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Opinión | El adarve

Turiferarios del poder

¿No tenía nada más urgente que hacer? Las víctimas piensan que sí. Y toda persona en su sano juicio

El presidente de la Generalitat valenciana, Carlos Mazón.

El presidente de la Generalitat valenciana, Carlos Mazón. / ep

Hace ahora exactamente un año, una terrible Dana, acabó con la vida de 229 personas en la Comunidad Valenciana (237 en el país, aunque todavía hay cadáveres que no han sido encontrados). Después de un año, el presidente de la Comunidad sigue sin explicar claramente cuáles fueron sus pasos durante las dramáticas horas de la tragedia y sin pedir perdón por las consecuencias terribles de su inoperancia y de su irresponsabilidad.

Este señor, sostenido incomprensiblemente por su partido, se niega a dimitir y anda enredado en echar las culpas al Gobierno central y en dar unas explicaciones que cada vez hacen más difícil saber qué es lo que verdad hizo en aquellas horas dramáticas. Mientras morían las personas ahogadas por el tsunami terrestre, él comía en el Ventorro con una periodista a la que quería ofrecer un cargo en la televisión autonómica. ¿No tenía nada más urgente que hacer? Las víctimas piensan que sí. Y toda persona en su sano juicio.

Es probable que, en esos momentos, no fuese consciente del apocalipsis que estaba sufriendo su tierra pero, una vez descubierto, debió reconocer la mala jugada que le había tendido la fatalidad, pedir perdón mil veces y presentar su dimisión irrevocable. Él solito se ha ido metiendo en un laberinto de mentiras, en una obcecación indecente de convertirse en redentor del daño irreparable que había provocado.

Los familiares de las víctimas no pierden ocasión de expresar su indignación y de reclamar su dimisión. Y con las víctimas, la mayor parte de la población valenciana. Y él con cara de feldespato sigue, un día tras otro, empeñado en solucionar lo que muy bien podrían hacer otras personas. No hizo lo que tenía que hacer y ahora quiere hacer lo que podría hacer cualquier otro, probablemente mejor que él. No entiende que lo mejor que puede hacer por las víctimas y por sus familiares es pedir perdón y desaparecer de la escena. Estoy seguro de que su obstinación por seguir en el poder no tiene como fundamento el deseo de ayudar a las víctimas y solucionar los terribles problemas generados por la Dana. Es más que probable que las razones sean económicas (seguir cobrando una vez finalizado su mandato) y judiciales (permanecer aforado ante el proceso judicial).

El pasado día 29 se celebró un funeral de Estado por las víctimas de la Dana. Y los familiares de esas víctimas le pidieron al presidente que no acudiera para no tener que soportar la presencia de quien, quizás, causó con su inoperancia, la muerte de alguno de sus familiares. Cuesta entender la actitud de este personaje para desoír una petición tan razonable, tan justa, tan clara. Cuesta entender que su partido no le haya disuadido de esa decisión de la misma manera que es inexplicable que no le haya solicitado o exigido su dimisión.

¿Cómo va a venir al funeral quien ha sido responsable de la muerte de algunos fallecidos?, se preguntan las víctimas ¿No es evidente que su presencia avivará y acrecentará el dolor y la rabia?, nos preguntamos todos.

¿Por qué se empeña en ir al funeral? ¿Qué es lo que le lleva a un lugar en el que aquellas personas que van a recibir un consuelo le piden que no vaya para no incrementar su dolor, su rabia y su desesperación? Puede otra persona representar a la institución, si lo que le lleva al funeral es el deseo de que esté presente la Generalitat.

En el funeral hubo momentos desgarradores. En medio del silencio y del dolor que imponía la ausencia de los fallecidos, los previsibles insultos resonaban con una fuerza tremenda: asesino, rata, cobarde, cabrón, no te queremos a nuestro lado, vete a la jueza… Eran gritos que rompían el silencio cargado de dolor ante el estupor de todos los presentes, incluidos los Reyes de España. ¿Cómo lo pudo soportar? ¿Cómo lo pudimos soportar?

Cuesta meterse en la mente de este personaje y tratar de entender qué es lo que pensaría en esos momentos. ¿Por qué va sabiendo lo que iba a pasar? ¿Por qué no se va cuando le dicen que no le quieren ver a su lado…? No tiene lógica acudir al funeral por las víctimas si sus familiares le piden que no vaya porque su presencia multiplicará por mil su dolor. El parlamentario de Esquerra Gabriel Rufián atribuye esa reacción al padecimiento de alguna psicopatía. No voy a ser yo quien le contradiga porque no encuentro una explicación lógica a esa actitud.

Después del funeral, el señor Mazón ha dicho que tiene que reflexionar sobre lo sucedido. Y ha anunciado una intervención institucional. Ante la esperanza que algunos manifestaron de que en esa intervención anunciase la dimisión, él se ha adelantado para decir que no iba a tener un contenido político, es decir que de lo esperado y deseado, nada de nada.

Pero hay algo que, a mi juicio, es más grave que lo que sucedió en el funeral. Me refiero al aplauso de cincuenta segundos que recibió el presidente al finalizar su declaración institucional en el Palau de la Generalitat en la mañana de ese mismo día.

En efecto, en la mañana del aniversario de ese fatídico día, el presidente de la Comunidad hizo una declaración institucional ante las autoridades de la administración autonómica valenciana (miembros del gobierno, presidentes de diputaciones, alcaldes de municipios del PP, cargos de segundo y tercer escalón de la administración valenciana…). Faltaban solo unas horas antes del funeral de Estado.

Más de cien autoridades aplauden a quien se comportó de una forma miserable, a quien no pide perdón de forma clara, a quien anuncia que digan lo que digan las víctimas, él acudirá al funeral.

¿Qué es lo que aplauden con tanto entusiasmo? Me imaginaba a las víctimas viendo la escena, escuchando los aplausos entusiastas de los presentes, durante ese interminable tiempo… Están aplaudiendo a quien estuvo ausente en la tragedia, están aplaudiendo a quien no ha pedido perdón, están aplaudiendo a quien va a acudir al funeral a pesar de su petición de que no quieren verlo allí, a su lado… Están viendo en la televisión autonómica, su televisión, una televisión que ellos pagan, que las autoridades de su comunidad aplauden al responsable de su desgracia.

¿No hay nadie que le diga que no puede seguir al frente del gobierno de la Generalitat? ¿No hay nadie que le reproche las mentiras, los errores, la incompetencia, el anuncio de que va a asistir al funeral de Estado…?

Este aplauso me lleva a pensar en los turiferarios del poder. Estoy seguro de que, en privado, todos y todas los que aplauden durante tanto tiempo, desaprueban el comportamiento de su presidente, estoy seguro de que la mayoría le desaconsejaría acudir al funeral… ¿Por qué no se lo dicen? ¿Por qué no se lo exigen? Pues porque es muy rentable estar a bien con el poder. Porque es el poder quien reparte prebendas y dádivas.

Lo veo una y otra vez en las intervenciones de los líderes de los partidos en los diversos parlamentos. Hay intervenciones indecentes que reciben rabiosos aplausos de felicitación. Y, si es ante las cámaras, con mucha más intensidad y regocijo.

La corte de aduladores que rodea al poder es tan abundante y espesa que impide ver lo que realmente sucede en una y otra dirección. El poderoso ve solamente los rostros sonrientes de quienes le rodean y escucha halagos y elogios.

El adulador ríe las gracias del jefe, sobre todo las que están cargadas de sarcasmo y cinismo. O, sencillamente, ríe las insulseces. Se cuenta de un político que, después de invitar a sus seguidores a una comida, cuenta un chiste en la sobremesa, todos ríen estrepitosamente, menos uno, que permanece callado y serio.

¿Es que a usted le ha hecho gracia?, le pregunta el jefe.

A mí me ha hecho la misma gracia que a todos los demás, pero es que yo me jubilo mañana.

El poderoso maneja sus armas: tiene premios, mete en las listas, maneja sutiles o explícitas amenazas, crea sus escalafón de aduladores. Tiene correveidiles y correveidiles de los correveidiles. Salvo en la cueva íntima de su conciencia, nadie está a salvo de un poder corrupto. Y todo el que se pronuncia libremente, desde su libertad, estará permanentemente amenazado. Una de las formas en la que llegará la mano del poder será el silencio, otra el desprestigio y, si de alguna forma puede hacerlo, el castigo y la venganza. Es fácil para el poder condenar al ostracismo a un desafecto.

La tienda de incensarios está siempre abierta. Los precios están muy rebajados. Los descuentos son espectaculares. La naveta se puede llenar fácilmente de incienso: halagos, chivatazos, aplausos, silencios… Manejando el incensario con habilidad se puede llegar lejos. Subir mucho y conseguirlo todo. Claro, hay que dejar en el camino la dignidad. Pero, ¿eso qué importa?

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