Opinión | De lo que hablamos los jóvenes
El ático de la chica de los pájaros
En dos horas seguidas escribí más que en todo el resto de la semana. Es absolutamente imprescindible sentirse acogido en un espacio que no nos drene, que no se nos haga pesado

Varias cotorras y palomas beben agua. / Álex Zea
Hace unas semanas me invitaron al ático de una chica que cuidaba palomas. Era, según me dijeron, un espacio medio cedido por la comunidad de vecinos, medio ocupado hasta que alguien les echara. Un lugar para la colectividad al que me había dejado entrar una completa desconocida. Ni siquiera preguntó quién era yo antes de abrir el portal. Había bajado en persona, una chica con una paloma en la mano. Tenía un virus que le afectaba al sistema nervioso. La paloma, no ella. Sentí cierta compasión por el animal. Cuando subimos al ático, me invadieron las ganas de recibir los mismos cuidados que el ave.
No es que no hubiera puertas cerradas con llave, es que no había puertas. Un sitio para todos. «Siéntate donde quieras». Bancos, sillas, puffs, colchones, cojines, mesas individuales, mesas de comedor… «¡Hay té!» gritaron desde lejos. «Gracias por hacerlo, era lo que necesitaba». Me trajeron un vaso en una taza de casa. Había cuadros, tazas, esculturas, pinturas, plantas, toldos, colores por doquier. Cosas que otrxs habían cedido. «Te enseño el sitio», dijo la chica de los pájaros. Papeles y lienzos de todos los tamaños, pinturas, más pinturas, cajones de rotuladores, acrílico, arcilla… «Coge todo lo que quieras».
Entendemos como producir al acto creativo o generativo, un trabajo que se realiza con la intención de generar un resultado y que requiere de una presencia y energía para relacionarse con la materia de producción. Se pueden generar así textos, fotografías, diversos proyectos, conocimientos mediante estudios (dentro del mundo académico o no), dinero en el sector laboral, etc. Y esta energía de creación fluye diferente al habitar ciertos espacios. Colchón sobre palé, cojines en la espalda, ordenador en las rodillas y té en el suelo. En dos horas seguidas escribí más que en todo el resto de la semana. El cuerpo se sentía diferente, más calmado, más feliz.
A pesar de eso, habitar estos espacios es algo que nos cuesta más de lo que debería. Tras realizar una encuesta anónima a más de sesenta y cinco jóvenes he llegado a los siguientes resultados. El 77,3% de los jóvenes querría habitar un espacio en el que la energía de creación fluyera de una forma más orgánica, un lugar de trabajo que no estuviera manchado por el estrés diario. Sin embargo, dentro de ese porcentaje, el 64,4% no tienen tiempo o energía para habitarlo o no encuentra ese espacio, siendo más frecuente este segundo caso.
En esa misma línea, el 65,2% querría habitar un espacio colectivo, un lugar donde no sintieran que sobran, sino que encontraran una comunidad que les saludara al llegar. El 85,5% de ese valor no tienen tiempo o energía para habitarlo o no lo encuentran. Y, sin embargo, es absolutamente imprescindible sentirse acogido en un espacio que no nos drene, que no se nos haga pesado. Pero, ¿cómo no va a ser esta cifra tan elevada si el 48,3% de los jóvenes ni siquiera tienen tiempo ni energía para habitar un espacio conocido desde un cuerpo no estresado?
En un mundo en el que no encontramos espacios donde sentirnos agradecidos por lo que construimos, el hecho de producir se vuelve agotador, y esto nos quita la ilusión y las ganas de seguir. Me gustaría que los espacios que habitamos a diario, individualmente o en colectividad, pudieran ser más amables. Me gustaría que comprendieran la humanidad de nuestros cuerpos. Que se escuchen «se nota que te gusta lo que haces». Que alguien te pueda abrir las puertas de su casa, te regale algo antes de irte y te diga «espero volver a verte pronto».
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