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Opinión | El ruido y la furia

Soledad

En estos días, el cuerpo me ha pedido reiteradamente soledad y silencio, seguir, ya saben, «la escondida senda que han seguido»

La soledad.

La soledad. / freepik

He leído por ahí, quién sabe en qué hoja volandera, que las tres epidemias del siglo XXI son la obesidad, el estrés y la soledad.

Decía mi muy querido poeta Pedro Garfias que «la soledad que uno busca/ no se llama soledad./ Soledad es el vacío/ que a uno le hacen los demás». Estos versos los escribió en una servilleta de papel, en un bar, en uno de esos bares en los que intentaba saciar una sed inagotable y paliar la amargura de estar solo. Pero a lo que se refiere Garfias es, más bien, al abandono. El poema, por esos caprichos que a veces tiene el idioma, queda bien para cantarlo por soleá, que es palo que duele más allá de la garganta y del pecho, como todas las soledades o lo que a ellas nos lleva.

En estos días (qué se yo por qué, quizás porque el mar me mira menos, o porque me ha dolido más la reiterada aspereza de la desconsideración, o porque se me ha desangelado algún adjetivo y ya no he sabido reanimarlo), el cuerpo me ha pedido reiteradamente soledad y silencio, seguir, ya saben, «la escondida senda que han seguido», etcétera. El cuerpo, quizás mejor el ánimo, a veces me empuja a buscar una situación de equilibrio y paz, una como la que viví hace ya algunos años en Santillana del Mar, ese lugar donde es posible reencontrar el medievo, sus historias de señores y doncellas, de familias y poder, reverberando por las esquinas. El milagro se dio en el Claustro de Santa Juliana. Aquel claustro no es que sea de otro tiempo, es que está en otro tiempo. Debe quedar como a ocho siglos de aquí. Allí tuve la certeza de que si, de repente, arrojaba al exterior un jarrón, al salir a recoger sus pedazos tendría unos restos arqueológicos. Debe ser cosa de esa conjunción invencible, la de la soledad y el silencio. Nada conserva mejor. Sólo, tal vez, el hielo, que es soledad y silencio en estado sólido.

Pero esto sucede, claro, con la soledad buscada, la soledad necesaria para repararse uno el alma. La soledad a la que ya se empieza a llamar epidemia es otra, la que nace de lo que decía Garfias, «del vacío que a uno le hacen los demás». Personas rodeadas de personas que, sin embargo, se sienten solas. Y en realidad lo están. Gente que no tiene con quien hablar, con quien ir al cine, a un restaurante, con quien viajar para encontrar que ya en todas partes hay las mismas tiendas de cadenas multinacionales que en tu ciudad. Gente que empieza a alquilar amigos solo para no sentirse solos, pero que tengo yo la sensación que ese placebo produce más soledad todavía a poco que recapacites en lo terrible que es pagar para que alguien se siente a tu lado y te dé conversación con el taxímetro puesto.

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