Opinión | El ruido y la furia
Una vieja cuchara
Leo un titular sobre desalmados que viajaban a Sarajevo, en plena guerra de los Balcanes, para hacer de francotiradores

Centro histórico de Sarajevo. / EP
Se ha oscurecido de tristeza, de pronto, la mañana. El periódico es un artefacto de presente pero también sirve para la memoria. Leo un titular sobre desalmados que viajaban a Sarajevo, en plena guerra de los Balcanes, para hacer de francotiradores y poder matar, impunemente, con frialdad, como quien dispara a los patos de goma en una feria, a seres humanos. Caza al hombre, «safari humano», titulan, y el titular no alcanza a describir la perversidad. Y entonces el recuerdo llega como una oleada, como si hubiese tenido la conversación ayer mismo, ahora mismo.
Salomón nació y creció en Sarajevo. Allí hizo sus estudios, su vida, su familia. Y un día, de pronto, estalló la guerra: «yo no sabía de qué religión era mi vecino, era algo que no interesaba a nadie, que no tenía ninguna trascendencia. Y, de pronto, de un día para otro, era lo único que tenía importancia, y se mataban unos a otros por ser de distintas creencias».
Salomón, su nombre ya les habrá dado una pista, es judío. Los cristianos disparaban contra los musulmanes, los musulmanes contra los cristianos, y todos, una vez más, contra los judíos. Se tuvo que atrincherar en su casa, cegar las ventanas: «había francotiradores por todas partes. En cualquier lugar, en cualquier momento, te podían matar y no sabías de dónde venía la bala». Fueron semanas, meses de confinamiento, corriendo un riesgo mortal cada vez que se aventuraba, aterrorizado, a ir a buscar los mínimos víveres para sobrevivir él y su familia. Ahora sabemos que es probable que alguno de aquellos que le dispararon, que no le acertaron por unos pocos milímetros, acaso no tenían nada que ver con todo aquello ni otro propósito que vivir la experiencia de matar. No encuentro una iniquidad mayor.
Con el tiempo Salomón logró escapar con su familia. Fue un viaje terrible, lleno de peligros y de miedo. Todo lo tuvo que dejar atrás. Solo llevó consigo una cuchara de plata, un recuerdo familiar que, sin embargo, representaba un gran peligro: «si me lo encuentran me podían haber matado solo para quedársela y venderla».
Salomón me contó todo esto en este sur que habito y que me habita, donde encontró refugio y paz gracias a una vieja ley que le dio amparo por ser sefardita. La guerra seguía en el que fue su país. Después de un largo, denso, tristísimo silencio, le pregunté: «¿Regresarás algún día?». Me miró desde la profundidad de su desconsuelo y respondió: «mi abuelo lo perdió todo en la Primera Guerra Mundial. Después mi padre lo perdió todo en la Segunda Guerra Mundial. Yo lo he perdido todo ahora. No pienso volver a un lugar donde un padre no puede dejar a su hijo más que una vieja cuchara».
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