Opinión | Tribuna
Elogio de la lectura en el día de la Filosofía
La lectura y la escritura están en peligro. El número de lectores efectivos es cada vez menor y asistimos al imperio de las pantallas

José Saramago. / l.o.
Mi padre siempre ha sido y será músico. Me contaba con emoción, cerrando los ojos como un oriental, esa vivencia infantil en la que pudo contemplar con deleite los movimientos de un pequeño pato que mi abuela Araceli había comprado cerca de un mercado de Madrid, después de conseguir el bofe para sus gatos. A este pato, criado por unas menesterosas gallinas en la azotea familiar le dedicó mi padre su primera composición a los tres o cuatro años de edad. Puede que ya se sintiera un creador, un artista en ciernes.
Hoy estoy escribiendo a mano este artículo para festejar el Día Mundial de la Filosofía –que se celebra el 20 de noviembre- compartiendo las páginas amarillentas de uno de los cuadernos antiguos que mi padre adquiría en la Feria del Libro de los domingos situado en la Cuesta de Claudio Moyano. Se trata de un Diario de pastas duras preparado para registrar en él materias contables. Pero no impide la escritura, siempre que no nos molesten las rayas azules y rojas, a modo de tirantes, tatuadas en las hojas de forma atenuada. En este cuaderno mi padre muestra interés por transcribir con una letra elegante y ampulosa pensamientos con los que quería entrar en diálogo. Por eso cita a Arthur Schopenhauer: «Solo por la contemplación estética conseguimos librarnos de la cadena de los deseos egoístas».
Curiosamente, este es el norte que orienta la argumentación del filósofo español Santiago Alba Rico, en otro tiempo guionista de ‘Los electroduendes’, dentro del programa infantil de los ochenta ‘La bola de cristal’ que dirigiera su madre Lolo Rico con tanto acierto. En su libro ‘Leer con niños’, cuya primera edición data de 2007, pero que no ha perdido ni un ápice de actualidad, defiende Alba una pugna entre solteros reincidentes y casados, en la que los solteros tienen los rasgos que Schopenhauer descubre en los egoístas. No obstante, «lo contrario de la soltería no es el matrimonio sino el amor, y lo contrario de estar soltero no es estar casado sino estar enamorado». Para Santiago Alba el amor es inmoral, impolítico y materialista, y facilita el perfeccionamiento de la humanidad. El matrimonio a secas garantiza la reproducción y la estabilidad del orden social, aunque es, en muchos casos, algo parecido a la «obediencia debida» a la que apelara como defensa el nazi Adolf Eichmann, responsable del siniestro viaje de cientos de miles de judíos a los campos de exterminio, en 1961, ante un tribunal israelí que lo condenaría a muerte. Y es que, muy al contrario, «los enamorados, que podrían devorarse, se acarician» y tal vez convenga dejar el gobierno en sus manos, como acabó confesando el mismísimo Platón.
Lo cierto es que la lectura y la escritura están en peligro. El número de lectores efectivos es cada vez menor y asistimos al imperio de las pantallas; aumenta significativamente el analfabetismo funcional en los países ricos; asistimos al descrédito del uso individual de la memoria, de las ficciones y relatos y de las oraciones compuestas; agonizan el recuerdo y la verdad que sostienen la Historia. «Los libros –dice Alba- no hace falta ni quemarlos: se descatalogan solos a medida que salen de la imprenta». Y se pregunta: ¿para qué leer? ¿para qué narrar? ¿por qué hay que salvar los libros? Apoyándose en Kafka, quien nos recuerda que la vida es un enigma (un abigarrado conjunto de soluciones concretas) del que hemos olvidado sus claves y que éstas se encuentran en los libros, aunque ignoremos la naturaleza misma de los enigmas, afirma que la vida se asemeja a un «cuaderno de ejercicios». Y me acuerdo del cuaderno de mi padre en el que escribo, aunque no lo haga haciendo uso del lenguaje musical.
Para Santiago Alba, en nuestras sociedades industriales avanzadas ya no hay cosas, ya no hay objetos, sólo mercancías. Los objetos que no han sido desnaturalizados nos suelen devolver una imagen que nos convierte en sujetos, en protagonistas de nuestro tiempo. Por el contrario, en los objetos –sean artefactos, como un libro, o de carne y hueso, como un niño- podemos fijar nuestra mirada, pueden llamar así nuestra atención y volverse interesantes. Los objetos son auténticos archivos de la memoria y encierran el misterio del proceso de su elaboración o aparición. E incluso se mueren y podemos asistir a sus estertores. Pero esto no pasa con las mercancías, que desaparecen rápidamente de nuestra vista, que mueren anónimamente infectadas por el mal de la obsolescencia programada o la voracidad del intercambio ventajoso.
Las primeras palabras con las que traté de hacer mis ejercicios vitales hundían sus raíces en la poesía, como le sucediera a Platón de Atenas, y con ellas ofrecí respuestas a los enigmas. Luego me ganó el corazón o, más bien, la razón, la filosofía, en mi afán de formular preguntas bien articuladas y en sintonía con el deseo de transformación de lo real. En la actualidad, afortunadamente, me ocupo tanto de las preguntas como de las respuestas. Y todo ello, gracias a la lectura y la escritura, las mejores botas para el que viaja al encuentro de la belleza o lo sublime.
Hace años escribí un puñado de aforismos al respecto. Aquí les ofrezco una pequeña selección: «El poeta da respuestas apuntalando sus versos, abriendo ventanas, manteniendo la llama del fuego. Resuelve y disuelve las negras huellas del averno, te acuna besando con sus mil gestos y el cincel dorado de la palabra justa, oceánica y ceñida al cuerpo con fuerza. Respira con el verbo y el verbo así se alimenta (…) El poeta nunca cose fríos conceptos ni el andamio de los juicios más certeros. La razón es su misterio, la bruma de un buque fantasma que dibuja la araña de los brazos, las piernas y, a veces, el sombrero blanco del viento. El poeta no se derrite con la duda impresa en la cera del tiempo. El poeta tiene respuestas, casi sin darse cuenta, y se rinde a la evidencia (…) Descartes tiene miedo a resfriarse con las preguntas de la reina Cristina de Suecia. Pues el concepto es más frío e insaciable que el invierno de Estocolmo. El método necesita tener una estufa cerca (no sólo de curiosidad se alimenta) y salir airoso de la duermevela. Y, en definitiva, es la duda lo que queda, la pregunta interminable que nos seduce y asedia».
Al igual que Wittgenstein, concibo la filosofía como una actividad (hay que ayudar a la mosca a salir del mosquitero), más que como un conjunto de doctrinas y en ella tiene un papel estelar la lógica formal e informal. La ciudadanía tiene el derecho a tener una rica orientación en el mundo sin prejuicios ni adoctrinamientos, especialmente en los momentos en los que se muestra más vulnerable ante la prédica de los dogmáticos. Y mi escepticismo radical hace que muestre mis simpatías hacia la sospecha de pensadores como Marx, Freud o Nietzsche y sus herederos posteriores. También parece pertinente, sobre todo en tiempos de crisis, fomentar la actitud de resistencia y la rebeldía que se enfrenta a los miedos como lo hiciera Epicuro de Samos, entre otros, y exprime el néctar más dulce de los libertinos responsables. Dejemos lejos, muy lejos, la violencia.
Y como nos recuerda el lógico y filósofo malagueño Antonio Diéguez Lucena, la función genuina de la filosofía en el mundo contemporáneo –frente a las proclamas de Harari, Tegmark o Kurzweil- tal vez sea la de analizar críticamente (juzgar y enjuiciar, diría Kant) las promesas tecno-optimistas, fantasiosas e ingenuas, que se muestran deseables y factibles, así como evitar la oposición a dichas promesas que se escudan en criterios empresariales y utilitaristas. En particular, resulta revolucionario en estas fechas aspirar al reconocimiento del valor formativo para la ciudadanía de las materias filosóficas en la enseñanza (primaria, secundaria y formación profesional), como ha hecho la Asociación Andaluza de Filosofía y convencer a la ciudadanía del importante valor social de la Filosofía con proyectos consolidados como la Olimpiada Filosófica de Andalucía y de España, la Filosofía Practicada en talleres, diálogos y cafés filosóficos, de la que Antonio Sánchez Millán o Ramiro Ortega son consumados facilitadores, o la Filosofía en las Prisiones del Proyecto Boecio y su infatigable promotor, el catedrático de la Universidad de Sevilla José Barrientos Rastrojo. Las múltiples actividades coordinadas o diseñadas por el profesor malagueño Sebastián Gámez Millán, director de la prestigiosa Revista Sur, son la clara muestra de cómo un filósofo puede ser un excelente gestor cultural, además de una gran persona.
En cualquier caso, no teman perder la magia. Como nos recordaba José Saramago en 2002, quien confesaba que «su abuelo, el hombre más sabio que he conocido, era analfabeto», «la lectura no es ninguna obligación. La lectura es una devoción, es una pasión, es un amor». No obstante, viendo una viñeta de El Roto se empiezan a tambalear mis convicciones más profundas. Un hombre cualquiera y gris, con traje y corbata, lee un periódico. «Hay días en los que me avergüenzo de saber leer», se atreve a decirnos.
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