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Opinión | El ruido y la furia

Canción para un otoño

Tiempo para vendimiar el tiempo antes de que se vuelva mar o ceniza, septiembre es la linde entre una luz de uvas doradas y un lento silencio azul que envejece

Un trabajador faena durante la vendimia en una imagen de archivo.

Un trabajador faena durante la vendimia en una imagen de archivo. / ZOWY VOETEN

Siempre tengo el asombro desarmado ante el otoño y sus modales. Conozco su estrategia. Sé que vuelve pájaro a la hoja y que bajo su lluvia medita el mar. Y sé también que para decirlo es poco una columna de periódico, incluso un poema, porque, aunque las palabras nombren su luz, ninguna define su piel mojada, la espesura de su transparencia, el erguido filo de su aplomo.

Septiembre ha desplegado sus alas adumbrando la tarde con un oro oscuro. El mar, una forma de ser a la vez luz y tiempo, parece cansado. A estas alturas comprendo que la vida es un racimo de otoños, un temblor casi lejano ya, aunque todavía quede una última flor en el jazmín. Es así, abrazando un verano ya pasado, como se reconcilia la luz con la muerte.

Por el camino de la tarde se fue el hondo verano. Ha resucitado el mar su luz sencilla de ceniza. El cielo es gris, el mar es gris y también es gris, en el aire, el largo silbido de los vencejos. Tiempo para vendimiar el tiempo antes de que se vuelva mar o ceniza, septiembre es la linde entre una luz de uvas doradas y un lento silencio azul que envejece.

Esta mañana, mientras proso estas líneas, el poniente está desordenando el mar y parece que las olas troten al azar delante de las gaviotas. Esta mañana el sol respira llamaradas de fragua y mi sangre, mi sombra, mi ceniza, quisieran volar más al sur, con los vencejos.

Levanto a duras penas la mañana. Sé que es septiembre y que es otoño, que nada es ya como solía, que ardió la lluvia en el tejado. La cal desfigurada de los muros, el precipicio de los días repetidos, el naufragio de la luz, convocan el silencio de mis manos.

Desde la mañana aquella de la flor y de la acacia esta luz de otoño sabe de mí. Sabe que se me hacen muy largos los inviernos, que por amor de lo fugaz trazo círculos sobre la piel del agua, que la noche es una diosa que nunca me quiso, y que todos los días tienen un instante en que deseo mi muerte.

Pero no, no es aún la impresionable luz de octubre, a pesar del vacío de pájaros en las tardes y el regreso del correlimos a la orilla. No, no es aún. Se puede ver en el mar el mismo color de junio. No, no es aún la menuda luz de octubre. O acaso lo que no sea, tal vez, sea la mirada.

El cielo tiene piel de agua y el primer escalofrío del poniente llega lentísimo, como una penumbra. De poder elegir todo quedaría aquí, sin frutos, sin cosecha, en esta quieta luz de un septiembre que quiere olvidar el verano.

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