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Opinión | Arte-fastos

Madres e hijas... en la cena

La obra se posicionó dentro de las teorías feministas, contrahegemónicas y combativas frente a la opresión patriarcal y «falocrática»

'La última cena', de Verónica Ruth Frías.

'La última cena', de Verónica Ruth Frías. / l.o.

En una crónica reciente, decíamos que durante nuestras visitas a exposiciones de arte actual siempre había una pieza que nos sorprendía, bien por sus características morfológicas, bien por su capacidad para subvertir nuestros paradigmas mentales. Ocurrió en la colectiva Con el corazón en la mano. Anatomía y juicio, finalizada el pasado 21 de septiembre, mostrada en el Museo de Málaga y producida por la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales. Su comisario, Fernando Castro Flórez, planteaba una revisión del arte andaluz contemporáneo tomando como pretexto visual el cuadro de Enrique Simonet ¡Y tenía corazón!, depositado en dicho museo.

La obra en cuestión se titulaba La última cena y su autora es Verónica Ruth Frías (Córdoba, 1978). Según la cartela, está fechada en 2025 pero fue concebida años antes como performance (de hecho, se ha presentado al público en varias ciudades españolas). Para esta ocasión, se ha reconvertido en una videoinstalación compuesta por una mesa alargada cubierta por un mantel blanco con restos de comida y bebida en platos y vasos, y una proyección –en el panel posterior- que dura doce minutos y narra lo siguiente: trece mujeres, vestidas de rojo, abandonan su estatismo inicial en cuanto sus hijas –reales y de diferentes edades, algunas bebés- entran en escena, tras sonar un gong. A partir de ese momento, sin mediar palabra y solo acompañadas de una música envolvente, madres e hijas comparten una comida frugal (pan, fruta y ¿vino?), les dedican arrumacos y contemplan cómo colorean con los rotuladores que han traído. Finaliza la grabación con la salida, sucesiva, de las madres y las niñas, hasta quedar la mesa solitaria, con los restos de la cena.

Sugerida por el título –y también por el atrezo-, de inmediato la obra se posicionó dentro de las teorías feministas, contrahegemónicas y combativas frente a la opresión patriarcal y «falocrática». Sin embargo, esta visión unívoca –que se aviene al discurso institucional- escamotea la rica polisemia de que la autora hace gala en cada uno de sus proyectos, silenciando otras lecturas dignas de reflexión crítica. Así, nos extraña la falta de estudios iconográficos respecto a la pintura homónima de Leonardo (fuente de inspiración), y estos, a su vez, del pasaje bíblico del que procede (Lc 22, 7-23), como tampoco se analiza la simbología cristiana de las viandas (pan, vino, manzanas, naranjas). Pero, sobre todo, los comentarios no recogen los dos puntos primordiales que, en mi opinión, transmite esta performance: un hermoso alegato a favor de la maternidad, denostada en ocasiones por considerarse un freno para la autorrealización femenina; y proclamar la viabilidad de la terna mujer-artista-madre sin incurrir en conflictos de identidad. Ahí radica la verdadera transgresión de Verónica Ruth Frías: integrar la categoría mujer en las narrativas posmodernas sin renunciar a sus cualidades biológicas o emocionales. Que no es poco. n

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