Opinión | La vida moderna merma
Píldoras sobre una Feria que sigue sin cuajar
En Málaga tenemos una fiesta con el pequeño inconveniente de no saber todavía muy bien qué quiere ser de mayor

El camino de la Feria de Málaga está trazado, pero aún hace falta coraje para recorrerlo. / l.o.
Se dice que la feria es ese lugar al que vamos a olvidar que tenemos problemas y acabamos recordando que los tenemos. En Málaga, además, la feria tiene el pequeño inconveniente de no saber todavía muy bien qué quiere ser de mayor. Lo suyo sería tener una identidad clara, como la de Sevilla o Jerez, pero seguimos con esta especie de esquizofrenia veraniega entre un Real que crece con fuerza y un Centro que languidece en un esperpento de sombreros de propaganda, charangas y cutrerío ambulante.
El pregón
Y el preludio de todo, que debería ser solemne, tampoco ayuda: el pregón. Esa ceremonia que en teoría debería abrir con dignidad la fiesta, en Málaga se ha convertido en un mal menor. Pasamos de hacerlo maravillosamente bien en el balcón del ayuntamiento a un show en la playa, disfrazado de concierto, hasta ahora que está colocarlo junto al alumbrado como si la cosa se disimulara con las bombillas. Este año, para colmo, la cosa corría a cargo de un escritor, y todos, ingenuos, pensamos que quizás con un literato la cosa subiría un poco el nivel. Craso error. Aquello fue una concatenación de clichés, frases manidas y ocurrencias de manual que, más que pregón, parecía un libro de autoayuda mal resumido. Quizá haya que plantearse una decisión valiente: o escogen pregoneros en condiciones, o es el alcalde o concejal de fiestas el que da unas palabras, o suprimimos directamente el pregón. Se evitarían bochornos y, además, se ahorrarían el mal trago de aplaudir por compromiso.
El Centro
Pero lo que de verdad divide a la ciudad es el asunto del Centro. Y aquí permítanme que rompa una lanza por un sector injustamente demonizado: los hosteleros. Porque conviene recordarlo: son los bares y restaurantes los que mantienen en pie la feria del Centro. Ellos saben qué clientela interesa, cuánto negocio hacen y qué modelo resulta sostenible. Y yo, que suelo ser mal pensado, estoy convencido de que si desapareciera la feria del Centro, muchos de esos negocios seguirían funcionando sin problema.
Bastaría con que, durante esa semana, prepararan propuestas atractivas para los que quieran disfrutar de una comida en condiciones o de un rato agradable tras o antes de los toros. Lo demás, sobra. ¿De verdad Málaga necesita una Calle Larios convertida en mercadillo ambulante, con casetas de patrocinadores gigantes y bailes de gala de final de curso de colegio? El Centro es demasiado valioso para rebajarlo a verbena provinciana. Y todos lo saben. Solo falta que alguien tenga el valor de dar el paso, pero ya se sabe: hasta que no pasen las elecciones municipales, nadie querrá arriesgarse.
El Real
Mientras tanto, el Real crece. Y crece bien. Los jóvenes se van allí, las mujeres se visten de flamenca, el paseo de caballos coge empaque, los árboles dan sombra, los amigos y las cofradías organizan comidas y encuentros. Poco a poco el Real se convierte en lo que debería ser: el corazón de la feria. Falta mucho, sí, pero el camino está trazado. Eso sí: hay que dar el siguiente paso. Málaga necesita casetas de socios, como en muchas otras ciudades. Familias y grupos que cuiden sus casetas, las embellezcan, creen tradición y sentido de pertenencia. Y, sobre todo, que no todo sea negocio. ¿Critican algunos que hay bares y discotecas montando casetas para ganar dinero? Pues muy bien, anímense ustedes a montar una caseta de amigos, de cofradía, o trabajo. La respuesta la sabemos todos: nadie se atreve porque aquí somos muy de rajar y poco de implicarnos. Y luego, eso sí, somos los primeros en llorar porque la feria del centro «se pierde». ¿Se pierde? No, simplemente ya no es un botellón disfrazado de falsa tradición.
Y hablando de pérdidas, otra que clama al cielo es la del estilo. ¿Cómo es posible que uno de los días grandes de la ciudad los hombres acudan en bermudas y camiseta como si fueran a la playa? Y luego, curiosamente, los mismos señores aparecen de punta en blanco en la feria de Sevilla o Jerez. Y no, la excusa no es el calor. Es la falta de estilo. Una ordinariez que retrata el nivel medio de un público que confunde fiesta con dejadez. Málaga tiene muchas cosas, pero le falta aún entender que la elegancia también es parte de la identidad de una fiesta grande.
Conciertos de Feria
Y ya que hablamos de identidad, mencionemos otro asunto extraño: los conciertos de Feria. Esa programación musical que, con honrosas excepciones, suele ser de una mediocridad alarmante. Seamos claros: no hace falta. La feria no necesita conciertos, ni monólogos casposos de humoristas de tercera. Una feria es otra cosa: es convivencia, casetas, caballos, cante y baile espontáneo. Lo demás sobra y, de hecho, estorba. Entiendo a la concejala que, ante las críticas sobre el nivel bajo de los conciertos responde que es lo que hay cuando quien contrata es una entidad pública. Razón de más para que directamente se eliminen.
Aunque si hay un capítulo que merece especial mención, es el de las peñas. Esas entidades totalmente desfasadas y alejadas del mundo real que siguen acumulando casetas por inercia, que muchas veces ni usan y que, para colmo, re-alquilan a terceros para que monten un negocio. ¿Resultado? Asadores de pollos con paellas de plástico en la puerta, fachadas sin gracia, ausencia total de personalidad a cambio de cuatro duros.
La Feria de Málaga tiene futuro, no cabe duda. Pero para encontrarse a sí misma debe asumir varias cosas: que el Centro no tiene sentido como feria, que el Real debe crecer en casetas de socios, que el estilo importa tanto como el contenido, que no necesitamos pregones absurdos ni conciertos de saldo, y que las peñas deben dejar de ser un obstáculo para convertirse en motor. El camino está trazado, pero aún hace falta coraje para recorrerlo. Mientras tanto, nos queda la ironía: una feria que presume de ser la más alegre, pero que todavía no ha decidido si quiere ser grande, elegante y única, o seguir instalada en ese limbo disfrazado de tradición donde hay quien protesta porque le impiden poner mensajes políticos en tu fachada.
La portada del Real
¿Pondrías en tu casa -que se supone quieres cuidar y tener bonita- una pancarta política en la fachada? La gente normal lo tendrá claro: no. Pero hay quien no piensa así. Mala suerte. El día que repartieron el sentido común llegaste tarde. Por cierto, que no se me olvide: la nueva portada del Real está bien. Al principio me parecía que era un poco la casa de Pin y Pon pero después pensé que está bien. Un poco chica quizá. Pero todo es agrandarla un pelín.
Yo he estado en la feria un día. Por la noche. En el Real. Y la experiencia fue magnífica. Una cena agradable con amigos en La Jarana. Y fiestecita en La Espiga. Todo de 10. Y de camino al taxi, unos Buñuelos con Chocolate de los puestos esos del pollito amarillo. ¿Alguien da más?
La feria puede mejorar. Mucho. Pero el 99% de la culpa de que no mejore es de los consumidores. Y no de la organización. Si eres cutre, echas de menos lo cutre y consumes cosas cutres, promueves la cutrez. Pues eso.
Viva Málaga.
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