Opinión | Tribuna
Xi y Trump se acercan pero no lo suficiente
A veces un simple semáforo en ámbar puede convertirse en metáfora del impulso humano por no detenerse, incluso cuando conviene hacerlo

El presidente de China, Xi Jinping, y el Rey, este miércoles, en la ceremonia de recibimiento frente al Gran Palacio del Pueblo, en Pekín. / agencias
Entre el ruido provocado por la dimisión de Mazón, el juicio del Fiscal General del Estado y las memorias reales tenemos labuena noticia, que ya era hora, de que Donald Trump y XiJinping se han reunido en Corea para hablar de sus cosas que son las nuestras también, porque lo que ellos deciden nos acaba afectando a todos nos guste o no nos guste, que la verdad es que no nos gusta y no tenemos más remedio que aguantarnos. Por ejemplo, como consecuencia de los aranceles de Trump las exportaciones chinas a EEUU han disminuido un 27% mientras crecían un 14% hacia Europa, porque en algún sitio tienen que vender los chinos su sobreproducción. A España nos ha llegado un 15% más de textiles chinos a unos precios que hacen daño a la producción nacional.
En vísperas del encuentro reinaba el optimismo porque las cosas estaban tan mal entre ellos que solo podían ir a mejor. Trump amenazaba con prohibir Tik Tok, había anunciado aranceles del 100% a las importaciones chinas, restricciones a la venta de chips de última generación y limitaciones al transporte marítimo entre ambos países, y Xi, en lugar de arrugarse como hizo Ursula von der Leyen, había respondido con iguales restricciones para los barcos yanquis y con limitaciones a la exportación de tierras raras, algo que ponía de rodillas a los fabricantes de automóviles, teléfonos e, incluso, aviones porque los chinos controlan la producción del 80% de esas tierras y, lo que es aún más importante, el 90% de su refino, un proceso largo, complicado y muy caro. Su reunión me recordaba el chiste del dentista al que el paciente agarra por donde usted imagina mientras le dice: «No nos vamos a hacer daño, ¿verdad, doctor?». Pues aquí igual. La actual relación es mala para ambos y a ninguno le interesa mantenerla.
Lo cual tampoco quiere decir que se vayan a ir a la cama juntos porque entre ambos existe una lucha abierta por la hegemonía mundial que aún mantienen los americanos. China es el único país con la capacidad y la voluntad de disputar ese liderazgo mientras Rusia mira con envidia, consciente de que su economía le coloca en otra liga y le obliga a sacar a relucir su poderío nuclear. Por eso Putin ha desvelado esta semana un nuevo cohete propulsado por combustible nuclear y capaz de proyectar una cabeza atómica a 15.000 kilómetros de distancia. O sea, que nos puede caer encima a todos. El tema nuclear se complica por momentos porque, para no quedarse cortos, los americanos también prueban cohetes de última generación y ellos y los rusos amenazan con volver a hacer pruebas nucleares terrestres aunque lo prohíbe el CTBT (Comprehensive Test Ban Treaty), mientras los chinos a la chita callando aumentan el número de sus cabezas nucleares cada día que pasa. Eso tiene muy mala pinta.
Putin, Trump y Xi también tratan de repartirse el mundo en esferas de influencia que recuerdan a la Conferencia de Yalta, en 1945, cuando Roosevelt, Stalin y Churchill se dividieron amistosamente Europa y costó cincuenta años que nuestro continente recuperara una libertad que hoy vuelve a verse amenazada. Por eso en la reunión Trump debió pedirle ayuda a Xi para acabar con la guerra de Ucrania, porque el americano parece que por fin se ha dado cuenta de que Putin no para de tomarle el pelo y que si depende de Vladimir no van a darle nunca ese Nobel de la Paz que está convencido de merecer.
Lo que pasa es que al chino ni le interesa ver derrotado a su aliado ni quiere facilitar que el yanqui se vea libre de la pesadilla europea y pueda dedicar a Asia sus energías, que son muchas aunque volubles. También Netanyahu contribuye con entusiasmo para impedir ese giro hacia Asia, mientras Europa continúa relegada a mera espectadora sin voz ni voto.
Al recibir el premio Princesa de Asturias a las Humanidades Byung-Chul Han dijo que en la sociedad neoliberal y tecnológica que vivimos no somos libres aunque creemos serlo y no puedo estar más de acuerdo. Lo que pasa es que en la leninista-capitalista de los chinos tampoco eres libre y ni siquiera te permiten creer que lo eres. Por eso si hay que elegir me quedo con Washington por más que no me gusten muchas de las cosas que hace.
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