Opinión | Luna de agosto
La ascensión y caída del Sr. Rodríguez
Arquetipo del hombre casado que se queda en casa cuando su familia se va de vacaciones, el modelo de masculinidad del rodríguez se ha diluido con el empoderamiento de la mujer, el cambio de mentalidad del hombre y la reducción a mínimos del periodo vacacional

José Luis López Vázquez, a la derecha, en un fotograma de ‘El cálido verano del Sr. Rodríguez’. / ATLÁNTIDA FILMS / FILMOTECA NACIONAL
Era una imagen agosteña que se repetía casi cada noche en las décadas de 1970 y 1980: madres acompañadas de sus hijos hacían cola en la cabina telefónica próxima a la urbanización de la costa o de la casa de veraneo del pueblo para hacer la llamada al ‘cabeza de familia’, que se había quedado trabajando ese mes en la ciudad. A solas, sin más prole que fiambreras bien surtidas de pisto, gazpacho y filetes rusos, escrupulosamente ordenadas en la nevera, notas adheridas a la puerta del frigo (saca al perro, tienes ropa interior limpia en la cómoda, llévale un táper de ensaladilla a mi madre), toda la casa a su disposición y la perspectiva optimista de pasar dos semanas enteras sin la familia, a veces un mes, sin más presión que la de salir tres noches de cada siete a pisar las aceras y luego las moquetas de una discoteca, y quién sabe si ‘triunfar’ antes del alba con algún final apoteósico con que regodear la memoria.
Hubo una época en que llegado el mes de agosto afloraba en las ciudades la figura del rodríguez, escrito en redonda, sin cursivas ni comillas desde que la RAE decidió incorporarlo al diccionario para definir al "hombre casado que se queda trabajando mientras su familia está fuera, normalmente de veraneo. Anda, está, se queda de rodríguez". Mientras iban cayendo las monedas del teléfono público, la esposa visualizaba mentalmente a su abnegado y trabajador esposo a punto de irse a dormir, sin imaginar que en muchos casos, el tipo iba vestido de punta en blanco presto a lanzarse a las calles y dispuesto a echar el polvo de su vida lejos del lecho conyugal después de dos o tres Larios con tónica en vaso de tubo. El rodríguez es optimista por naturaleza.
Me pierdo en la ciudad, caigo rendido / en el regazo negro de la noche. / Por las luces del nuevo día herido, / dando tumbos con cara de fantoche / regreso hacia la calle del Olvido (La mala fama, Juan Perro, 2002).
La popularización del término ‘rodríguez’ se extiende a partir de 1965 con el estreno de la comedia El cálido verano del Sr. Rodríguez, dirigida por Pedro Lazaga y protagonizada por José Luis López Vázquez, un oficinista que trata de aprovechar la ausencia de su familia en verano para tener una aventura. La figura del rodríguez ya había sido tratada en el cine diez años antes por Billy Wilder en lo que aquí llegó a las salas como La tentación vive arriba, pero cuyo título original (The seven years itch, el picor de los siete años), hacía más justicia a la historia del ejecutivo (Tom Ewell) que pasa solo el verano en Nueva York mientras su mujer y su hijo andan por la costa de Maine. Ewell trata de hacer realidad el deseo primario de encamarse con su vecina (Marylin Monroe y la famosa escena del vestido blanco revoloteando sobre la salida de aire del metro). Según los norteamericanos, la mayoría de los maridos tienen relaciones extramatrimoniales a partir del séptimo año de casados.
En un interesantísimo estudio titulado Masculinidades vacacionales y veraniegas: el rodríguez y el donjuán en el turismo de masas (2018), de la catedrática de la Universitat de Barcelona Mary Nash, la autora asocia el fenómeno del rodríguez a una determinada época en España: "El régimen franquista sostuvo un ideal de masculinidad compatible con el ejercicio de relaciones extramaritales. Al no estar sujetos a amonestaciones públicas o investigación penal por una conducta sexual inapropiada en sus relaciones extramaritales, los casados tenían vía libre para el ejercicio de la sexualidad fuera del marco matrimonial, aunque las convenciones sociales imponían discreción (…). En contraste, el castigo a la adúltera era muy severo y además en los juicios se la sometía a un discurso moralizante y misógino".
Es improbable que el arquetipo del rodríguez (cuarto apellido más común en España), acabe por extinguirse, aunque la paulatina desaparición de ese modelo de masculinidad, el cambio de mentalidad del hombre, el empoderamiento de la mujer y la reducción del periodo vacacional (la mitad de los españoles que salen de vacaciones lo hacen durante poco más de una semana y la práctica totalidad en familia) convierten al rodríguez clásico en un producto del pasado. Como las cabinas telefónicas y los vasos de tubo.
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