Opinión | De buena tinta
El obispo que viene
Los creyentes esperamos un pastor, pero es la sociedad en su conjunto la que puede ganar un aliado y un referente
Si me permiten parafrasear a algún expresidente del gobierno, bien podríamos decir que la llegada de un nuevo obispo «no es cosa menor: dicho de otro modo, es cosa mayor». No estamos hablando de un mero relevo administrativo o de una rotación rutinaria en el marco de la jerarquía eclesial. La llegada de un nuevo obispo abre capítulo en la historia de la comunidad católica, religiosa, política y social que habitamos: posibilita una nueva oportunidad para reflexionar, escuchar y tender puentes. Pero insisto, esta oportunidad no lo es sólo para los muy cafeteros de la comunidad creyente, sino para toda la sociedad, incluidos aquellos que se sienten ajenos a la fe.
Evidentemente, como toda persona, un obispo aterriza con su biografía, sus acentos, sus sensibilidades y sus prioridades. Pero quepa resaltar que cuando un obispo desembarca lo hace con un encargo que no es tanto de pasado como de futuro: ser pastor de una comunidad diversa, plural y llena de desafíos. Abramos los ojos: la figura del obispo, tantas veces reducida al ámbito de lo litúrgico, puede provocar un impacto que sobrepase los muros de los templos, de los hogares y de las ideologías. No olvidemos que, le pese a quien le pese, la diócesis no se esconde en las parroquias, sino que también interactúa con el tejido político y social a través de Cáritas, los centros formativos, la creación de espacios de diálogo cultural y la promoción de iniciativas solidarias, entre otros frentes. Por eso mismo, la persona que llega a ocupar la sede episcopal se convierte, en buena medida, no sólo en un referente religioso, sino también, repito, en un referente moral, político y social.
Para los creyentes, la llegada de un nuevo obispo provoca esperanza, claro está, pero también cierta expectación: ¿Será cercano? ¿Sabrá escuchar? ¿Tendrá gestos de apertura hacia los jóvenes, hacia las familias y hacia quienes se han alejado de la práctica religiosa? Para muchos, es la ocasión de renovar la ilusión, de sentir que la Iglesia local no se limita a repetir fórmulas, sino que se atreve a poner rostro humano a su misión. Pero también hay otra ventana a la que un nuevo obispo debiera asomarse: el espacio de los alejados y de aquellos que no se consideran creyentes.
En esta época en la que las instituciones y los poderes públicos suelen despertar más recelo que respeto, la llegada de un nuevo pastor siempre traerá consigo atención y expectativas: la sociedad necesita voces que hablen de fraternidad, de perdón, de cooperación, de la dignidad de cada persona. ¿Qué más da que esas palabras provengan del ámbito religioso si su eco también resuena en el terreno cívico? ¿Acaso no necesita toda la sociedad la presencia de referentes que recuerden la importancia de la justicia social o la solidaridad con los más vulnerables?
Y es que la Iglesia, cuando es fiel a su mejor versión, no se encierra en sacristías ni se limita a conservar tradiciones, sino que se convierte en un actor social relevante: los programas de apoyo a inmigrantes, las redes de asistencia a personas sin hogar, los proyectos educativos en barrios desfavorecidos…, todos ellos trascienden la frontera entre creyentes y no creyentes. Y la persona que guía y anima esos esfuerzos tiene un papel decisivo e imprescindible a la hora de que esa labor sea visible, eficaz y acogedora.
De ahí que la llegada de un nuevo obispo sea también una oportunidad para tender la mano a quienes miran a la Iglesia con recelo. No se trata de convencer a nadie ni de disfrazar las diferencias de fe, sino de demostrar que hay causas comunes: la lucha contra la pobreza, el cuidado de los mayores, la protección de los niños, la construcción de una convivencia pacífica.
Ni que decir tiene que, para ello, no bastarán las palabras, será fundamental la presencia: lo que hará creíble a un nuevo obispo no será la homilética, sino su modo de estar entre la gente. Inevitablemente, lo quiera o no, su estilo pastoral se convertirá en su estilo social: los creyentes esperamos un pastor, pero es la sociedad en su conjunto la que puede ganar un aliado y un referente que nos recuerde que, «en este tiempo hostil, propicio al odio», que diría el poeta Ángel González, un futuro más humano es posible.
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