas porque contamos lo que está sucediendo aquí. Ya han matado más de doscientos periodistas. El silencio le da el poder al asesino. Pide que seamos la voz de Gaza.

Estremece ver las imágenes que nos llegan de la Franja. Niños y niñas que, por el hambre, se han convertido en un esqueleto cubierto por una frágil piel. Ese lugar que el megalómano de la Casa Blanca quiere convertir en un resort de lujo. Sus pobres habitantes tendrán que abandonar sus hogares para que los ricos puedan divertirse donde ellos han sido masacrados. Y los más ricos se enriquecerán con negocios cuya ética importa un bledo.

Para colmo, la ayuda humanitaria se corta según la voluntad de los genocidas. Causa desesperación, rabia e indignación ver cómo se pudren los alimentos en los camiones retenidos mientras los niños y las niñas se mueren de hambre. La situación es de una crueldad inconcebible. He leído que cuando algunos se acercan a esos puestos de ayuda son tiroteatos.

Hoy le he oído decir a Netanyahu que no se detendrán hasta conseguir todos los objetivos. ¿Cómo es posible que pueda decir esto sin que actúe la justicia o la fuerza? Porque sabemos que sus objetivos militares consisten en la aniquilación de la Franja de Gaza. El condenable terrorismo de Hamás no puede utilizarse como una justificación ética para el genocidio. No hubiera sido justo ni lógico aniquilar al País Vasco para destruir a ETA. ¿Cómo es posible que teniendo el señor Netanyahu una orden de detención pueda viajar libremente y entrar y salir de la Casa Blanca sin acabar en la cárcel?

Josep Borrell, Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y Vicepresidente de la Comisión Europea ha dicho que la postura de la Unión es de una pasividad intolerable. Le honra admitirlo, pero le interpelan sus palabras dado el cargo que ostenta en la Unión. Tiene razón en lo que dice, pero poca coherencia con lo que hace. De cualquier manera, su denuncia me parece clara y valiente.

No sé cómo evoluciona nuestra especie. No sé de qué mecanismos de aprendizaje disponemos, no entiendo cómo tropezamos tantas veces contra la misma piedra. La piedra de la falta de respeto, del odio y de la enemistad, la piedra de la violencia, la piedra de la guerra. ¿Qué nos pasa? No es que seamos torpes, es que además somos crueles. Porque no se puede concebir un genocidio como el de Gaza sin comprobar que nuestro corazón está podrido.

Hay un poema firmado con el pseudónimo Boni, escrito el 2 de abril de 2011, titulado Hombres y monos. Dice el autor que el parecido entre hombres y monos es vergonzoso… para los monos. Porque ellos pueden tener pequeñas rencillas pero son incapaces de organizar un genocidio. Dice que los monos son criaturas sencillas que hacen las cosas con más dignidad que los seres humanos.

¿Qué hacemos en la familia con los hijos, qué valores les inculcamos? ¿Qué hacemos en la escuela con los alumnos para que, ya de adultos, actúen de una forma insolidaria, egoísta y cruel? ¿Qué sembramos a través de los medios en la mente de los espectadores? ¿Qué ejemplo brindan los políticos a la. ciudadanía? Le oí decir a Maturana que teníamos que hablar tanto de los valores porque no los encarnamos. Si lo hiciéramos, se aprenderían por ósmosis. El problema es que lo que hacemos contradice todo aquello que decimos. Hace unos días he leído esta significativa anécdota: en pleno mitin electoral celebrado en un pueblo un político pregunta por las demandas que los ciudadanos de ese pequeño pueblo quieren ver satisfechas si él es votado. Alguien levanta la mano y hace una petición muy importante: «Queremos que instale en el pueblo una gran industria». El político se aparta unos metros, saca ostensiblemente del bolsillo su móvil y habla durante minutos. Vuelve al micrófono y dice que esa petición será pronto una realidad.

- ¿Qué más necesidades puedo atender?

- Mire, señor, queremos hacerle saber que en este pueblo no tenemos cobertura.

A nadie sorprenderá que los asistentes al mitin se fueran en ese momento indignados, escandalizados y decepcionados por la farsa y la mentira. Las palabras contradecían los hechos. Por eso me gusta repetir que el ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros hijos/alumnos/ciudadanos con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos.

Dice Theodor Adorno que el principal cometido de la escuela es que no se repita Auschwitz. Pues ya vemos que no solo se ha repetido sino que se ha agrandado. Porque ahora, como dice Rita Regato, ahora se exhibe ante los ojos del mundo entero.

¿Para qué saber tanto? ¿Para qué el conocimiento? ¿A qué llamamos progreso? ¿Puede llamarse progreso al hecho de construir armas que pueden acabar con la humanidad en un instante? ¿Cómo mitigar el pesimismo que tan bien fundamenta la profesora Segato? Pienso que hay que poner en la balanza del bien lo que hacen otras personas de su especie: personas que sufren, critican, denuncian y luchan (como ella misma) contra el genocidio y contra cualquier forma de violencia. Personas que procuran no entregar ni un céntimo para el genocidio comprando productos israelíes. Creo, por otra parte, que hay millones y millones de personas de buena voluntad que dedican la vida entera a salvar la vida de los otros. Muchas de ellas en la enseñanza. Es en la escuela, es en la educación donde yo encuentro el principal núcleo del optimismo. Porque es en la escuela donde podemos formar a ciudadanos y ciudadanas que no solo nunca cometerán estos actos de barbarie y que, de existir, no tolerarán su presencia en el mundo. Yo creo en la fuerza de la educación.

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