Opinión | El adarve
La niña de la trenza
El relato de Noor Ammar es conmovedor porque pone el foco en un pequeño y a primera vista insignificante detalle

Noor Ammar Lamarty. / rrss noor ammar
Mi amiga Lola Alcántara me envía el testimonio conmovedor de Noor Ammar Lamarty, activista jurídica y feminista magrebí, especializada en Derecho Internacional Público y Derecho Penal Internacional con perspectiva feminista. Es conferenciante y divulgadora sobre desarrollo y derechos de las mujeres en la zona MENA. La zona MENA (o región MENA) se refiere al Medio Oriente y al Norte de África, un acrónimo en inglés para «Middle East and North Africa». Es una vasta área geográfica que se extiende desde Marruecos en el noroeste de África hasta Irán en el suroeste de Asia, e incluye 22 países. Esta región es importante por su gran población, reservas mundiales de petróleo y gas, y por su relevancia histórica y estratégica.
El relato de Noor Ammar es conmovedor porque pone el foco en un pequeño y a primera vista insignificante detalle. En medio de un desastre de características apocalípticas en el que reina la muerte, la destrucción, el hambre, la miseria, la desolación, el terror, el caos y el miedo, Noor pone su mirada, su pensamiento y su corazón en la trenza de una niña. Y es que una niña perdida en un caos infernal es el símbolo más claro del horror.
Cuenta Noor que en la franja de Gaza, en pleno genocidio (qué sensibilidad lingüística la de nuestra derecha que no encuentra justificación semántica para definir lo que está sucediendo en Gaza) se encuentra a una niña que busca agua con otros niños debajo de un camión. Una niña que, en un abrir y cerrar de ojos, puede saltar por los aires reventada por una bomba o quedar tendida en la calle destruida por el hambre y la sed. Noor se fija en un hecho minúsculo: la niña lleva en su cabeza una trenza hecha con una delicadeza extrema y una admirable perfección.
Transcribo sus palabras literalmente porque están cargadas de una sensibilidad, de una fuerza y de una belleza estremecedoras. Nadie podría expresarlo mejor:
"Una niña en mitad de un genocidio"
“Ayer vi una trenza. Era la trenza de una niña. No de cualquier niña. Una niña que vive el exterminio de su pueblo. Una niña en mitad de un genocidio. Llevaba una de esas trenzas que una no puede hacerse a sí misma. Se inclinaba debajo de un camión donde otros niños buscaban agua como ella. Su trenza impoluta era, lo sé, una trenza que solo pude hacerte bien una madre, una abuela, una tía, una hermana. Una de esas que requieren paciencia, dedos atentos, alguien que se detenga. Recordé cuando de niña adoraba que mi madre me peinara como yo quería, aunque a veces lo sufriera. Y pensé en lo que cuesta una trenza cuando no hay casi nada. Cuando escasea el agua, la comida, el tiempo, cuando la infancia se esfuma, cuando la muerte ronda tan cerca que el cuidado parece un lujo imposible. Esa trenza era un acto de amor, es un acto de amor, un acto revolucionario. Una madre en un rincón del mundo eligió traer al presente belleza y dignidad, aun con hambre, con miseria, con dolor, con desplazamiento. Un gesto minúsculo y radical. Alguien decidió que el pelo de esa niña merecía cuidado, que incluso en medio del genocidio su cuerpo merecía respeto. Que a veces el mundo no se rompe solo con bombas, se rompe cuando creemos que los cuerpos amenazados no sueñan, no se peinan, no juegan, no cantan. Pero esa trenza dice lo contrario, dice: aún somos aunque no quieran vernos, aunque nos quieran borrar, aquí seguimos, dice que nuestros cuerpos importan aunque ustedes los desprecien. Resistir no es solo sobrevivir, a veces resistir es hacer una trenza en mitad del dolor. Es armarse de valor para seguir cuidando lo que amamos, aunque el mundo se esté deshaciendo”.
Las palabras de Noor me han hecho pensar en los niños y en las niñas dentro de las guerras. Niños y niñas a los que se les roba la infancia, a los que se les roba la vida, a los que se les roba el presente y el futuro. También destruye a los que sobreviven, porque esa tragedia que han vivido les acompañará hasta la muerte.
Cuesta pensar que hay seis mil camiones con ayuda humanitaria que están detenidos mientras mueren de hambre niños y niñas a los que se masacra sin piedad. No sé en nombre de qué dios o de qué causa, o de qué cruel venganza se está llevando a cabo este genocidio.
Campo de exterminio a cielo abierto
La franja de Gaza se ha convertido en un campo de exterminio a cielo abierto. Se puede huir hacia el sur cuando Israel amenaza con bombardear el norte y se puede caminar hacia el norte cuando los genocidas anuncian que van a bombardear el sur. Pero nadie puede salir de allí. Gaza es un inmenso campo de concentración. Un campo de concentración que, como dice la antropóloga argentina Rita Segato, a diferencia de los campos de exterminio nazi, televisa sin pudor a todo el mundo la miseria de una masacre. Y los genocidas le dicen al mundo entero que alcanzarán el objetivo de llegar hasta el fin.
¿Qué pasa por la mente de los niños y de las niñas al contemplar tanto horror? ¿Cómo impactan en su psicología las imágenes de la destrucción, los ruidos de las bombas, los olores de la podredumbre, las lágrimas de los adultos? De un plumazo (de un bombazo) se les arrebatan todos los derechos. Los derechos del niño y de la niña, establecidos en la Convención sobre los Derechos del Niño y de la Niña de la ONU, deberían garantizar su dignidad y desarrollo integral, incluyendo el derecho a la vida, al desarrollo, a la salud, a la educación, a la identidad, a vivir en familia y en condiciones de bienestar, y a no ser discriminados. Los Estados deberían asegurar estos derechos, y la sociedad y los adultos tendrían que ser garantes y protectores de los mismos. ¿Cómo pueden dormir cada día los miembros del gobierno que preside el señor Netanyahu? ¿Cómo pueden dormir los integrantes de los gobiernos del mundo? Y nosotros y nosotras, adultos que vivimos en democracia, ¿cómo podemos permanecer impasibles ante este atropello?
Las víctimas preferidas
Todas las guerras tienen en los niños y en las niñas las víctimas preferidas. Recuerdo haber leído en el libro de mis queridos amigos José Antonio Marina y María de la Válgoma titulado “La lucha por la dignidad” que en la guerra de Camboya los soldados se entretenían en cortar la mano derecha a todos los niños. Una niña, de siete años si mal no recuerdo, cuando le llega el turno, le pide al soldado que le corte la mano izquierda porque acaba de aprender a escribir. La respuesta del soldado a su petición es cortarle ambas manos. ¿Qué nos sucede a los seres humanos en la guerra? ¿Qué nos pasa que nos pudre el corazón? Ni las fieras más crueles son capaces de tener comportamientos tan miserables.
¿Por qué vemos el exterminio de los niños y de las niñas sin inmutarnos? ¿Qué hace la ONU? ¿Qué hace la Corte Suprema de Justicia? ¿Qué hace Europa ante el genocidio? Mirar para otro lado. Hoy mismo le he oído decir al señor José Borrell que Europa ha perdido el alma en el exterminio de Gaza, que ha perdido todos los valores metiéndolos en el saco de la indiferencia.
Hay que hacer algo para proteger a la niña de la trenza, para salvar a la mamá que puso su tiempo y su amor con el fin de que su hija saliera de la casa a buscar agua debajo del camión luciendo su hermosa trenza, para detener a los asesinos que están inmovilizando los camiones con la ayuda humanitaria y sembrando de muerte, de hambre y de horror la franja de Gaza. Hay que salvar a los niños y a las niñas que siguen vivos en Gaza. Ya han muerto demasiados. Han muerto miles. Hay que decir basta.
Un símbolo de la paz
La trenza de esta niña se ha convertido para mí, desde que escuché una y otra vez las palabras de Noor Ammar, en un símbolo de la paz, en un acto revolucionario. En ella hay belleza, ternura, respeto y dignidad. En ella hay también coraje, fuerza y esperanza. La trenza de esta niña es un canto a la vida. Me imagino a la madre volcada en la tarea de cuidar el pelo de su hija y viéndola salir a la calle con el corazón encogido por el temor de tener que ir a buscarla entre los escombros producidos por una bomba.
La guerra tiene otro efecto de consecuencias devastadoras para los niños y las niñas. La niña de la trenza puede volver a casa con su recipiente lleno de agua y encontrar a toda la familia sepultada entre las ruinas de la casa. La imagino con el recipiente lleno de agua y con los ojos arrasados de lágrimas al ver que su casa ha desaparecido y que su madre ha sido sepultada entre las paredes y el tejado destrozados por un misil. Definitivamente sola, sin nadie que le vuelva a hacer amorosamente una preciosa trenza. La guerra es una maquinaria de hacer niños huérfanos.
Tenemos que detener este horror. Tenemos que salvar a todos los niños y niñas de Gaza. Tenemos que salvar a la niña de la trenza.
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