Opinión | Décima avenida
Cortar las alas a los padres helicóptero
La hiperprotección de los hijos es una mala jugada de los progenitores a sus hijos, a los que privan de equivocarse

Padres helicóptero. / l.o.
Empezamos no dejando que el niño juegue solo en el parque, que se suba al tobogán o que investigue la física elemental del movimiento en el balancín. Después, corremos a llevarle el desayuno a clase si se lo olvida en casa -no vaya a pasar hambre-; organizamos y controlamos su agenda diaria, su tiempo libre, sus actividades extraescolares y hasta su vida social. Nos apuntamos a los grupos de WhatsApp de la clase, sabemos cuándo tiene examen y hasta cuándo discute con su mejor amigo. Y cuando llega el primer revés académico, discutimos con los profesores sin preguntar demasiado: «explica muy rápido», «no los motiva», «no tiene en cuenta los distintos ritmos de aprendizaje». Los colmamos de regalos, les evitamos el menor atisbo de frustración, les enseñamos a horrorizarse del aburrimiento. Vamos a buscarlos de madrugada a las discotecas, les compramos los números de la lotería del viaje de fin de curso, desautorizamos la autoridad de los docentes.
La Universidad de Granada colgó un cartel que se volvió viral: «No se atiende a padres: todo el alumnado matriculado es mayor de edad». Un mensaje claro ante una realidad inquietante. En algunas empresas ya no sorprende que la madre acompañe al hijo a una entrevista de trabajo, que el padre negocie el turno de sus vacaciones o que ambos progenitores se quejen a los directivos de la carga laboral de su retoño.
Es la era de los padres y madres helicóptero, llamados así porque sobrevuelan de forma constante sobre sus hijos, solucionándoles cualquier problema que se les presente y velando por su eterna felicidad. El resultado: jóvenes dependientes, incapaces de madurar conforme a su edad, sobreprotegidos, inseguros, a veces soberbios, pero -se supone- felices. Y los padres, satisfechos, convencidos de haber cumplido con su deber. «Soy papijama», se justifican algunos, «porque de lo contrario pasaré la noche en vela hasta que mi niño regrese de la discoteca». Se sienten virtuosos, convencidos de estar ejerciendo una gran labor educativa. Pero, como advertía Joan Manuel Serrat en una de sus canciones, «nos empeñamos en dirigir sus vidas sin saber el oficio y sin vocación, transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción».
La raíz de esta sobreprotección no está en el amor incondicional ni en la entrega generosa, sino en un egoísmo sutil. Quienes descansan más tranquilos con ese control exhaustivo no son los hijos, sino los padres. Es más cómodo culpar al sistema educativo, a los profesores o incluso al algoritmo de TikTok que asumir que la autonomía se aprende soltando cuerda, no tensándola. Culpar al docente por las malas notas del adolescente resulta más sencillo que admitir que no estudia, que se dispersa, que prefiere que ChatGPT le haga los deberes. Si suspende, el profesor le tiene manía.
Cómo no cogerles manía, pero no a los hijos, sino a esos padres que, en nombre de la mejor intención, olvidaron a Serrat: «nada ni nadie puede impedir que sufran, que se equivoquen, que crezcan, que se marchen». Los padres helicóptero retrasan la hora del adiós mediante el expeditivo proceso de impedir que decidan, para evitar que se equivoquen. «Me siento más segura si tengo a mis padres al lado», confesaba en una entrevista a El Periódico una universitaria de 21 años. Y es cierto: la seguridad que dan unos padres omnipresentes es cómoda, pero no deja de ser una casa de Hansel y Gretel.
Y es que esa comodidad tiene un precio. La hiperprotección impide vivir, planear, equivocarse, rectificar, caer y volver a levantarse cuando todavía existe la red de seguridad de la adolescencia y la juventud. Tarde o temprano, aunque solo sea por mera ley biológica, superpapá y supermamá no estarán ahí para negociar contratos, hacer la declaración de la renta, educar al nieto o gestionar el divorcio de su primer matrimonio. Qué manera más peculiar de quererles, no prepararlos para ello. Tarde o temprano, aunque sean ya talluditos, los retoños se encontrarán solos en el mundo, a la intemperie. Si llueve, no sabrán abrir el paraguas; si tienen hambre no sabrán cocinarse un par de huevos; si hace frío, no sabrán dónde está el abrigo. Nadie les dirá entonces: a que voy y lo encuentro. Y estarán perdidos cuando la vida vaya en serio.
Qué manera tan peculiar de quererles: protegerlos tanto que no aprenden a valerse por sí mismos.
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