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Opinión | Al azar

La verdadera historia del «hijo de puta»

Pedro Sánchez provocó innecesariamente a una Díaz Ayuso sin capacidad de réplica desde la tribuna del Congreso, traicionado por su obsesión con la presidenta madrileña

Pedro Sánchez, este lunes en Moncloa durante su anuncio de nueve medidas contra el suministro de armas a Israel.

Pedro Sánchez, este lunes en Moncloa durante su anuncio de nueve medidas contra el suministro de armas a Israel. / Kiko Huesca-EFE

La historia del «hijo de puta» de Isabel Díaz Ayuso a Pedro Sánchez se ha distorsionado hasta dejar el insulto irreconocible. Mal que le pese al presidente del Gobierno y a sus entrevistadoras de cámara, el líder socialista provocó innecesariamente a la presidenta madrileña sin capacidad de réplica. Fue traicionado a lo grande por su obsesión con el único ser humano que lo saca de sus casillas. Erró el golpe, y no puede lamentarse de las consecuencias en un alarde victimista.

Tercera investidura de Sánchez, corría 2023. El presidente del Gobierno en la tribuna, Núñez Feijóo en su escaño, Ayuso en la galería de invitados. El líder socialista aprovecha su turno de réplica al PP para recordar que Pablo Casado cayó tras apuntar a un caso de corrupción fraternal de la presidenta madrileña. Se trataba de una estocada francamente superflua, dado que los contendientes se hallaban en «desigualdad de armas» en contra de lo que previene el buen Derecho.

La aludida porSánchez no tenía posibilidad de réplica, una debilidad de la que abusó a conciencia el presidente. Por tanto, Ayuso tuvo que contentarse con la muda repuesta labial, el «hijo de puta» de marras que ni siquiera colaría como un insulto definitivo dados los matices que admite desde Sancho Panza. Está claro que ninguno de los protagonistas de la escena pudo imaginar su alcance posterior, en cuanto la lectura de las palabras nunca pronunciadas adquirió la dimensión de un maremoto.

El problema semiótico del «hijo de puta» en elCongreso es que posee un poder tan absoluto que se ha extraído de su raíz. No es descabellado afirmar queSánchez superó en dureza a Ayuso, antes de que Miguel Ángel Rodríguez diseñara la explotación trumpista del éxito populista de la mención. Ayuso asumió un insulto mayor del pretendido, y difundió el «me gusta la fruta» en la Asamblea de Madrid, donde sí puede intervenir dilatadamente. Es más zafia la coreografía frutal encubridora que el denuesto cervantino.

Durante dos años, Sánchez ha explotado hasta la saciedad un «hijo de puta» forzado en una antagonista al borde de la estupefacción, y que ni siquiera es propiamente «hijo de puta». No exagera la dimensión del insulto por la entidad del agravio, sino por su procedencia. Al margen del lenguaje utilizado en el duelo con Ayuso, en algún momento deberá estudiarse la pérdida de sangre fría que experimenta el presidente del Gobierno ante una dirigente provincial y provinciana.

El paso del tiempo debería haber diluido la presencia deformada del «hijo de puta», pero Sánchez volvió a concederle un papel protagonista el pasado lunes, en su primera entrevista en más de un año. Por dos veces esgrimió el «me gusta la fruta» como el súmmum del agravio inmerecido, con otro puyazo adicional a Ayuso. A cambio, no efectuó menciones a Abascal, que le deseó literalmente que acabara colgado como Mussolini. También se olvidó prácticamente de Feijóo, aunque aquí puede alegar que la mención al presidente del PP es tóxica para lograr índices de audiencia estimables.

Conforme se iba creciendo durante su reaparición con banderillas, Sánchez estableció la barrera definitiva con sus adversarios. «Yo no insulto», sentenció desde su afilada galantería. Debió añadir que reservaba este juego limpio para sus rivales, pero que excluía a las miembros de su gabinete. Aunque cada vez le cuesta más definirse como feminista, traicionó notoriamente esta condición con descalificaciones lacerantes a Margarita Robles, que es además su ministra de Defensa.

«Yo no insulto», pero llamó «pájara» a Robles. Por escrito y en un intercambio con José Luis Ábalos, al que ya había despeñado barranco abajo y del que le sobraban motivos de desconfianza. Para descartar la hipótesis de un exabrupto, remató con un esplendoroso «se acuesta con el uniforme». En la deformación de los insultos aquí abordada, la ministra insultada replicó que era un «honor» que la acusaran de «dormir con uniforme», al igual que muchas mujeres con empleo en el Ejército. Pero el tenor literal del WhatsApp no era «duerme con el uniforme», sino «se acuesta con el uniforme».

Se puede sostener dialécticamente que «se acuesta con el uniforme» compite, aquí sí en igualdad de armas jurídicas y militares, con el canónico «hijo de puta». Con lo cual no se trata de agravar la situación dialéctica de Sánchez, sino de relativizar la carga contra Ayuso, que como máximo sería culpable de una réplica excesiva. De hecho, es inadmisible que una magistrada del Supremo como Robles encajara con diplomacia la descalificación flagrantemente machista de su jefe de filas. ¿Qué sucedería si Tellado, y Dios no lo quiera, tildara de «pájara» a la titular de Defensa?

El postelectoral «me gusta la fruta» equivale al preelectoral «que te vote, Txapote». Este eslogan, también de 2023, fue tan desafortunado para la derecha que acabó por volverse en contra de sus pretensiones y derivó en un insulto a las víctimas de ETA. Del mismo modo, la fijación de Sánchez por reiterar la más trivial de las imputaciones que lo difaman solo sirve para engrandecer a Ayuso, a la que parece ligar su suerte y su muerte. Políticas, en ambos casos.

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