Opinión | Mirando al abismo
El invierno y el sur
El frío no avisa. Simplemente llega, imponiendo su régimen. No tiene compasión. Viene a arrebatarnos las tardes, a volverlas inhóspitas y breves, a recordarnos que el tiempo también puede doler

Castaños del Bosque de Cobre, en el valle del Genal / L.O.
El frío ha llegado de golpe, sin siquiera tocar a la puerta. Ha entrado con esa mala educación que lo caracteriza, derribando cortinas y desordenando los ánimos. Tenía que aparecer, como cada año, pero uno siempre alberga la ingenua esperanza de que esta vez tarde un poco más. El sol de la tarde aún parecía de fiar hace apenas unos días; el rumor de la orilla retenía algo de vida estival. Pero de pronto, casi sin transición, todo se volvió más denso, más breve, más gris. El frío no avisa. Simplemente llega, imponiendo su régimen. No tiene compasión. Viene a arrebatarnos las tardes, a volverlas inhóspitas y breves, a recordarnos que el tiempo también puede doler. Helar los pies es apenas una excusa: lo que realmente enfría es el alma, esa parte de nosotros que se había acostumbrado al rumor lento del verano. A su manera, el frío es un corrector del exceso; donde había despreocupación ahora hay conciencia, donde había sol ahora hay prisa. Es la versión más drástica del cambio: el recordatorio anual de que nadie se queda donde quiere. El frío es enemigo de la brisa marina, de ese soplo cálido que parecía eterno en las tardes de agosto. Es rival de las huidas al atardecer, de los pies descalzos sobre la arena. Donde el verano nos concede una suerte de eternidad, el frío instala una medida nueva del tiempo, una escala más severa. Las horas no se expanden; se encogen, se contraen, se refugian. Lo que antes era ligero se vuelve rutina, y la nostalgia se instala como abrigo. Sin embargo, no hay que negarlo: también hay cierta pureza en su irrupción. El frío ordena, pone límites, da forma al desorden del calor. Nos obliga a mirar hacia adentro, a domesticar la memoria del sol para poder sobrevivirle. Nos enseña, con su lenguaje desapacible, que el tiempo es cambio y que el cuerpo lo traduce mejor que el calendario. No nos gusta su rudeza, pero quizás sea el único que se atreve a hablarnos con sinceridad. Y así, entre bufandas y pasos apresurados, vuelve cada año esta visita indeseada. La ciudad cambia su sonido, las casas se vuelven refugios, los silencios pesan distinto. El frío es inevitable, pero también necesario: viene a recordarnos que incluso la eternidad de una tarde de verano tiene fecha de caducidad. Por eso, aunque llegue sin avisar, aunque su mala educación nos sorprenda, su llegada confirma que el mundo sigue girando. Que después del frío, tarde o temprano, volverá la brisa de la orilla y el tiempo, por un instante, volverá a detenerse.
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